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LA COMUNICACIÓN CON LAS VÍCTIMAS: DR. DANIEL PORTILLO

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La comunicación con las víctimas

Una reflexión eclesiológica de comunicación

Daniel Portillo Trevizo 

México

Me han hecho la invitación para compartir algo que me he preguntado estos últimos días: ¿Cómo comunicarme con las víctimas? Y, también me he cuestionado, si nuestra comunicación eclesial hacia las mismas es la más adecuada.

Los abusos sexuales de menores cometidos dentro de la Iglesia son, en sí mismos, una traición a la adecuada comunicación. No supimos mirar el riesgo, ni escuchar el clamor de las víctimas. Le corresponde a la Iglesia reconocer con pesar sus negligencias, examinar su cercanía en las situaciones humanas más trágicas, valorar si su actual misión en el mundo protege a su feligresía o, por el contrario, se muestra pasiva ante los actos de injusticia sobre la dignidad humana.

Evidentemente, cuando la Iglesia resulta sorda para escuchar el clamor de los oprimidos por el sufrimiento y el dolor, se convierte, como lo señalaba el Papa Francisco, en “una Iglesia a la defensiva, que pierde la humildad, que deja de escuchar, que no permite que la cuestionen […]. Aunque tenga la verdad del Evangelio, eso no significa que la haya comprendido plenamente; más bien tiene que crecer siempre en la comprensión de ese tesoro inagotable” (CV 41). Una Iglesia a la defensiva lleva, sin duda, al desencanto que mata la alegría de los fieles y los aleja de su fe católica (cf. EG 70). Hasta aquí las palabras del Papa.

Indiscutiblemente, cuando la Iglesia corrompe la manera en como debe comunicarse hacia las víctimas, vive el riesgo de encerrarse en sí misma y referirse sólo a ella. La corrupción estructural de la Iglesia resultará siempre un patológico “centralismo” que provocará, sin duda, un discurso ideológico ensordecedor y auto-referencial, un monólogo eclesial, un silencio permanente y castrante. Un discurso eclesiológico de esta tendencia resulta incapaz de atestiguar la protección de los menores y de las personas vulnerables, en un mundo cada vez más necesitado de una verdadera globalización de la prevención, de una sana comunicación. La Iglesia no estará exageradamente pendiente de sí misma, cuanto más se recuerde su misión en el mundo: ser una auténtica vía de comunicación.

Particularmente, la crisis de los escándalos sexuales de menores por parte de clérigos, ha sumergido a la Iglesia en una seria reflexión institucional; los escándalos han dejado de considerarse sólo una responsabilidad personal del agresor y, por lo tanto, han exigido una mirada sistémica que amplíe el espacio de responsabilidad de manera más honesta. Toda falta cometida por algún miembro de una institución, como lo es la Iglesia, es incómoda, también para el sistema, por lo tanto, puede ser también señal de un problema teológico subyacente a nivel eclesial.

No sólo resulta devastador encontrar ambientes eclesiales comandados por la negligencia y la falta de transparencia, sino también resulta desalentador que estos mismos coincidan con aquellos que se encuentran desorganizados, desestructurados y, consecuentemente, incomunicados. No es extraño que los ambientes eclesiales, ajenos a la comunicación y no abiertos al diálogo, terminan siendo ambientes más peligrosos para el encubrimiento, la negligencia y para la realización de actos sexuales por parte de sus miembros.

La comunicación es la carta de presentación del cuidado y de la protección eclesial. La prevención es la fuerza más formidable, universal y misteriosa, inscrita en el corazón del hombre, capaz de transformar el mundo. La prevención es el evangelio de la ternura. La ternura representa una vía de comunicación fundamental para salir de este callejón sin salida y recobrar el sentido más vivo de la caridad evangélica como afecto amoroso. Por lo tanto, la comunicación con las víctimas, es la fuerza, la señal de madurez y el vigor interior que brota tan sólo en un corazón libre, capaz de ofrecer lo mejor que cada ser humano tiene: su tiempo.

La comunicación con las víctimas supone, de hecho, la praxis del evangelio de la ternura; pone en crisis el modo de ser cristianos, que se contenta solamente con una comunicación vaga y superficial, una comunicación mediocre, sin impulso ni entusiasmo. Comunicarnos con las víctimas es abrir una página del Evangelio, una Buena Nueva, una manera en como Dios se nos revela continuamente. Sin el evangelio del buen trato, nuestra práctica religiosa resulta hipócrita y cosmética. Es más, fuera del evangelio de la ternura, existe una permanente tentación de ser o de volver a ser una Iglesia del dominio, de poder, de abuso de conciencia y de élite, una Iglesia incapaz de comunicarse.

La Iglesia que a través de sus fieles se comunica con el evangelio de la ternura, es una Iglesia con la Palabra que protege, que se empeña en atestiguar el amor de Dios con caricias que no violentan, con gestos que no transgreden, con detalles que no resultan ambiguos; una Iglesia que pone en primer lugar la pedagogía del respeto, negándose a toda forma de dominio o de abuso. La Iglesia de la ternura es la Iglesia de la opción preferencial por los niños, niñas y adolescentes, por los adultos vulnerables, por las víctimas de abuso sexual y por las víctimas secundarias. Una Iglesia, por tanto, que escucha, que se comunica, que acoge, es capaz de convertirse en un espacio seguro donde cada uno pueda sentirse en su casa y experimentar que está en un entorno protector.

La comunicación de la ternura es una invitación a la Iglesia a ponerse en “salida” de las propias comodidades intraeclesiales y a atreverse a llegar a todas las periferias eclesiales, en donde se encuentran aquellas víctimas y sobrevivientes que han padecido el abuso sexual. El cuidado y la protección deben ser para cualquier cristiano un mandamiento de conducta, que permita, por un lado, ser cercano a los demás y, por otro lado, que enseñe a respetar los límites de su intimidad. Una Iglesia que entabla un diálogo con las víctimas y sobrevivientes anunciará la Buena Nueva con el sello de la protección y la ternura de Dios, construyendo ambientes seguros para quienes la conforman.

El apostolado de la prevención implica la capacidad de dialogar con el dolor, dentro de cada uno de estos espacios de ayuda. Es momento de abandonar nuestras cosméticas acciones en donde sólo nos conformamos con mostrar a la sociedad que estamos haciendo algo, sin el más mínimo involucramiento. Decimos que la prevención es una prioridad, sin embargo, en algunos ambientes eclesiales no tenemos el más mínimo interés de comunicarnos con las víctimas. La Iglesia no puede esperar cambios significativos si continuamos con nuestros mismos procedimientos. Hay acciones concretas que en este momento no pueden esperar más, la integridad y la dignidad de los menores no puede seguir siendo una prioridad de segundo rango.

El apostolado de la prevención, tiene como principal carisma la comunicación. La comunicación permite la reconstrucción del tejido de la confianza. Precisamente, el escándalo de los abusos sexuales, sin duda ha lastimado y quebrantado este valor, sobretodo en algunas de las realidades en donde las víctimas padecieron la indefensión, la persecución, la falta de escucha y la incomprensión. Si la Iglesia no se esmera en reconstruir el tejido de la confianza podríamos cuestionarnos cuál es el sentido de su presencia en el futuro.

Por último, por utópico que parezca, de lo que verdaderamente se tiene necesidad es de una prevención entendida en clave de “conversión”; desde esta perspectiva, la prevención no se limita a una puntual intervención, sino que holísticamente abarca la totalidad de cuanto la Iglesia hace y enseña en coherencia con lo que cree, ora, celebra y comunica. El tema de los abusos nos remite a pensar en nuestra pedagogía del trato. De tal manera que si nos remontamos al Evangelio, origen fundante de nuestra fe, comprenderíamos que esta crisis eclesial nos ha provocado una necesaria “conversión de trato” una “metanoia de comunicación”.

El Buen trato dignifica, afianza, consolida, reconstruye y unifica a la persona, le hace capaz de volver a mirarse, descubrirse valiosa y poder comunicarse. En fin, sin una conversión de Buen trato la prevención en la Iglesia se convierte en disimulo, en una falacia de protocolo que se traduce en farsantes acciones y en una incapacidad de comunicarse.

Muchas gracias

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