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(1) LOS LÍDERES SE CONOCEN EN TIEMPOS DE PANDEMIAS: DANIEL PORTILLO

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Los líderes se conocen en tiempos de pandemias

Daniel Portillo Trevizo

Director de CEPROME

La historia resulta el mejor libro de aprendizaje para el ser humano. En ella se encuentra una variabilidad de crisis y una amplia gama de respuestas de frente a las mismas. Incluso, algunas recientes problemáticas pueden abonar a la comprensión de aquellas ocurridas anteriormente. Las crisis siempre resultan un espacio privilegiado de discernimiento y una oportuna elección de decisiones. El papa Francisco, en su carta dirigida a los obispos estadounidenses en 2019, les señalaba:

“Como lo había profetizado el anciano Simeón, los momentos difíciles y de encrucijada tienen la capacidad de sacar a la luz los pensamientos íntimos, las tensiones y contradicciones que habitan personal y comunitariamente en los discípulos (Cf. Lc 2, 35). Nadie puede darse por eximido de esto; estamos invitados como comunidad a velar para que, en esos momentos, nuestras decisiones, opciones, acciones e intenciones no estén viciadas (o lo menos viciadas) por estos conflictos y tensiones internas y sean, por sobre todo, una respuesta al Señor que es vida para el mundo. En los momentos de mayor turbación, es importante velar y discernir para tener un corazón libre de compromisos y de aparentes certezas para escuchar qué es lo que más le agrada al Señor en la misión que nos ha encomendado. Muchas acciones pueden ser útiles, buenas y necesarias y hasta pueden parecer justas, pero no todas tienen «sabor» a evangelio”.

Toda crisis tiene su propio trayecto, compuesto de fases concretas que impulsan a los involucrados a recorrer una travesía que quizá, en sí misma, resulte desconocida y confusa. Más aun, si desde el inicio supiéramos el destino al que nos llevaría la crisis, quizá consentiríamos sin tantas resistencias. Sin embargo, resulta propio de este trayecto la incertidumbre, el dilema de aquello que podría pasar. En su misma terminología, la crisis se podría entender como una coyuntura de cambios en una realidad,que aparentemente se encuentra organizada, pero que en algún momento resulta inestable, sujeta a evolución. Una crisis epidemiológica, como la que actualmente vivimos debido al coronavirus, produce cambios que amenazan la salud de la población entera, particularmente de aquella más vulnerable.

A propósito de esta crisis mundial, me gustaría realizar un paralelismo entre la pandemia del Covid-19 con aquella de los abusos sexuales de menores en la Iglesia católica. Ciertamente, no parecen tan ajenas las dinámicas, los mecanismos y las estrategias que polarizadamente se han implementado en sus respectivos ambientes. Además de dichos datos, resulta importante analizar la figura del líder en una situación de crisis. Por lo cual, será objetivo del presente artículo justificar la importancia del liderazgo en una realidad pandémica. Lo mejor que le pudiera ocurrir a una institución, en una época de crisis, es contar con un verdadero líder que vele por el bienestar de los suyos.

1. La “Pandemia”

Una de las primeras reacciones en situación de pandemia, sin duda, es la negación. Dicho mecanismo defensivo aminora los alcances de la posible tragedia. La omnipotencia se hace presente, haciéndonos sentir que una realidad tal no llegará a nosotros. Por lo tanto, si la primera defensa es la negación, no resultará extraña la fantasía de la “regionalización” del mal, es decir, evidenciar que la maldición es solo de unos cuantos y que ella misma no nos alcanzará. Por ejemplo, cuántas veces escuchamos que el Covid-19 era sólo un mal chino y cuántas veces escuchamos que los abusos sexuales de menores sólo eran males de la Iglesia católica americana. La regionalización sólo nutre la negligencia, puesto que hace ver la maldición a distancia.

Las realidades pandémicas, como la del Covid-19 o la de los abusos sexuales de menores, se esparcieron territorialmente de manera discreta e invisible. Nadie dimensionó que conocería en su propio vecindario a algún infectado; nadie pensó que conocería en su diócesis a algún abusado sexual por parte del clero. Sin embargo, no se entiende la pandemia sólo por el nutrido número de afectados, sino porque ella misma rompe fronteras, no respeta visas ni banderas, ninguna persona se puede sentir absolutamente “blindada” de dichos males. Pareciera oportuna la imagen del turista que, adentrado en la playa, no dimensiona la fuerza y la altitud de las olas, pensando que, por ser un buen nadador, no se verá afectado por la fuerza natural de las olas.

Cualquier maldita realidad en la sociedad y en la Iglesia resulta más grave, cuando sus respectivos líderes no logran dimensionar el mal; más aún, cuando quienes padecen la ceguera son ellos mismos. Por tanto, cualquier epidemia necesita de personas negligentes, no-líderes, que teniendo en sus manos la vida de otros, cometen graves omisiones, acrecentando el riesgo de su población y poniendo en riesgo a los más vulnerables.

En el tiempo de pandemia, la sociedad y la Iglesia se desnudan; sus verdaderos valores y motivaciones se evidencian. Resulta imposible que las mezquinas acciones de un supuesto líder se mantengan en un tiempo de crisis. Los platónicos discursos sociales y pastorales son consumidos por el virus. Los proyectos cosméticos y proselitistas se desvanecen. En el tiempo de epidemia ya no hay espacio para las permanentes campañas de los pseudo-líderes. Si algo “positivo” pudiera traer el virus es la forzosa discriminación de aquellos, que jurando hacernos el bien, por su negligencia, nos han hecho un mal. Efectivamente, los verdaderos líderes, sin duda, germinan en tiempos pandémicos, los no-líderes terminan devastados.

2. La respuesta institucional

Los miembros de una nación y aquellos pertenecientes a la Iglesia se sentirán confiados cuando las mismas instancias sean capaces de custodiar su integridad. Hace cuatro décadas, en el inicio de la pandemia eclesial de los abusos, los laicos experimentaban la desconfianza de pertenecer a una Iglesia que no fuera capaz de cuidarlos. Aunque dicha reacción, prevalentemente, era de manera general, aún al día de hoy encontramos esa misma desconfianza, sobre todo en la feligresía de aquellas diócesis y congregaciones que no han establecido un elemental sistema de cuidado y protección. Toda pandemia acrecienta y aminora los recursos y los valores institucionales. Una diócesis que, de frente a esta pandemia de los abusos sexuales, establezca elementales protocolos y rutas de acción, acrecienta la confianza de su feligresía. Así también, un obispo encubridor y negligente aminora la fe de las víctimas y sus familiares.

De frente a la epidemia, cualquier instancia está obligada a actuar, suponiendo que su actuación será por el bienestar de los suyos, particularmente de los más vulnerables. La adecuada respuesta institucional de frente a la pandemia, es una manifiesta carta de confiabilidad que se extiende a su población. Naturalmente, las personas desconfían y se desconciertan cuando escuchan de su propio líder una indicación contraria a aquella instrucción global. Por ejemplo, no resulta extraña la indignación y rabia de la población social o eclesial cuando escuchan, por parte de su líder, las necesarias “matemáticas de actuación”, es decir, el suficiente número de afectados o abusados para poder actuar. Para un no-líder reaccionar institucionalmente por los “mínimos” no resultaría redituable para la institución.

La pandemia resulta un tiempo y espacio fundamental para el fortalecimiento institucional. Cualquier institución, como aquella política y eclesial, podría ver, en esta trágica realidad, un adecuado momento para volver a su origen, desempolvarse de aquellas dinámicas de corrupción que opacaron su esencia. La Iglesia y las instancias políticas se encuentran en un momento idóneo para volver a su origen, así como al fin por el cual existen, es decir, el servicio.

3. El liderazgo, el antivirus de una pandemia

¿Qué factor puede hacer que una nación o una diócesis en tiempo epidémico no llegue a la ruina? El líder. Este representativo personaje social y eclesial es capaz de nutrir nuestra esperanza, de contener nuestras angustias y de reducir nuestros miedos. La cardinal vocación del líder es la del cuidado y la protección. El líder es (existe) para proteger. Por lo cual, un verdadero líder se conoce por las necesarias y elementales medidas de prevención para su población. No es extraño que líderes en la Iglesia, como el Papa Francisco, o en la política, como el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, con sus respectivos discursos dentro de sus realidades pandémicas, acrecienten la confianza y la tranquilidad de sus seguidores.

Por otro lado, los no-líderes o aquellos contrarios a su vocación de servicio resultan productores de la negación. En los ambientes en donde hay ausencia de liderazgo, hay nutrida presencia de negligencia. Además, se evidencia un no-líder cuando su postura resulta contraria a la realidad, cuando la pandemia es producto paranoico de todo el resto de la sociedad y las consecuencias no son tales, como ingenuamente señalan los medios de comunicación. La omnipotencia de pensar que yo controlo la epidemia y la paranoia de señalar que todos están equivocados y están en mi contra, no son sino dos de los principales síntomas de un crónico narcisismo. El patológico narcicismo no permite dimensionar las consecuencias de las negligencias.

Creo que no resulta necesario ser perito en alguna ciencia para darse cuenta que cuando un líder no protege a aquellos que la sociedad o la Iglesia le confían, traiciona su propia vocación de servicio. Por ejemplo, hace pocos días las alertas de seguridad se activaron en distintos escenarios, inmediatamente, llamó mi atención la reacción de aquellos que debían ejecutar las acciones en favor de su gente. Desde los más altos jerarcas que se resistían a restringir la celebración eucarística, hasta los más altos políticos que motivaban a los ciudadanos a continuar saliendo a las calles; ambas realidades, con poca responsabilidad hacia las personas. Resultaba absurdo escuchar al jerarca que veía como solución a la pandemia la multiplicación de las misas, como al político que motivaba a la población a ofrecerse abrazos.

Sin afán de caer en absolutismos, considero que no sería tan desproporcional la lógica de que aquellos jerarcas que actuaron responsablemente a favor de su feligresía, con la prescripción del precepto dominical y la exhortación a “quedarse en casa”, fueran los mismos que están dispuestos a proteger y actuar de manera inmediata, en cualquier posible evento de abuso sexual en su diócesis. Contrariamente, los jerarcas más resistentes a la cuarentena y al aislamiento social podrían padecer de procrastinación, es decir, adolecer de una elemental actuación en los posibles casos de abuso. Aplíquese la misma lógica con aquellos políticos que, pudiendo prevenir a tiempo, osan de una arrogante omnipotencia.

Conclusión

Sea en la sociedad que en la Iglesia, cada una con sus respectivas epidemias, lo mejor que le pudiera ocurrir a las mismas es contar con la presencia de personas líderes, las cuales, por su ejemplo y palabra, contribuyen al cuidado y la protección de la feligresía. Un verdadero líder se conoce por la prevención. El cuidado y la protección hacia los suyos son muestras no sólo de su vocación de líder, sino la responsabilidad que supone su oficio para bien de las personas. Los mejores líderes se conocen en tiempos de pandemias.

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Comentarios (3)

Así es, conducir a la gente en paz, sin temor, a puerto seguro, es la cualidad de los buenos líderes.

Mi humilde comentario es que hay líderes desde el silencio, con hechos y actitudes de servicio sencillo, que no mueve masas, pero deja a su paso sensación de paz, de alegría… Creo que de esta pandemia ya se están generando nuevas personas con una nueva perspectiva de la vida. Gracias

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Maribel Ordoñez Martínez

“Palabras sabias de un líder”. Claro y conciso.
Tremenda comparación, que te lleva a entender y aplicarla hasta la más pequeña acción. Gran aprendizaje
Gracias padre Daniel.

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