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(9) ESTE AÑO SERÁ DISTINTO: JOSÉ LUIS CERRA

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DOMINGO DE RAMOS

José Luis Cerra Luna

Como sabemos, con el Domingo de Ramos inicia la Semana Santa. Tradicionalmente nuestras Iglesias este día están abarrotadas; con antelación, las señoras de los grupos parroquiales gozosamente preparan la palma, la tejen con cuidado, algunas de ellas son verdaderas artistas, le añaden manzanilla, laurel y su correspondiente estampita religiosa; arman ramos de infinitas formas, aunque la más vistosa siempre será “la del padre”. La distribución de la palma es también un deleite, hay quien adquiere las de la parroquia, hay quien la compra a los imprescindibles vendedores ambulantes, para todos hay. No puede faltar la procesión, por lo menos en la Misa principal; no es raro, incluso en los ambientes más urbanizados y en las grandes metrópolis, que alguien consiga un burro (nunca me he subido a uno, algunos de mis colegas más intrépidos seguramente sí), camioneta con sonido y coro por delante, la señora que reza y los muchachos que animan, los que cuidan el orden, los que dirigen el tráfico. Que viva mi Cristo, que viva mi Rey, que impere doquiera triunfante su ley, ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva! ¡Viva Cristo Rey! La bendición de la palma, dentro ya de la liturgia de la Misa, consta de una oración muy sencilla y de asperger un poco de agua, bastaría eso, pero cada persona quiere que a su palma le caiga agua, no quieren irse sin la constatación empírica del contacto del agua con su propio ramo, los sacerdotes nos cansamos más de convencer al Pueblo de que ya quedó bendita, que de hacer lo que la gente quiere.

Y es que para llevarme a mi casa la palma bendita no es requisito haberme confesado, ni estar casado por la Iglesia, ni ir a pláticas, ni pasar a la oficina con la secretaria, ni tener permiso de la parroquia a la que pertenezco. Simplemente me llevo a casa una concretizada porcioncita de la infinita trascendencia divina.

Este año va a ser distinto.

Dado que a causa de la pandemia que padecemos, no será posible la celebración con asistencia de fieles durante la Semana Santa, la Sagrada Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, en su segundo Decreto “En tiempo del Covid-19”, del 25 de marzo de 2020, dice sobre el Domingo de Ramos:

“La Conmemoración de la Entrada del Señor en Jerusalén se celebre en el interior del edificio sagrado; en las iglesias catedrales se adopte la segunda forma prevista del Misal Romano; en las iglesias parroquiales y en los demás lugares, la tercera.”

Luego entonces, en mi parroquia no habrá ni procesión, ni entrada solemne, sino una “entrada simple”, casi casi como una Misa normal, pero con la Iglesia vacía. Va a parecer que ni siquiera es Domingo de Ramos. Sin embargo, y aunque el mismo Decreto así lo señala,en mi Parroquia, como en muchas otras, no nos vamos a conformar con avisar a los fieles de la hora a la que celebraremos la Eucaristía para que se unan espiritualmente, sino que continuaremos utilizando los “medios de comunicación telemáticos en directo”, ya lo hemos estado haciendo por más de dos semanas, con resultados que me han dejado muy gratamente sorprendido, a pesar que nuestras transmisiones por Facebook Live no sean ni profesionales ni las mejores.

Por otro lado, no puedo dejar de pensar que siempre me ha llamado la atención el carácter del Domingo de Ramos, que incluye un aspecto sumamente festivo: acompañar a Jesús en su entrada triunfal a Jerusalén, agitando nuestros ramos, cantando y gritando vivas, como hicieron entonces los habitantes de aquella ciudad; pero también comprende la larga lectura de la Pasión, que este año será la del Evangelio según San Mateo, minuciosa, llena de circunstancias y detalladas descripciones, que nos llevan a múltiples lugares, personajes, tiempos, reacciones, sentimientos, palabras, todo lo cual nos conduce no ya a la fiesta, sino a una contemplación llena de asombro, de dolor, de pesadumbre. Cada año lo decimos: la misma gente que gritaba “¡hosanna!”, unos días después gritaría “¡crucifícalo!”.

La humanidad hoy está sometida a un gran dolor, aún nosotros, que en México todavía no padecemos en mínimo grado lo que han sufrido otros países, no podemos dejar de conmovernos al enterarnos de los padecimientos por los que pasan millones y millones de personas, especialmente los enfermos, de modo particular los que están internados y entre ellos los que requieren cuidados intensivos, asimismo sus familias, el personal sanitario, médicos, enfermeras, empleados de los hospitales, en su mayoría colapsados. Los miembros de la sociedad en su conjunto estamos siendo presa no sólo del dolor, sino también del miedo, tenemos miedo, sí, de contagiarnos nosotros y nuestros seres queridos y padecer las consecuencias que escuchamos y vemos, tenemos miedo del futuro incierto, no sabemos si contaremos con la infraestructura clínica para enfrentar los picos más altos de la crisis, no sabemos cuándo va a acabar esto ni que consecuencias de todo tipo nos esperan. La especie humana padece un dolor y un miedo global. Sin duda, el aspecto más triste es la muerte que ha llegado a decenas de miles de personas, los medios de comunicación hablan de números,expresados en gráficas, pero detrás de las diapositivas de Power Point existen historias desgarradoras de hombres y mujeres concretos, de todas las edades, etnias, culturas, sustratos, ideologías y religiones que padecen su enfermedad y enfrentan la muerte en soledad, detrás de las previsiones que arrojan las estadísticas y las matemáticas, existen deudos que ni siquiera están seguros que las cenizas a las que lloran sean en verdad las de su madre, padre, esposo, esposa, hijo, hija.

La larga lectura de la Pasión según San Mateo, este Domingo de Ramos, no puede ser igual, podemos contemplar los padecimientos y muerte del Señor y sentirnos profundamente unidos a él, con todo nuestro corazón y con nuestra fe; de la misma manera, los padecimientos de millones de hermanos y hermanas pueden encontrar un reflejo, una proyección en la Pasión de Cristo. Jesús padece con nosotros, al mismo tiempo que la humanidad padece con él. No hay que olvidar, sin embargo, que la Pascua es un solo misterio y que no es posible separar muerte de resurrección, ni resurrección de muerte; ahí radica teologalmente la esperanza cristiana, proyectada, sí, al horizonte escatológico, pero vivida también en el hoy de la historia concreta: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien por sus gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos hizo renacer a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada e imperecedera.” (1Pe 1,3). En una semana celebraremos la Vigilia Pascual, para nosotros los cristianos, aún en medio de la oscuridad, brilla siempre la luz.

El carácter del Domingo de Ramos nos lleve a que, en familia sobre todo, cuando estemos en casa participando en alguna celebración transmitida por las redes sociales, preferentemente desde nuestra propia parroquia, con algún sencillo ramo que hayamos cortado de nuestro jardín o de alguna maceta del patio, nos alegremos en acompañar a Jesucristo en su entrada triunfal a Jerusalén y que, no ya las calles, ni las procesiones, ni las entradas solemnes, sino los “medios de comunicación telemáticos en directo” sean el espacio en el que gozosos podamos gritar “¡Hosanna!”, y que escuchar la Pasión según San Mateo, puestos de pie ante la televisión, o computadora, o teniendo nuestro celular en la mano, podamos sentirnos muy unidos a Jesús en sus padecimientos, y muy cercanos a millones de personas que en este momento viven sufrimientos que ni siquiera podemos imaginar.

Que esta celebración peculiar, distinta, del Domingo de Ramos, sea la mejor puerta para vivir con intensidad la Semana Santa 2020, que jamás olvidaremos.

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