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(18) ENCERRADA CON MI AGRESOR: ROSALBA CRUZ

Encerrada con mi agresor. La esperanza de poner fin a la violencia de otras/otros.

Rosalba Cruz Martínez

Este encierro puede generar incertidumbre, miedos, mas dudas que respuestas. Hoy contamos con fuentes informativas que a veces parecen infinitas y muchas veces generan mayor ansiedad y pánico. Pero también hay quienes observan la oportunidad de estar consigo mismos, de escucharnos y conocernos. En algunos casos hay quienes pueden compartir el espacio de la casa con familia, madres, padres, hermanos, hermanas, hijos e hijas. Es un momento que invita a la cercanía, al reconocimiento de los otros como nuestros iguales que también tienen dudas pero que les genera seguridad tenernos. Algunas personas con mas fortuna están compartiendo con su familia con ingresos y/o ahorros que les permite tener la tranquilidad de saber que habrá qué comer y dónde vivir. Pero ésta no es la realidad generalizada, la enfermedad, la pobreza, la violencia no se ha detenido, no está de retiro.

El distanciamiento social, es oportunidad para muchos para hacer un alto, para un respiro, para vivir una espiritualidad en silencio, en compañía de quienes mas queremos o simplemente en compañía. En muchos casos la enfermedad, la pobreza y la violencia también está de encierro en casa, en tu lugar seguro. Hablar de una violencia, principalmente de una violencia sexual, es sumamente complejo en estos tiempos de aislamiento, quienes han sido víctimas en su mayoría tardan años en verbalizar lo que están viviendo, máxime si el agresor es su tío, hermano, padre, sacerdote, director espiritual… porque sabemos que los datos de todas las fuentes que consultemos (gubernamentales y no gubernamentales), nos señalan que los agresores sexuales de niños, niñas, adolescentes y personas en situación de vulnerabilidad son en su mayoría personas cercanas, del círculo primario, de quienes son reconocidos como las personas con las que debieran sentirse seguros.

“Cientos de millones de niños de todo el mundo podrían estar sometidos a amenazas cada vez mayores para su seguridad y su bienestar (como el maltrato, la violencia de género, la explotación, la exclusión social y la separación de sus cuidadores) como consecuencia de las medidas adoptadas para contener la propagación de la pandemia del COVID-19.”

El miedo a la soledad que puede ser para algunos durante este distanciamiento social, no es el lujo de quienes viven con sus agresores sexuales. En este momento hay muchos niños, niñas, adolescentes y mujeres que están compartiendo sus espacios “seguros” con sus agresores, en casa, en espacios religiosos que también son casa de muchos jóvenes, niños y niñas. No hay
escuela, tal vez no hay opciones para negarse a compartir la mesa, el alimento, el día y la noche, en muchas ocasiones no hay acceso al internet, no hay con quien hablar para tener la oportunidad de disociarse, aunque sea por algunos momentos. Mientras tu yo tenemos la incertidumbre de saber cuando terminará la pandemia del COVID-19, muchas personas que en este momento se preguntan cuando cesará su violencia.

“Millones de niñas y niños en todo el mundo sufrieron violencia emocional física o sexual en 2019. Una pandemia que daña irreparablemente la salud física y mental de la infancia.

Según estudios de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), México ocupa el primer lugar en abuso sexual infantil con 5.4 millones de casos por año.”

La realidad de los seres humanos es diversa, el autocuidado, el ahorro para tener una independencia económica, así como herramientas emocionales, son los ingredientes básicos para la vida, para no ser vulnerables, pero ese es un privilegio de pocos. Este distanciamiento pudiera invitarnos a reconocer una realidad, a conectarnos con el dolor de otros, a cuidarnos y fortalecernos espiritualmente y amorosamente con nosotros y con quienes nos rodean y acompañar a otros. Este encierro pudiera ser la oportunidad de reflexionar para observarnos participando de manera activa para romper esos contextos que están haciendo posible la violencia, porque la casa es el lugar mas inseguro para muchos. Ésta es una invitación a la reflexión de ¿cuál ha sido mi participación, mi silencio, negación, invisibilización e incluso omisión para que sigan existiendo las condiciones para el ejercicio de la violencia sexual de personas en situación de vulnerabilidad?.

“El Ministerio de la Mujer de Perú informó que al menos 47 mujeres,de las cuales 27 son niñas, han sido violadas en el país desde que se decretó a mediados de marzo el estado de emergencia y la cuarentena obligatoria para frenar el avance del coronavirus.”

Existen diversas legislaciones que sancionan la omisión, códigos penales que establecen penas privativas de libertad por no hacer, pero ¿quien nos acusará?, el miedo por confrontar o involucrarnos en un proceso penal paraliza, pero ellos y ellas están en una situación de asimetría de poder, ¿cómo exigirles valentía?, ¿cómo exigirles defenderse y protegerse a sí mismos? es una exigencia muy simplista. Éste momento de encuentro con nosotros, con nosotras puede revelarnos como personas que podemos verdaderamente empatizar, puede mostrarnos que hay mucho que podemos aportar para generar las condiciones de esperanza para que quienes están viviendo agresiones sexuales logren el fin de sus violencias. Podemos aportar nuestra compasión pero también nuestro compromiso.

Resignifiquemos nuestro encierro.

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