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(7) CONVERSIÓN Y PREVENCIÓN: CRISTOPHER CORTÉS

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CONVERSIÓN Y PREVENCIÓN

Una mirada desde la Teología Bíblica

La Cuaresma que estamos a punto de concluir conlleva en su centro una llamada al encuentro con Cristo, ante el cual no caben las máscaras o los escondites, sino la realidad de nuestras vidas necesitadas de su salvación, de su gracia y de su misericordia.

Hace ya más de un año que como Iglesia hemos participado en la realización del encuentro de la – así llamada por la Prensa – “Cumbre antiabusos en el Vaticano”, cuyo nombre propio fue “La Protección de los Menores en la Iglesia, al que fueron convocados principalmente los Obispos que presiden las Conferencias Episcopales de cada país o región. Allí, a través de un ambiente de oración, de la exposición de los datos respecto a los abusos en la comunidad eclesial, de la escucha del testimonio dolorosísimo de las víctimas y del reconocimiento sincero de la realidad eclesial surgida del pecado y de una actitud hipócrita y corrupta, todos fuimos llamados una vez más a convertirnos y creer en el Evangelio.

Si bien es cierto que han surgido diversos frutos de este Encuentro, entre los que se hallan los Documentos Pontificios como la Carta Apostólica en forma de Motu Proprio “Ustedes son la Luz del Mundo” (Vos estis Lux mundi), la Introducción de modificaciones a las Normas sobre los delitos más graves, las Normas emanadas de Cada Conferencia Episcopal, la creación o continuación de la sección para la atención de los casos de abuso en las Diócesis y Provincias eclesiásticas, el surgimiento de talleres, diplomados y demás instancias de formación para los Miembros de estas Comisiones a nivel diocesano, nacional e internacional, todo esto no debe llevarnos al espejismo de creer que es lo único o lo principal que puede y debe hacerse para remediar estas terribles situaciones, sino que estamos llamados a una solución progresiva, profunda y constante, por medio de la cual no nos conformemos ni nos demos por satisfechos.

Aunque muchas veces suene trillado, sin embargo la solución en labios de Cristo sigue siendo metanoeite kai pisteuete en tw euaggeliw (Marcos 1, 15), que solemos traducir como “Conviértanse y crean en el Evangelio”. Pero ¿Qué significan estas palabras? Y ¿Qué consecuencias buscan tener para nuestras vidas? Sobre todo, cuando se ha llegado a pensar que el Evangelio ha sido la causa de estos abusos o de las actitudes que los propiciaron.

Nada más errado que hacer del Evangelio la raíz causante de los abusos en la Iglesia, pues la Buena Noticia de Jesucristo en ninguna parte admite el abuso como una actitud propia de un discípulo de Jesucristo y la conversión no admite tampoco que pueda llamarse bien al mal o que, en nombre de la misericordia de Dios, se ocupe ésta como una capa que maquilla la corrupción de los corazones sordos, endurecidos e incrédulos.

Metanoueite es un verbo compuesto que, en su singularidad, conlleva la superación de un modo estancado de existencia a una dinamicidad que implica comenzar un proceso íntegro y profundo de toda la persona. Si bien es cierto que en la idiosincracia grecorromana, la palabra nouz (mente) indica el interior del ser humano y en el hebreo esto se designa con la palabra bl  ((leb) que significa corazón, pero no simplemente en el sentido físico del órgano corporal, sino como signo de lo que mueve al hombre en sus convicciones más profundas, en consecuencia, la llamada de Cristo es una provocación, un llamado, a una transformación profunda que no puede ser producida a través de simples restricciones o permisivismos, sino mediante la docilidad del ser humano que reconoce que sólo puede ser hecho nuevo  y vencer la fuerza del pecado mediante la acción creadora y amorosa del Padre quien nos regenera por la Muerte y Resurrección de Cristo y nos alienta con vida nueva por su Espíritu Santo.

Por tanto, la raíz de todo abuso en la Iglesia no es la acogida del Evangelio, sino el rechazo de Dios, de su Palabra, de su salvación, de su misericordia y – aunque nos duela decirlo – es la consecuencia de un corazón sordo que, en el colmo de su corrupción, se atreve a manipular la Palabra de Dios para convertirla en instrumento de admiración personal, pero no en fuente de conversión personal, pastoral y eclesial.

Por eso, la afirmación de san Pablo sobre lo que es el Evangelio, hoy resuena con mayor intensidad: “No me avergüenzo del Evangelio, que es fuerza de Dios para el que cree” (Rm 1, 16). Sólo esta fuerza de Dios tiene la capacidad de lograr la auténtica conversión que como Iglesia requerimos y de la cual brotará una prevención auténtica, que no se reduzca a leyes y acciones humanas e institucionales, sino que en constante espíritu de fidelidad a Cristo, esté siempre más y más dispuesta a ser “Comunidad de los que han abrazado la fe” (Hch 2, 42”) y nunca más hacer de ella “Cueva de ladrones” (Mt 21, 13).

Por tanto, sólo una prevención que nazca de una constante conversión puede producir auténticos frutos de vida nueva para la Iglesia y el mundo, pues es la condición básica desde la cual los bautizados podemos responder a nuestra vocación de ser” Sal de la Tierra y Luz del Mundo”  (Cfr. Mt 5, 13 – 16) a fin de nunca más volver a opacar la Luz de Cristo ni su acción  transformadora, sino manifestar que Él – efectivamente – hace nuevas todas las cosas (Ap 21,5).

Pbro. Cristopher Cortés Pliego

Arquidiócesis de Puebla de los Ángeles, México

Doctorando en la PTH Sankt Georgen, Frankfurt am Main, Alemania

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