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Intervención del Dr. Daniel Portillo: Rueda de Prensa en la Conferencia del Episcopado Mexicano (Texto completo)

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Intervención

 

con motivo de la rueda de prensa en la Conferencia del Episcopado Mexicano sobre la misión que la Santa Sede ha confiado a S.E. Mons. Charles J. Scicluna, Arzobispo de Malta y el Secretario adjunto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

(Texto completo)

 

 

Dr. Daniel Portillo Trevizo

Director de CEPROME

 

El doloroso aprendizaje que la Iglesia ha realizado y que, sin duda, le ha costado la fe de muchos creyentes así como el descenso de la credibilidad a nivel institucional, se convierte también en una oportunidad de cambio y de renovación. Llegar a un momento como el que estamos próximos a iniciar, es consecuencia del esfuerzo de muchos actores, visibles e invisibles, en el que su esfuerzo no ha quedado en vano. Hoy podemos constatar que la reforma no es una responsabilidad jerárquica, sino eclesial; dicho en otras palabras, la prevención no es una acción que deba implementar exclusivamente la jerarquía, sino es una responsabilidad que todo miembro de la Iglesia debería promover. Insisto, la prevención es un principio eclesial, no jerárquico. Aunque corresponda a la jerarquía la implementación de normas cautelares, le corresponde a todo el cuerpo eclesial la vivencia de una espiritualidad y ética de prevención.

La misión que envía la Santa Sede a nuestro país, particularmente por la expresa petición del prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y confiada al Arzobispo de Malta, Mons. Charles Scicluna y al sacerdote catalán Mons. Jordi Bertomeu, es fruto de muchos rostros que se esforzaron a lo largo de nuestra historia de la Iglesia en México para oponerse a las estructuras de corrupción y abuso. Lamentablemente, algunos de los actores que contribuyeron al cambio, por razones obvias, ya no se encuentran dentro de nuestras paredes eclesiales. Sin embargo, considero oportuno reiterar hoy nuestro agradecimiento a aquellos que lucharon contra todos los antivalores y delitos que se suscitaban dentro de nuestra Iglesia.

Sin duda, todo este tiempo ha sido un espacio de aprendizaje para la Iglesia católica, concretamente en reconocer que todo proceso de reforma implica una toma única de postura de los involucrados, el cual nos impide permanecer en la tibieza de nuestras respuestas. Dicha postura se encuentra en la “Tolerancia cero”.Otro de los aprendizajes eclesiales en el tema de reforma, es la necesaria escucha de las víctimas y sobrevivientes de abuso sexual. Sin duda, este momento no hubiera sido posible, sin el apoyo de las personas que desde su dolor han abierto su herida del abuso y nos han urgido a entrar en una clara postura.

  1. Falla estructural

El tratamiento del abuso sexual de NNA y personas vulnerables nos ha conducido en el más profundo escenario de análisis, que no consiste en conformarnos con ubicar el tema de los abusos sólo en el apartado correspondiente a lo sexual. Las transgresiones cometidas por los clérigos, religiosas y servidores eclesiales merecen un tratamiento basado, también, en el análisis profundo de las inconsistencias sistémicas. Para un clérigo abusador siempre será importante formar parte de una Iglesia diocesana o congregación religiosa que permita o, al menos, tolere el abuso. El abuso de menores no es sólo el análisis de un acto sexual cometido por un adulto-clérigo hacia un menor de edad, sino también la necesaria reflexión sobre la responsabilidad de la comunidad eclesial, de la cual el infractor y la víctima son miembros activos. No es posible concentrar de manera unívoca la atención sobre la responsabilidad única del victimario, sino también los alcances de responsabilidad institucional. Por lo tanto, no basta pues, que la Iglesia se reconozca pecadora; incluso no es suficiente sólo con castigar a los culpables, sino que es necesario evitar que estos delitos se repitan en el futuro.

  1. La reconstrucción de la confianza

El escándalo de los abusos sexuales de menores en la Iglesia, sin duda ha lastimado y quebrantado este valor, sobretodo en algunas de las realidades en donde las víctimas padecieron la indefensión, la persecución y la incomprensión. Para la Iglesia y, particularmente, para cualquier miembro activo de ella, es indispensable el tema de la confianza. Más aún, sin ella, no hay acción evangelizadora, propuesta pastoral y acciones orgánicas que puedan realizarse. La Iglesia y sus pastores necesitan de este indispensable valor para llevar el mensaje del Evangelio. La confianza es algo esencialmente constitutivo para que sea posible la praxis de la fe, defraudarla equivale a traicionar la responsabilidad ética que los sacerdotes y obispos tienen con respecto a los fieles; en caso contrario, su autoridad se convierte en un ejercicio autoritario del poder, que no es digno de la Iglesia.

  1. La cultura de Buen trato

Quienes hemos sido parte del problema, por ser miembros de la Iglesia, vemos que una de las soluciones está, precisamente, en la conversión de nuestros modos de tratar a los demás. Basados en la pedagogía del amor, como mandamiento o, mejor dicho, ley constitutiva de nuestra institución, seremos capaces de mirar hacia Dios, hacia el prójimo y hacia sí mismos con un natural código de conducta, que no castra nuestro actuar, sino que lo hace fecundo en el amor y en el respeto hacia el otro. Toda pedagogía de Buen trato, al menos así lo refiere el Evangelio, está dotada de sensibles gestos que aspiran totalmente a la dignificación de la persona ante cualquier contexto de vulnerabilidad. El Buen trato dignifica, afianza, consolida y unifica a la persona, le hace volver a mirarse y descubrirse valiosa. Dicha cultura es el sustento experiencial de que nuestra fe no es una ideología, sino una realidad que se traduce en gestos sensibles, en miradas tiernas no perversas, en generosos gestos de ayuda no en manipulaciones mezquinas, en acciones afectivas no invasivas, en el reconocimiento del otro no en la gratificación a partir del otro, en el respeto por la integridad del otro no en el aniquilamiento de su inocencia. En fin, sin una cultura de Buen trato la prevención en la Iglesia se convierte en disimulo, en una falacia de protocolo que se traduce en hipócritas acciones.

Algunas puntuales conclusiones

La prevención en la Iglesia, es un compromiso y responsabilidad de todos, más aún, como lo señaló el Papa en su reciente videomensaje, es un acto de amor. Decirnos creyentes es constatar que nuestra fe se traduce en ser promotores del cuidado y la seguridad de nuestros NNA, en mantener la esperanza de formar en nuestra Iglesia relaciones sanas que dignifiquen, maduren y consoliden la historia de cada persona que la conforma.

Quisiera terminar mi intervención con algunas sintéticas ideas:

  1. La palabra principal en la reforma eclesial sin duda, es “RED”. En la prevención del abuso sexual de menores no hay lugar para los “freelance”, es decir, aquellos que trabajan solos e independientes, me refiero a los autosuficientes, aquellos que no tienen nada que aprender de los demás y que no están dispuestos a colaborar con nadie.
  2. La prevención y la intervención es un ejercicio de alto riesgo, que nos ha permitido, con humildad medir nuestras fuerzas y capacidades. En el alpinismo de la prevención resulta importante el estado permanente del cuidado, cualquier mínimo movimiento puede convertirse en una desgracia que puede afectar la vida de las personas.
  3. En ocasiones hemos llegado a sentir que esto pareciera una misión imposible. Sin embargo, hemos aprendido que siempre será necesaria la permanencia voluntaria en los momentos de confusión, aunque pareciera que las cosas no dan fruto. Esta permanencia ha sido la cátedra de algunas víctimas y sobrevivientes que, con su testimonio, nos han fortalecido para no dar pasos atrás.
  4. Intentamos constantemente no olvidar a quiénes servimos, me refiero a las víctimas y sobrevivientes. Por ellas, en diferentes ambientes eclesiales hemos sido capaces de atravesar algunas dolorosas consecuencias, incluso amenazas, que han intentado echar atrás nuestra labor preventiva.
  5. Por último, y no por ello menos importante: la conversión. Estamos en la Iglesia de frente a un momento privilegiado de conversión. La labor de prevención nos debe llevar a orar para que las víctimas puedan encontrar una sanación integral y una justicia restaurativa. Nos debe llevar también a orar por los agresores, para que además de enfrentarse con la justicia, puedan anhelar la conversión.Y, además, oramos por las víctimas secundarias, fieles y sacerdotes que sin haber cometido ningún delito y a pesar de esta crisis, han decidido permanecer en la Iglesia dispuestos a contribuir, en esta reforma.

Ciudad de México,03 marzo 2020.

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