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Daniel Portillo: “Sin la confianza, nada somos”

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¿Qué respuesta ha dado la Iglesia de México en el combate a la pederastia y abusos a menores? ¿Cómo se procura recobrar la credibilidad? Contrario a lo que se piensa, la Iglesia de México ha resuelto enfrentar el problema y asumir criterios integrales para prevenir los abusos y atender a las víctimas. Y pocos saben que en este país funciona el único organismo a nivel Latinoamericano dedicado a la capacitación y formación integral para atender este problema que lacera a la Iglesia. Se trata del Centro de Investigación y Formación Interdisciplinar para la Protección del Menor -CEPROME- que en pocos años se coloca como punto de referencia para ofrecer los medios para fomentar una cultura pastoral distinta bajo los pilares de la transparencia y la restauración de la confianza.

En la Universidad de los obispos de México, este organismo lucha por la consolidación yendo por muy buen camino. Joven es su existencia como joven es su director, el pbro. Daniel Portillo Trevizo (Chihuahua, 1982), quizá el hombre con las mejores credenciales en el tema de la prevención de abusos y de atención a víctimas en este país. Ordenado en 2009 para el clero de la arquidiócesis de Chihuahua, es además psicólogo y especialista en medios de formación sacerdotal, incluso ha llamado la atención por su particular propuesta para los seminarios llamada “psico-teología del discernimiento vocacional”.

En entrevista, el doctor Portillo Trevizo explica la situación en la que México se encuentra en cuanto a los abusos identificando además lo que llama “eclesiopatías”. Para el especialista, la prevención no es suficiente, no se trata de contener la situación sino de desarrollar una nueva cultura para recuperar la confianza.

Padre Daniel, gracias por recibirnos. En primera instancia, explícanos qué es el CEPROME.

Muchas gracias por el espacio en esta entrevista. CEPROME es un centro de investigación y formación interdisciplinar. La finalidad es ofertar a nuestras diócesis, congregaciones y otras instancias educativas y sociales, espacios de prevención y conocimientos para crear espacios más seguros en beneficio de la niñez. Sirven de apoyo las estrategias que puedan favorecer distintos agentes de pastoral o social para propiciar el clima de prevención y de buen trato.

Hace algunos días, la Cumbre antiabusos en Roma da una serie de lineamientos que tienen fuerza normativa. ¿Qué podemos destacar específicamente de esta Cumbre?

En primer lugar que la Iglesia le haya dado nombre de manera universal a la convocatoria para tratar estos temas. La necesidad de establecer un mismo lenguaje que si bien a nivel penal no es posible por distintos aspectos nacionales, en el lenguaje eclesial es uno de los aciertos. Otro es que, como Iglesia, necesitamos pedir perdón y todo perdón debe traer una acción consecuente. No podemos estar pidiendo perdón constantemente si no se generan acciones concretas para favorecer la prevención. Aunque tengamos una buena voluntad para la intervención, si no tenemos el conocimiento necesario sobre cómo intervenir, podemos cometer atropellos revictimizando a las afectados, a sus familiares o a la Iglesia misma. Finalmente si no tenemos conocimiento de la gravedad del problema, podemos pensar que no es algo tan severo. Resalto estas tres características que la Cumbre dio como regalo a la Iglesia.

CEPROME fue fundado recientemente en México, en 2017. ¿Cómo fue la génesis para integrar el Centro?

La génesis viene dos años antes del 2017. Las personas que tuvimos la inquietud por iniciar el Centro nos empezamos a capacitar. En Roma conocí al profesor Hans Zollner y a partir de esta inquietud generamos sinergia interinstitucional. En México comenzamos a capacitar con asesoría del Centro de menores de la Universidad Gregoriana de Roma y ese primer encuentro favoreció la fundación del CEPROME. Parte de esta génesis fue un Congreso Nacional sobre la protección de menores convocada por la Universidad Pontificia. Estuvieron presentes el cardenal O’ Malley, Mons. Charles Scicluna y el profesor Hans Zollner. Ellos apadrinaron el proyecto de CEPROME. Una vez certificados los maestros, fue como inició esta experiencia que estamos desarrollando hasta hoy.

Profr. Hans Zollner, SJ

¿Esa ocasión fue cuando se dio la primera jornada de oración por las víctimas?

La primera jornada fue en cuaresma. Invitamos al actual secretario general de la Conferencia Episcopal, Mons. Afonso Miranda. Una segunda jornada de oración se llevó a cabo con los alumnos de la primera generación del diplomado; la tercera jornada de oración fue pública y fue encabezada por el cardenal Carlos Aguiar.

CEPROME venía realizando actividades importantes desde el 2017 para la prevención de abusos y de atención a las víctimas. Con la Cumbre, ¿Qué se le da el CEPROME?

La oportunidad para que las diócesis vean la necesidad de comenzar a traducir un documento, una conferencia, lo que sea necesario, para implementarlos en cualquiera de los rincones donde se desempeña una catequista en cualquier parroquia. Hablar de las necesidades que las diócesis tienen hoy sobre estos temas con sus seminaristas, presbiterio y laicos o religiosas, es decir, con todo el ambiente eclesial que debe participar también.

Una de las novedades es la formación de grupos interdisciplinarios a nivel diocesano para la atención de las víctimas o de prevención de abusos. ¿En qué consisten?

En el CEPROME ya existía, previo a la Cumbre, la asignatura sobre el consejo para la tutela de menores. Este consejo se proponía de forma diocesana o constituirlo a nivel de las Provincias sobre todo valorando sus recursos humanos. La necesidad es, primero, para hacerlo de forma interdisciplinar; segundo, deben participar hombres y mujeres; tercero, que el consejo fuera preventivo, no exclusivamente interventivo. La misión de los consejos era precisamente favorecer la prevención y que, una vez llegados los lamentables casos que cada diócesis deba atender, se encuentren resoluciones a través del consejo para realizar la reflexión y la forma de actuación ante los casos.

No cualquiera puede ser integrante de los consejos. ¿Qué características deben reunir?

Actualmente estamos ofertando a las diócesis la capacitación de los miembros de sus consejos. Consta de dos diplomados que incluye la certificación generada por el Centro de Roma. La certificación incluye una primera parte, la formación en fundamentos teóricos; la persona que ingresa al consejo puede ser conocedora o especialista en alguna rama, pero la primera parte es muy necesaria para establecer un lenguaje común, al menos elemental, de las distintas ramas donde las personas puedan conocer sobre esto. La segunda fase es el diplomado en cuanto a los protocolospara intervenir en una situación. Abordamos algunas materias sobre atención espiritual a las víctimas, atención pastoral a los victimarios y víctimas, procesos canónicos y penales o discernimiento vocacional en los seminarios.

CEPROME así tiene una carta muy amplia para extender certificaciones. ¿Será la única instancia a la que pueda recurrir el episcopado mexicano para la formación de sus consejos?

No sé si será la única, en este momento sí lo somos. Estaremos siempre abiertos para generar las sinergias necesarias para combatir juntos. Si no se entiende que la cultura de la prevención es cultura de sinergias donde necesitamos entrar en juego distintas instancias, esto acaba una siendo una cultura del narcisismo y no de la prevención. La cultura de la prevención se establece y se sostiene por crear redes en distintos lados. En este momento, el CEPROME se propone a la CEM como el brazo reflexivo, de investigación en este tipo de temas. Actualmente en el equipo nacional, del cual soy parte, se ve la necesidad de abordar distintos puntos. Uno de ellos, el de la certificación. En México lo tendríamos resuelto sobre todo porque la Pontificia es la Universidad de la CEM. Es un servicio que se ofrece a ellos.

Este certificado ¿estaría avalado por la CEM y la Pontificia?

La certificación está avalada por el Centro de Protección de Menores de la Universidad Gregoriana de Roma y la Universidad Pontificia de México.

Sobre esta Cumbre se abrió la posibilidad para que la CEM formulara la petición a fin de tener facultades de atracción de los casos de abuso. ¿Al final que resultó?

No puedo dar datos específicos al momento puesto que la reunión de los obispos será en abril para este tema. La inquietud que comenzó por Mons. Rogelio Cabrera es dar facultades suficientes a la CEM como instancia de verificación para saber si las diócesis estaban llevando a cabo los acuerdos o el mismo proceso de intervención. De Roma sí emerge la necesidad de que las diócesis recurran, por ejemplo, al Equipo Nacional -o puede ser otro- como instancia de apoyo. De hecho, el Equipo Nacional se ofrece de esta manera a las diócesis que estén escasas de recursos humanos.

En estos días, la arquidiócesis de México integra a su equipo particularmente a un personaje con antecedentes de campañas contra la Iglesia. ¿Esto sería correcto?

No sé si sea correcto o incorrecto. Lo que creo es que si cualquier persona tiene el firme deseo de apoyar para la prevención, eso se debe apreciar. No soy nadie para juzgar la historia de Joaquín Aguilar. En este sentido, desconozco qué llevó al cardenal Aguiar a integrarlo al equipo; sin embargo, la comunicatividad positiva es sinergia donde se suman distintas instancias independientemente de las diversas tendencias o vertientes. CEPROME está afiliado, por ejemplo, aArigato institución interreligiosa. La pertenencia a esta fundación internacional lleva a la convivencia con personas de diversas religiones y diferentes creencias a nosotros. Lo que ponemos al centro y permite el diálogo es la protección a los niños y adolescentes. Aunque haya habido momentos de fuerte crítica hacia la Iglesia, hay que entenderlo desde la historia. No puedo decir que hayan estado completamente mal, debe entenderse desde el contexto.

Tus obras escritas también son parte medular de esta entrevista. Como especialista en psicología has escrito una obra muy interesante; «Psico-teología del discernimiento vocacional». En la parte preliminar afirmas que México, sobre los abusos, enfrenta una crisis, pero no es  pandemia. Sin embargo, hay una guerra que desestima la labor de la Iglesia. ¿Qué diagnóstico tenemos en México? ¿La situación es realmente grave?

Estadísticamente hablando y esto es sobre lo que conozco: No es tan grave; sin embargo, lo realmente grave, es que no se haga nada, la omisión, pero no el número de casos. Lo grave es el inadecuado funcionamiento para atender estas cuestiones. Nuestra apatía e indiferencia, nuestra minimización y negación de los casos es lo que es realmente grave.

Analizas las eclesiopatías. ¿Qué quieres decir con esto?

La eclesiopatía es saber que la Iglesia esté constituida por seres humanos que pueden padecer o vivir la corrupción. Cuando hablo de eclesiopatía no quiero decir que la Iglesia esté enferma, me refiero a que hay dinámicas patológicas en la Iglesia que detonan ambientes de abuso. La definición, en síntesis, es toda dinámica patológica en la iglesia que activan abusos no sólo sexuales, también de conciencia, de poder o físico. El término ha causado algunas complicaciones porque parece que estuviera atentando contra la propia eclesiología; sin embargo, no pretende socavarla. Es saber que, si la Iglesia está formada por seres humanos susceptibles a la corrupción, entonces puede vivir dinámicas patológicas que detonan estos ambientes.

Pero esto no es lo general…

De acuerdo. La Iglesia no es totalmente eclesiopática. Si ubicamos en este “eclesiosistema” las dinámicas continuas de abuso, dañan la concepción de la eclesiología y lo llamamos eclesiopatía.

Es constante que el clima de abusos genere paranoia entre los clérigos. ¿Hay un estado de miedo? ¿O hasta dónde podemos identificar una posible clerofobia?

Creo que hay cuatro respuestas a los abusos sexuales y una quinta que llamamos “patología de la voluntad”.  Si hacemos un análisis nacional o Latinoamericano incluso sobre la respuesta de la Iglesia a los abusos, tenemos estos cuatro puntos. El primero seria la catatonia. Cuando hay una respuesta catotónica estaríamos hablando de una Iglesia que, paralizada por el miedo, es incapaz de hacer algo. Cuando hay un caso y los medios de comunicación lo persiguen, la víctima queda a un lado. La catatonia ha mantenido perplejos o genera la catalepsia en jerarcas o personas que tenían bajo su responsabilidad una respuesta adecuada. La segunda, es la coprofilia. La respuesta es que hay solución cuando se hace difusión escandalosa. Cuando se nutre la información con el escándalo, por ejemplo, de que la pederastia es exclusiva de los sacerdotes cuando, en realidad, es un tema que involucra a la sociedad entera. A propósito de lo que comentábamos sobre la gravedad, en México lo realmente grave está a nivel social. Este país tiene el índice de abusos más alto a nivel internacional actualmente. De esto necesitamos generar una reflexión familiar y social que nos ayude a ir a las raíces sociales de esto. La coprofilia se contenta con hacer continua difusión del escándalo. La tercera es la alexitimia como la poca o nula sensibilidad delante de los casos. Es la incapacidad que pueden tener muchos líderes para atender a las víctimas sin las mínimas entrañas para hablar con ellos. Es imposible tener un acercamiento a las víctimas e incluso al victimario. Se vive con incapacidad afectiva y emocional que, en este tipo de casos, nos debería involucrar totalmente. La última es el legalismo. No podemos contentarnos con meter al victimario a la cárcel si no estamos dispuestos a realizar un proceso de sanación integral para la víctima, para su familia, la comunidad o parroquia que han sufrido el daño. En este sentido debemos apostar por ello. Y por otro lado, tenemos una quinta, la patología de la voluntad o procastinación.Cuando una diócesis pospone cosas elementales de su acción como, por ejemplo, la integración de los protocolos, los equipos diocesanos,  la sensibilización en su presbiterios o comunidades religiosas es patología de la voluntad: posponer, posponer, posponer… Obispos, líderes y superiores que llegan a procastinar, sólo provocarán que el problema sea más grave.

México tiene casos paradigmáticos como el de Marcial Maciel. Hay medios que han señalado a la jerarquía de negociar acuerdos antes que dar verdadera justicia a las víctimas. ¿Hasta dónde podemos decir que existen este tipo de arreglos?

No podemos negarlo, debemos aceptarlo con vergüenza porque es motivo de una eclesiopatía concreta llamada “traición de la confianza”. Para los fieles se concretó cuando el obispo era capaz de remover al implicado de una parroquia a otra pensando que harían del sacerdote perverso un asceta piadoso. Detonaba una traición de la confianza. En el fondo donde tendríamos que ir es a la Iglesia capaz de construir una respuesta pastoral que aborde el tema de la recuperación de la confianza, la gente lo necesita, no sólo sobre sus sacerdotes sino de su Iglesia misma, saber que es espacio seguro y de certeza sobre quienes se estén formando para el ministerio sacerdotal. Necesita ser una mística de ojos abiertos, es decir, no pretender la negación de actos que generan dolor y abusos entre los fieles.

Sin embargo, se necesita algo que vaya más profundo. Un nuevo paradigma cultural en la Iglesia. ¿En qué debe consistir?

Yo vivo con la frustración que se acaba de poner en esta expresión: Nada será suficiente para extinguir estas situaciones que no solamente nos hacen pensar en la Iglesia, también en las familias. Favorecer una cultura de la transparencia comienza desde los límites políticos, sociales, culturales; mientras no haya una transparencia -hasta de la política eclesial- será difícil generar estos apoyos. Este paradigma se fundamenta así: Cultura de la transparencia, espacios seguros y favorecer la colaboración interinstitucional. Las mismas víctimas se han organizado independientemente o con algunas organizaciones. Todos podríamos trabajar en este sentido.

¿Cómo hablaríamos en México de una justa reparación del daño a las víctimas? Evidentemente no sólo es una cuestión económica…

Sería un apoyo integral. Obviamente hay una parte económica, pero la más importante es la  restaurativa. Implica los contextos más elementales como el sanitario o médico, terapéutico o si, para la persona, es importante la fe como recurso que favorezca la sanación integral.

Y ¿cómo propiciar la reparación de la fe para la gente común y corriente?

Somos más los sacerdotes que no hemos abusado de nadie. Necesitamos informar desde una manera muy elemental, concreta y sencilla a nuestra gente sobre lo que está pasando en la Iglesia. Es muy triste que la gente se entere de la Iglesia por medios que no son los de la Iglesia misma. No es porque la Iglesia deba maquillar o hacer procesos cosméticos. Es responsabilidad ética donde estamos involucrados al respecto.

¿Qué viene para el CEPROME?

Viene el sueño y deseo de ser una ayuda para el contexto nacional y latinoamericano. Sobre todo, que los caminos que hemos tenido que hacer puedan llevarse a cabo por otras instituciones a nivel internacional. Nos interesa lanzarnos a Latinoamérica a partir de este verano, este año es clave el diplomado latinoamericano y el Congreso que celebraremos en noviembre. Si hablamos del síntoma clericalismo, lo vemos de forma más fuerte en el contexto latinoamericano. Si el clericalismo es una plataforma donde se pueden desarrollar diversos abusos, mientras no nos desintoxiquemos de esto, seríamos propicios a seguir cometiendo atropellos que impliquen el abuso.

Puntualizando este aspecto, ¿Qué es entonces el clericalismo?

Hablamos de dos cosas. Un clericalismo ministerial y otro laical. El primero ubica a los sacerdotes como los individuos capaces de lastimar a la gente, hacer uso de poder excesivo, omnipotencia, sentirse con el derecho de ofender a los demás, que vive con una representación total de la carga de sus obligaciones hacia la feligresía, intocable; el laical, son los sujetos con dependencia regresiva, infantil, manejando situaciones de sometimiento hacia los sacerdotes, es una especie de masoquismo laical donde están dispuestos a asumir el ritmo que un clérigo impone sádicamente. El clericalismo laical ha hecho tanto daño a la feligresía porque la ha polarizado delante de las víctimas. Muchas de ellas se han visto revictimizadas por su comunidad parroquial negando totalmente que su sacerdote carismático, su figura intocable, esté acusado por uno de sus miembros y al final sea excluido de ella para ser revictimizado.

Finalmente, ¿en dónde se sitúa actualmente a Iglesia mexicana? ¿Qué nos hace falta?

Honestamente en México creo que estamos intentando tomar partes de muchos recursos. Se ha podido enfrentar y hay un deseo de la CEM de dar una solución a esto. Por unanimidad se aceptó el Equipo Nacional de Protección a Menores, lo palpamos en la excesiva petición de sensibilizar a los presbiterios y laicos, incluso a los obispos. Queremos que el cardenal O’ Malley, Mons. Scicluna y Hans Zollner estén en la asamblea de noviembre para que dialoguen con los obispos de México. La Universidad Pontificia es una instancia dentro de la sociedad mexicana que trabaja por la prevención. Nuestra misión, en concreto, será la apuesta por la prevención. No es una cacería de brujas, por el contrario, debemos hacer una reflexión eclesial para saber qué tipo de Iglesia somos, qué tipo de Iglesia queremos ser y, sobre todo, si es espacio sano y de crecimiento integral para nuestros fieles.

¿Qué mensaje dejarías a nuestros lectores?

Primero para los sacerdotes. Nuestro ministerio se mueve bajo el presupuesto de confianza que los fieles tienen en nosotros. Sin la confianza, nada somos. No podemos realizar ningún proyecto por más brillante que sea si, por sustento, no se tiene la confianza. Por otro lado, para nuestros fieles, decirles que necesitamos trabajar juntos, esto no es un problema exclusivamente de los clérigos. Necesitamos entrar en juego todos los que creemos en la Iglesia y los que queremos ser parte de ella. Por lo tanto, entramos en estas redes para sumar. Nuestro compromiso está por la prevención y crear un espacio de transparencia eclesial.

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