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Ante el abuso, no nos lavemos las manos como Pilato: Ángel Sánchez

libertad

TOMÓ EL AGUA, Y SE LAVÓ LAS MANOS” (Mt. 27, 24)

Ángel M. Sánchez, PhD

El evangelio de Mateo narra el momento en que Pilato, viendo que nada adelantaba, sino que más bien se promovía un tumulto, tomó agua y se lavó las manos delante de la gente diciendo: “Inocente soy de la sangre de este justo” (Mt. 27, 24).

Para que la prevención de abuso sea eficaz es necesario re-direccionar la atención y la acción a las víctimas y sobrevivientes de abusos; en cuanto que son los lesionados y heridos en el cuerpo y en el alma, y no “lavarnos las manos como Pilato” (Mt. 27, 24). Es por eso que el Papa Francisco amplió y profundizó el cambio que Benedicto XVI emprendió en el año 2000, cuando era Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. A pesar de que tuvo que enfrentarse a una fuerte resistencia y vientos en contra, mantuvo en muchos de sus viajes apostólicos encuentros con víctimas de abusos sexuales. Es ahí donde trazó una línea directriz: “Las víctimas son primero”, y tienen que ser escuchadas, creídas, protegidas y ayudadas.

Sufrir abuso sexual durante la infancia o la adolescencia implica la presencia de un grave trauma, que indudablemente influye en el proceso de desarrollo personal, y constitución de la identidad. La infancia se pierde, se rompe; ya no hay juegos, solo tristeza y soledad. El mundo de la fantasía, de la inocencia y de la risa, queda atrás. La persona abusada tiene que crecer de golpe, añorando los hermosos momentos de la infancia que no pudo tener, y que ciertamente no volverán. Peor aún, y es importante hacer notar, que la gravedad del abuso sexual aumenta por el hecho de haber sido cometido por un sacerdote; ya que pone radicalmente en riesgo la posibilidad de creer en un Dios garante y protector de la vida.

La prevención del abuso parece ser la mejor solución. Porque la Iglesia está llamada a acompañar a las personas en su bienestar, y en su salvación y encuentro con Dios. El permitir que los episodios de abuso sean silenciados, no responde al mandato de Cristo a los apóstoles, que dijo: “Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar” (Mt. 18, 6).

Si la Iglesia se centra en el encubrimiento, en “lavarse las manos”, y en alimentar la praxis del silencio, contribuirá a que ocurran más abusos, y provocará mayores traumas. Por eso, está llamada a posicionarse al lado de las víctimas, y responderles preguntas acerca de la fe, la relación con Dios, con la Iglesia, y con los hermanos.

A través de un cambio cultural, y un “retorno a las raíces cristianas”, re-descubriremos el modelo de Cristo en la vida eclesial; y solo así la prevención será eficaz. Para ello es necesario, y en primer lugar, que los sacerdotes estén bien formados, y sean conscientes de su propio rol y dirección. Deberán aprender a edificar relaciones humanas sanas, constructivas y maduras. En segundo lugar, la institución debe lograr evitar encubrimientos innecesarios que serían perjudiciales para las víctimas y sus familias. Y en tercer lugar, para que el pueblo de Dios vuelva a adquirir la confianza perdida, es necesario que la Iglesia reconozca el peso del delito, y del pecado cometido por el abuso; solo entonces volverá a ser creíble, y podrá recobrará su esplendor.

El demonio, con la cooperación de muchas personas entre los líderes de la Iglesia, ha producido una obra maestra. Naturalmente muchos, muchísimos católicos están enojados y tentados a marcharse. Aparentemente la Iglesia católica es demasiado corrupta, está demasiado dañada, es demasiado perversa e incompetente. Sin embargo, las Sagradas Escrituras iluminan considerablemente las dinámicas que han generado este problema. Asimismo, la historia de la Iglesia revela que hemos atravesado por situaciones peores, y hemos sobrevivido. Cada uno de nosotros esta llamado a colaborar para la erradicación del abuso sexual, responsabilizarnos como Iglesia, y pedir perdón a Dios, a las víctimas, a las comunidades, y a las familias que se vieron afectadas. Si podemos aceptar todo esto, definitivamente no nos lavaremos las manos (Mt. 27, 24), y estaremos dispuestos a re-direccionar el camino a seguir. Y, aunque probablemente muchos sientan todavía la tentación de marcharse, habrá muchos más convencidos de que la mejor opción es permanecer y luchar.

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