Guadalupe Victoria #98, Tlalpan, Ciudad de México

El clericalismo: antagónico a Cristo y al Evangelio

pape_francois_clericalisme

 Lisandra Chaves Leiva, Costa Rica.

En el Pontificado del Papa Francisco vemos la referencia al tema del clericalismo como una constante.  Es necesario mencionar algunos ejemplos: “El clericalismo es, a mi juicio, el peor mal que puede tener hoy la Iglesia”.[1]El clericalismo es esencialmente hipócrita…el clericalismo es una verdadera perversión en la Iglesia, porque pretende que el pastor esté siempre delante, establece una ruta y castiga con la excomunión a quien se aleja de la grey. En síntesis: es justo lo opuesto a lo que hizo Jesús. El clericalismo condena, separa, frustra, desprecia al pueblo de Dios”.[2]

Queridos hermanos, huyan del clericalismo, decir no a los abusos, sean de poder o de cualquier otro tipo, significa decir no con fuerza a todo tipo de clericalismo”. [3]El clericalismo hace mal, no deja crecer a la parroquia, no deja crecer a los laicos. El clericalismo confunde la figura del párroco, porque no se sabe si es un cura, un sacerdote o un patrón de empresa, ¿no?”.[4]

Un claro concepto de clericalismo es el siguiente: “El clericalismo designa una manera desviada de concebir el clero, una deferencia excesiva y una tendencia a conferirle superioridad moral”.[5]  Según lo mencionado por el Papa Francisco se trata de una perversión en la jerarquía de la Iglesia que se opone a lo que hizo Jesús, entonces, si es claro lo que debe ser el ministerio del orden sacerdotal en relación a Cristo, ¿por qué se sigue dando el clericalismo y qué se puede hacer para eliminarlo?.

Comencemos por encontrar la raíz del clericalismo que se descubre en la historia de la Iglesia, pero también en la propia herida del pecado del ser humano que tiende al egoísmo.   Entonces, por un lado, tenemos una influencia histórica que se ha ido aclarando en el tiempo, sobre todo en el Concilio Vaticano II y por otro, un asunto de carácter espiritual y moral que no se ha combatido lo suficiente pues el clericalismo es claramente antagónico a Cristo y al Evangelio.

Al dar una mirada al pasado, descubrimos como el sacerdote llegó a tener un estatus de sacralidad que le apartaba de la comunidad.  “La edad media construyó la teología del sacramento del orden, centrada en la sagrada potestad y el carácter sacerdotal, dejando en sombra la dimensión de servicio a la comunidad eclesial; el presbítero empieza a llamarse con toda normalidad “sacerdote”, el cual existe segregado de la comunidad y del mundo, distinguido por encima de los fieles por su poder sacerdotal. No importa que sea mal sacerdote, que predique o no, que sirva o no a la comunidad o que la dañe con su anti-testimonio, que tenga fe o no, que sea o no sacramento de Cristo, lo esencial es el poder sagrado que posee; todo lo cual contradice los datos del Nuevo Testamento que habla en términos de servicio y no de poder (Mt 18,1-5; 20,25-27; Mc 10, 45; Jn 13,12-15; 1Tes 2,8; Flp 1,8). La relación no es ya la de la Iglesia primitiva: comunidad-ministerio, sino sacerdote-laico”.[6]

Más adelante en el tiempo, con la reforma protestante salieron a relucir situaciones irregulares como el excesivo poder de la Iglesia y del Papado, beneficios personales, poca formación del clero, entre otros.  El Concilio de Trento, sin embargo, “acentuó la diferencia entre clérigos y laicos, ya que los sacerdotes son los administradores y dispensadores de los sacramentos, alter Christus, separados del mundo para dedicarse a las cosas de Dios…deja un tanto en sombra la dimensión profética y servidora del sacramento del orden. Una de las limitaciones de Trento es que trató el tema desde la perspectiva sacramental y no eclesiológica y como reacción a la reforma protestante. Deja así consolidada la imagen medieval de sacerdocio como sacra potestas, afirmación dogmática que derivó hacia una concepción ontológica del carácter sacerdotal del presbítero para presidir los sacramentos, olvidando la dimensión esencial de servicio a la comunidad propia de la época neotestamentaria”.[7]

Será entonces hasta el Concilio Vaticano II donde se vuelve a la raíz del ministerio ordenado como una participación del sacerdocio de Cristo.   “En la Lumen Gentium el Concilio denomina a los presbíteros “verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento”. Si queremos por lo tanto definir los aspectos fundamentales del ministerio ordenado según el Nuevo Testamento, debemos indagar qué nos dice el Nuevo Testamento del sacerdocio de Cristo y de la participación conferida a los apóstoles y a otros pastores de la Iglesia”.[8]

Según lo anterior, al indagar qué dice el Nuevo Testamento sobre el sacerdocio de Cristo encontramos la figura Jesús sacerdote que “acoge a los pecadores y los acepta comiendo con ellos. Jesús citando a Oseas, echa en cara a los que le critican su misericordia. La generosidad personal que Dios pide en Oseas (6,6), la “he’sed”, se transforma en Jesús, en la generosidad del Padre hacia los hombres. Todo su ministerio fue una revelación de su misericordia hacia los enfermos, los endemoniados, las gentes abandonadas y, sobre todo, los pecadores. En el momento mismo de su crucifixión, él invoca el perdón del Padre para sus verdugos… ¿Cuál es el resultado para quien participa en la dimensión pastoral del sacerdocio de Cristo? Primero debe reconocer que los ministros ordenados de la Iglesia son hombres pecadores; su situación de partida no difiere de aquella de los otros, tienen ellos mismos una necesidad esencial de la misericordia sacerdotal de Cristo. No obstante, su ideal debe ser el de asemejarse lo más posible a Cristo, sumo sacerdote sin pecado, pleno de misericordia por los pecadores; deben por tanto sentirse pecadores perdonados que no pecan más y tienen así el corazón completamente disponible para la caridad pastoral de Cristo”.  [9]

Los documentos del Concilio Vaticano II son claramente explícitos sobre lo que debe ser un sacerdote de la nueva alianza. Además, en la época postconciliar, el Magisterio de la Iglesia ha brindado algunos documentos clave para los presbíteros como son “Pastores Dabo Vobis” de San Juan Pablo II y el “Directorio para la Vida y Ministerios de los Presbíteros”.   En ambos documentos encontramos nuevamente una exhortación a imitar a Cristo servidor lleno de misericordia.

“Ciertamente «hay una fisonomía esencial del sacerdote que no cambia: en efecto, el sacerdote de mañana, no menos que el de hoy, deberá asemejarse a Cristo. Cuando vivía en la tierra, Jesús reflejó en sí mismo el rostro definitivo del presbítero, realizando un sacerdocio ministerial del que los apóstoles fueron los primeros investidos y que está destinado a durar, a continuarse incesantemente en todos los períodos de la historia. El presbítero del tercer milenio será, en este sentido, el continuador de los presbíteros que, en los milenios precedentes, han animado la vida de la Iglesia. También en el dos mil la vocación sacerdotal continuará siendo la llamada a vivir el único y permanente sacerdocio de Cristo».[10]  Los presbíteros son, en la Iglesia y para la Iglesia, una representación sacramental de Jesucristo, Cabeza y Pastor, proclaman con autoridad su palabra; renuevan sus gestos de perdón y de ofrecimiento de la salvación, principalmente con el Bautismo, la Penitencia y la Eucaristía; ejercen, hasta el don total de sí mismos, el cuidado amoroso del rebaño, al que congregan en la unidad y conducen al Padre por medio de Cristo en el Espíritu. En una palabra, los presbíteros existen y actúan para el anuncio del Evangelio al mundo y para la edificación de la Iglesia, personificando a Cristo, Cabeza y Pastor, y en su nombre”.[11]

Este documento indica claramente que la tentación de tiranizar el rebaño ha estado siempre desde los primeros discípulos: “Cuando esta dimensión viene a menos, no es difícil caer en la tentación del “clericalismo”, con un deseo de señorear sobre los laicos, que genera siempre antagonismos entre los ministros sagrados y el pueblo”.[12]

Por otro lado el Directorio para el Ministerio y Vida de los presbíteros establece : “Los sacerdotes darán testimonio auténtico del Señor Resucitado, a Quien se ha dado «todo poder en el cielo y en la tierra» (cfr. Mt 28, 18), si lo ejercitan empleándolo en el servicio tan humilde como lleno de autoridad al propio rebaño[107] y respetando la misión que Cristo y la Iglesia confían a los fieles laicos[108] y a los fieles consagrados por la profesión de los consejos evangélicos[109]. [13]

Con una claridad tan inmensa como la que brota de los documentos del Concilio Vaticano II y de estos documentos magisteriales y en primer lugar del mismo Nuevo Testamento, surge la clara interrogante ya planteada al inicio de esta reflexión, por qué continúa el clericalismo en la Iglesia si es incluso causante de la una de las crisis más grandes de la Iglesia Católica en su historia, que es la crisis de abusos sexuales en la Iglesia, ampliamente difundida por los medios de comunicación social de todo el mundo.

Es entonces cuando caemos en la otra raíz del clericalismo que es el pecado, la división, la negación a querer seguir un camino radical de santidad en el ministerio porque se presentan beneficios económicos, de poder y hasta de placer.  Si el Papa Francisco ha compartido en los últimos años la exhortación “Gaudete et Exsultate” es porque sabe que sin la santidad en los miembros no es posible ninguna reforma.

“El ministerio sacerdotal existe en Cristo, con Cristo y por Cristo. Evidentemente, requiere un nivel personal de integridad y santidad, especialmente en un mundo devastado por los escándalos relacionados con el clero. Sin embargo, los sacerdotes necesitan recordar que su santidad es siempre una santidad “derivada” que viene de la relación íntima con el Único Santo. En lugar de una santidad conseguida a través de la separación de los demás, vemos en Cristo una santificación que proviene de aceptar a los otros y de estar con ellos.”[14]

Para poder entonces extirpar el clericalismo de la Iglesia es necesario una renovación espiritual que debe iniciar en los Obispos y que va a requerir una gran ascesis por parte de todos los miembros de la jerarquía de la Iglesia.   Sabemos que perfecta solo será la Iglesia Celestial, pero si no se hace un verdadero esfuerzo por llevar el ministerio del orden sacerdotal a esta identificación con Cristo según el Nuevo Testamento, no se podrá tener un cambio real hacia una mayor edificación de la Iglesia.

Necesitamos una Iglesia que sea capaz de eliminar la división para aceptar que el único camino es alinearnos con el Sumo Pontífice en su llamado a la santidad.  Debemos enrumbarnos “hacia una Iglesia más humilde, como lo fue su Señor. Haciendo renacer una Iglesia menos clerical y secreta, más transparente, donde los laicos verán reconocida su dignidad de cristianos bautizados. Esta crisis podría señalar el fin de una Iglesia percibida como una multinacional, distante y burocrática”. [15]

Es necesario un nuevo Pentecostés en la Iglesia que inicie nuevamente desde el Cenáculo donde esté la jerarquía de la Iglesia.  “La presencia del Espíritu transformó a los apóstoles, que antes se querellaban entre sí, en una comunidad de fraternidad. De la misma manera, el sacerdote diocesano no podrá construir la comunidad que le ha sido confiada si él mismo no está lleno del Espíritu. El que se deja llevar siempre por el Espíritu andará siempre buscando los medios para construir la comunidad eclesial, el cuerpo de Cristo. La construcción de la comunidad requiere necesariamente la acción del Espíritu”. [16]

El Papa Francisco ha mencionado que la obra de santificación es del Espíritu Santo, (cf. Gaudete et Exsultate, numeral 15) pero necesitamos abrirnos a esa acción transformadora y mientras el corazón esté lleno de los beneficios del pecado y no quiera renunciar a ellos es difícil que se dé un cambio real para abandonar el clericalismo.

En conclusión, el clericalismo en un mal que afecta a la Iglesia en el siglo XXI todavía.  Tiene sus raíces en la historia cuando se dio la sacralización del sacerdote que dio paso a una clericalización que se oscureció el modelo del sacerdote servidor según el sacerdocio de Cristo.   El Concilio Vaticano II volvió a las raíces y recuperó lo que debe ser el sacramento del orden sacerdotal.  Por otra parte, el Magisterio también ha dado otros documentos de apoyo que tienen gran claridad sobre la figura del sacerdote pastor y servidor de todos.

A pesar de los documentos del Concilio y de los documentos magisteriales sobre ministerio del orden, el clericalismo persiste y en los últimos años ha sido causante de una las crisis más grandes de la Iglesia Católica en relación con los abusos de poder. Resta entonces concluir que se necesita una renovación espiritual en la jerarquía de la Iglesia, una conversión, una nueva efusión del Espíritu Santo que sería como un nuevo amanecer para la Iglesia y que está principalmente en la responsabilidad de los Obispos, quienes no solo habrán de velar por la vida espiritual de sus sacerdotes sino también por la formación inicial y permanente.

Termino la reflexión con estas palabras del Papa Francisco: “Urge, formar ministros capaces de proximidad, de encuentro, que sepan enardecer el corazón de la gente, caminar con ellos, entrar en diálogo con sus ilusiones y sus temores. Este trabajo, los obispos no lo pueden delegar. Han de asumirlo como algo fundamental para la vida de la Iglesia sin escatimar esfuerzos, atenciones y acompañamiento. Además, una formación de calidad requiere estructuras sólidas y duraderas, que preparen para afrontar los retos de nuestros días y poder llevar la luz del Evangelio a las diversas situaciones que encontrarán los presbíteros, los consagrados, las consagradas y los laicos en su acción pastoral».[17]

[1] El País, enero 2017.

[2] https://jesuitas.lat/es/noticias/1679-francisco-denuncia-la-fijacion-moral-exclusiva-del-clericalismo-con-el-sexo

[3] https://www.eluniverso.com/guayaquil/2018/09/09/nota/6944435/papa-francisco-pide-huir-clericalismo

[4] Papa Francisco, Visita a la Parroquia romana de Santo Tomás Apóstol, 16-2-2014.

[5] Aleteia 31 agosto 2018.

[6]  Lectura “Desde la Patrística hasta la Reforma: cuestionamientos a la configuración del ministerio ordenado”.

[7] Ibid.

[8]  Albert Vanhoye, Aspectos fundamentales del sacerdocio.  Selecciones de Teología, no. 173 (2005)-

[9]  Ibid.

[10] San Juan Pablo II, Pastores Dabo Vobis, N. 5

[11] Ibid.  N. 15

[12] Ibid.  N. 25

[13] Directorio para el ministerio y vida de los presbíteros. N.25

[14] Joseph Xavier.  Santidad y Sacerdocio.  Selecciones de Teología. N. 197.  Enero Marzo 2011.

[15] Timothy Radcliffe.  El sacerdote: entre la crisis y la esperanza.  La Documentation Catholique (2004).

[16] John Ponnore, El sacerdote diocesano y la comunidad.  JTR (2013).

[17] Papa Francisco, Vídeo mensaje a los participantes en la peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe [Ciudad de México, 16-19 de noviembre 2013.

Dejar un comentario

X