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José Luis Cerra: Reflexiones en torno a mi asistencia al CongresoLA

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Pudiera parecer que ya se ha hablado demasiado del problema del abuso sexual a menores por parte de miembros del clero; todos sabemos, además, que las consecuencias han sido catastróficas; Sin embargo, no es posible negar que también hemos avanzado, poco, pero realmente. En este contexto, quisiera compartir, con quien se acerque a este texto, que he ido entendiendo que la prevención del abuso a menores debe seguir ocupando un puesto central en la reflexión y en la vida de las comunidades eclesiales, y que tenemos que acercarnos al tema desde un contexto lo más amplio posible.

Ciertamente, en estos últimos años, como una respuesta concreta al terrible tema del abuso, múltiples diócesis, institutos de vida consagrada, conferencias episcopales e instituciones educativas, se han dado a la tarea de estudiar este complejo problema y han elaborado directrices, líneas guías y protocolos, unos más detallados que otros y puestos en práctica en distintos niveles y grados; sin embargo, la prevención no puede reducirse al diseño de este tipo de herramientas, por más alta calidad que éstas tengan y por más que se implementen y supervisen rigurosamente, tampoco podemos quedarnos en el estudio estricto y científico del tema.

La prevención ha de vivirse de manera eclesial, comunitaria, sinodal, pero, nuevamente, no basta tener nocionalmente claro un buen modelo de Iglesia. Durante más de 50 años hemos estado reflexionando en torno a una Iglesia que es Cuerpo de Cristo, que es Pueblo, que es Sacramento, que es Rebaño; una Iglesia en la que todos somos hermanos, en la que no hay mayor dignidad que la del bautismo y no hay mayor privilegio que el del amor y en donde el más privilegiado es el más débil. No ha sido suficiente. No basta estudiar científicamente un buen modelo de Iglesia, una eclesiología impecable, es necesario vivir la Iglesia según ese modelo, de modo que deje de ser sólo teología y se convierta en vida vivida, en pan nuestro de cada día.

La Iglesia piramidal, la potestad de régimen mal entendida, el clericalismo, pretender vivir al margen o por encima de la ley, la vida diocesana regida a base de decretos, la lejanía entre pastores y laicos, los malos tratos en las oficinas parroquiales y curiales, el burocratismo, las liturgias coreográficas, pero nulamente significativas, los planes pastorales almacenados en los libreros, la mediocridad hecha opción de vida, la difusa participación de la mujer, la exclusión de personas… son signos que están hoy presentes y que fortalecemos día con día, tanto pastores como laicos, todo lo cual inevitablemente, inevitablemente, conduce al abuso, en sus múltiples expresiones, incluyendo, por supuesto, el abuso de poder y el abuso sexual.

He tenido el honor de participar en el Congreso latinoamericano de prevención al abuso del menor, que organizó el Centro de investigación y formación interdisciplinar para la protección del menor (CEPROME) de la Universidad Pontificia de México, que se llevó a cabo del 6 al 8 de noviembre de este año 2019 (https://ceprome.com/congreso). Los ponentes fueron los máximos representantes en el tema a nivel mundial, personas eruditas y con gran profundidad de pensamiento, pero, sobre todo, con un honesto y sensible compromiso por enfrentar de la manera más evangélica y genuinamente eclesial este monstruoso cáncer: Rogelio, Hans, Juan Carlos, Daniel, Mario, Luis Manuel, Amedeo, Charles, Blase Joseph. Además de los contendidos de sus exposiciones, el testimonio de sus vidas fue ya, sin duda, un sólido magisterio. Gracias.

Tal vez esté mal en decirlo, porque el abuso siempre ha de ser tratado con respeto y seriedad; sin embargo, quiero atreverme a decir que el Congreso fue una fiesta, sí, una fiesta. Cada uno de los cuatrocientos sesenta participantes, provenientes de tantos países, tenemos el deseo genuino de hacer algo, de comprometernos de alguna manera, de poner nuestro granito de arena (semilla de mostaza), aunque no sepamos bien cómo, aunque a veces nos asalten las dudas, tengamos titubeos y lloremos en silencio. Ver rostros de hombres y mujeres, de jóvenes y no tan jóvenes, ver alzacuellos y hábitos, jeans, legins, faldas y pantalones, zapatos bien boleaditos, tenis y tacones… todos anotando, todos tomando fotos a las diapositivas, todos charlando de lo mismo fue un verdadero placer, una verdadera fiesta. Honro a todos los que participaron en la logística, desde los que ponían el café y las galletas Surtido Rico, hasta los encargados de las inscripciones y del sonido, de la conducción (damas geniales), de los micrófonos para nuestras preguntas necias ¡Qué alegría ver los restaurantes de los alrededores, llenos de apóstoles de la prevención!

Me conmovió José Luis, el Arzobispo de San Salvador, tan genuino, esforzándose de veras por ser sincero, sentadito como todos y, junto con él, obispos que recibían pedradas, que reían con algunos comentarios, que anotaban y se distraían a veces con el Whats y con el Face, obedeciendo dóciles lo que se les indicaba para la jornada de oración, conmovidos, interesados, como todos. Eso me llena de esperanza, obispos que sean como todos nosotros.

¿Qué me llevo?

  1. La convicción cada vez más arraigada e introyectada de creer en una Iglesia y de construir una Iglesia que sea una madre que ve por todos sus hijos y cuida de todos sus hijos, de manera especial a sus miembros más pequeños y vulnerables; una comunidad de hermanos y hermanas en la que crezca la conciencia de su vocación de crear espacios y relaciones en los que prevalezca el buen trato, el cual refleje de manera concreta y delicada el mandamiento del amor. Una Iglesia cada vez menos preocupada de su prestigio, de su imagen y cada vez más comprometida en responder a su vocación irrenunciable de predicar a Jesucristo y establecer su Reino. Una comunidad en la que exista el compromiso explícito de luchar entre todos contra todo tipo de abuso: la verdad no se impone, la autoridad no es autoritarismo, las consultas no son información de decisiones tomadas, las relaciones entre nosotros y con los demás han de ser por lo menos educadas, cordiales y respetuosas. La prevención o es sinodal o no es.
  2. Lograr el equilibro no es fácil. Existen distintos planos desde donde hemos de enfrentar el problema del abuso, teniendo cuidado de no absolutizar o, al menos, polarizar algún aspecto en específico y relativizar o excluir otros. Son varios los pilares que es necesario integrar, sin dogmatizar ninguno de ellos y sin prescindir de ninguno de ellos:
  3. a)La teología. No podemos entender el abuso de cualquier manera, sino como cristianos y con la mente, los ojos y el corazón de los cristianos. La reflexión debe partir de lo que Dios mismo nos ha revelado en su Hijo muerto en la Cruz y resucitado. Jesucristo es la víctima a la que pueden unirse todas las víctimas; sus heridas abiertas son las heridas de todos los que, como Jesús, llevan heridas también siempre abiertas; los verdugos de Jesús fueron los líderes de su propio pueblo, igual que nuestros ministros perpetradores, nuevos sumos sacerdotes. La teología, así, debe derivar en eclesiología y en mística.
  4. b)La psicología. Los estudios científicos en torno al abuso son innumerables y aportan herramientas imprescindibles. Aunque la psicología no es una ciencia exacta y el misterio del ser humano trasciende todo esquema, la ciencia nos ha permitido acercarnos con mayor objetividad a lo que pasa en la mente, en el corazón, en la historia y en los dolores y desconciertos de víctimas y victimarios. El ser humano es un inmenso misterio, pero sin la psicología andaríamos totalmente a ciegas y sin herramienta alguna.
  5. c)El derechoVerdad y justicia son metas, horizontes, anhelos, que deben partir de la caridad. El abuso es siempre injusto y se basa en el engaño, en la mentira, es sometimiento de un poderoso sobre un inerme. La codificación de leyes y los procesos legales, incluyendo los penales, tienen como objetivo justamente servir a la verdad y ver por los débiles. Cuando la comunidad cristiana se concibe a sí misma como instancia que hace cumplir la ley y que se somete a la ley, civil y canónica, se compromete frontalmente contra el abuso, desde una plataforma firme y luminosa.
  6. d)La pastoral. La vida cotidiana de las comunidades eclesiales es el ámbito natural y necesario de donde debe partir toda reflexión, toda ciencia, toda ley, toda experiencia, pero también a donde todo debe desembocar. Las conferencias episcopales, los institutos de vida consagrada, las diócesis, las parroquias, los movimientos, asociaciones y pastorales, en fin, todas las instancias eclesiales, nos vemos obligados a hacer vida cotidiana la prevención como un estilo de vida y la intervención como un acto de justicia y caridad, inductiva y deductivamente. Nos debemos organizar, nos debemos poner de acuerdo, debemos verificar que las cosas no se queden en teoría, debemos tener una pastoral organizada y eficaz en la que sobresalga una opción decidida por la prevención. La mentalidad y la acción de toda la Iglesia, y de cada uno de sus miembros debe confluir en una misma dirección: el bien de todos, especialmente de los más débiles.
  7. Escuchar a las así llamadas víctimas, no como objetos de compasión, no como instrumentos de análisis, no como banderas exhibicionistas de autoafirmación o autojustificación, sino escuchando en ellas y en ellos la voz que Dios nos está dirigiendo y que es el único factor eficaz de verdadera y profunda transformación y conversión personal y eclesial. Quien no ha escuchado a las víctimas y no ha llorado con ellas, no podrá entender nunca y nada del abuso. Me inclino con veneración y expreso mi profundo respeto y admiración ante el testimonio de los sobrevivientes. Son ellos y ellas quienes están marcando la verdadera diferencia.

La prevención es una realidad que está a final de cuentas empezando, es una página nueva en la historia de la Iglesia, aunque esté arraigada en el mismo Evangelio; estamos iniciando una etapa, que ciertamente no nos llevará seguramente a la erradicación permanente del problema, pero que nos está conduciendo a poner en el centro a las víctimas y a contribuir a la construcción de nuevos ambientes, en los que finalmente la Iglesia pueda ser un hogar seguro para todos, siempre y cuando seamos todos quienes nos comprometamos: nadie está al margen o fuera de la responsabilidad.

¿Qué me llevo? Esperanza.

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