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La prevención en la Iglesia: De la nostalgia a la profecía

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Daniel Portillo Trevizo

Director de CEPROME

 

Los actos sexuales contra menores de edad cometidos por clérigos son, en sí mismos, una traición a la misión profética de la Iglesia. Esta serie de actos transgresivos son para ella un doloroso aprendizaje que evidencia el olvido del evangelio y el hecho de que no fue capaz de vislumbrar el riesgo, ni escuchar el clamor de las víctimas. Actualmente, le corresponde a la Iglesia reconocer con pesar sus negligencias, examinar su cercanía en las situaciones humanas más trágicas, valorar si su actual misión en el mundo protege a su feligresía o, por el contrario, se muestra pasiva ante los actos de injusticia sobre la dignidad humana. La prevención del abuso sexual no es una cosa secundaria, debería estar en la médula de su misión evangelizadora.

Indiscutiblemente, cuando la Iglesia alejada del Evangelio se corrompe y es corrupta, termina por encerrarse en sí misma y referirse sólo a ella. La corrupción estructural de la Iglesia resultará siempre un patológico “centralismo” que provocará, sin duda, un discurso ideológico ensordecedor y auto-referencial, un monólogo eclesial, un silencio permanente y castrante. La Iglesia cuando deja de escribir su historia a través de sus acciones en gerundio (evangelizando, caminado, predicando) se conforma, por ende, con expresarlos solamente en el verbo pasado (evangelicé, caminé, prediqué).

 

  1. La nostálgica mirada de la Iglesia

Zigmunt Bauman conocido como uno de los más importantes sociólogos de la historia y creador de la teoría sobre la “sociedad líquida”, describió en su última obra, el error que la sociedad moderna – y, quizá también la Iglesia contemporánea- está viviendo: la retrotopía. En su testamento literario, el sociólogo polaco describió dicho término como aquella tendencia a mirar al pasado con un modo romántico y mítico, como si fuera un pasado de oro y no estuviera muerto del todo y, por consiguiente, buscando y queriendo encontrar en él el impulso motivacional que el hombre ya no encuentra ni en el presente ni en el futuro.

El problema que nos plantea el distinguido autor es que, en la realidad, esta mirada retrotópica no nos permite ir hacia delante, precisamente porque tenemos el rostro vuelto hacia atrás, empeñado en una confrontación perdedora, y tal vez con la ilusión de refrescar un pasado que ya no existe, pero que ejerce de todos modos una notable atracción en tiempos de desorientación como concretamente pudiera vivir la Iglesia en las décadas de los escándalos. Un pasado percibido como tiempo estable y digno de confianza no puede dejar de atraer frente a un futuro demasiado incierto, o incluso estructural y mediáticamente imposible de manejar.

No es difícil captar las consecuencias pastorales y los componentes anacrónicos de esta extraña y natural postura frente a la vida de la Iglesia, una especie de osteoporosis eclesial, una regresión ante el futuro. Y, sin embargo, el futuro, como hábitat natural de esperanzas y expectativas legítimas, se transforma en un ámbito de pesadillas que turban y molestan, de un modo angustiante, los sueños y las expectativas del futuro de la Iglesia: la pesadilla por los escándalos sexuales contra los menores de edad cometidos por clérigos, la pérdida de la credibilidad y la confianza, la pesadilla de la corrupción estructural, la pesadilla del clericalismo patológico, la pesadillas de las violencias y abusos sexuales, de poder y de conciencia.

Así pues, es evidente que la mirada retrotópica no sólo no nos permite ir adelante, sino que está completamente fuera de la realidad porque nos bloquea en esta antigua edad de oro, manteniendo la constante tentación de desenterrar los recuerdos del pasado, las nostalgias pastorales, como posibilidad ilusoria de fuga de las angustias de un presente incierto y complicado, necesitado de una firme acción profética.

En fin, los católicos de hoy somos llamados a pertenecer a esta Iglesia herida y lastimada por los abusos cometidos al interno de ella; comprometiéndonos para que el pasado no represente una añoranza enfermiza, sino que el futuro de la Iglesia se presente cada vez más rico de promesas y de esperanzas. Una Iglesia viva, presente y consciente de su historia, formada por creyentes que aman la verdad y buscan incansablemente la justicia.

 

  1. La acción profética de la prevención en la Iglesia

Era el año de 1968, cuando un joven teólogo llamado Joseph Ratzinger había participado del Concilio Vaticano. El teólogo alemán que llegaría a Papa realizó una especie de ultrasonido de la Iglesia que nacería en el futuro. Pese a la reciente imagen renovada del concilio, también la Iglesia comenzaba a sufrir los graves ataques en un clima social-ideológico muy polémico respecto a ella. En aquella época, como en la nuestra, también resultaba difícil tener el valor de mirar al futuro, y todavía más de ser optimista. En su ilustrada reflexión, escribía:

“La Iglesia se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio. Ya no podrá llenar muchos de los edificios construidos en una coyuntura más favorable. Perderá muchos de sus privilegios en la sociedad […]. Se convertirá en una Iglesia de los pequeños. […] Experimentará su absoluta y horrible pobreza. Y solo entonces descubrirán la pequeña comunidad de los creyentes como algo totalmente nuevo. Como una esperanza importante para ellos, como una respuesta que siempre han buscado a tientas”.

Estas proféticas palabras sorprenden no sólo por la lucidez y por la libertad con que se contempla el futuro, sino por la máxima enseñanza para el creyente de hoy: la humildad. Quienes formamos parte de la Iglesia somos conscientes de que los abusos sexuales nos han hecho más humildes, nos han sumergido en una lógica penitente por los horrores del pasado –y, quizás del presente-, nos han motivado a pedir perdón con el corazón contrito y a tener el coraje de asumir cualquier penitencia institucional, consecuencia de estos crímenes. Quien no esté dispuesto a vivir con esta humilde actitud que no sea creyente, puesto que la trampa retrotópica de búsqueda de privilegios, de sentarse en los primeros lugares y de engalanarse con las vestiduras antiguas serán sólo un ridículo y añejo cortometraje.

Los escándalos sexuales no han venido a dar muerte a la Iglesia, sino a dar muerte a aquello que no es propiamente de ella. Con su llegada a las primeras planas de nuestros medios informativos han revelado que vergonzosamente no estábamos haciendo aquello que nuestro divino fundador nos había encomendado, que estábamos traicionando nuestra identidad cristiana y que habíamos consentido aquellas acciones que resultaban totalmente contrarias al Evangelio. Los seguidores de Jesús en el tiempo actual no solamente portamos el signo de nuestro bautismo como una adhesión a la fe, también llevamos con nosotros el dolor histórico de tantas víctimas que han perdido su dignidad dentro de nuestra Iglesia. Somos portadores del escándalo de la cruz, del dolor y del sufrimiento, en donde tantas víctimas de abuso sexual han sido crucificadas.

Esta escandalosa realidad hoy se vuelve profecía. Como creyentes en la Iglesia de los escándalos, no sólo asumimos el dolor de las víctimas y los crímenes de aquellos miembros de nuestra Iglesia, sino que nos vemos impulsados a proyectar un presente capaz de dignificar a cada uno de sus miembros con un esperanzador impulso por dejar, a la siguiente generación de creyentes, una mejor Iglesia de aquella que nos recibió cuando nos bautizaron.

Somos parte de una Iglesia profética capaz, no solo de anticipar lo que habría de suceder, sino de recordarnos y revelarnos la verdad de lo que somos y de lo que deberíamos ser. “Los profetas no dicen el futuro, dicen la verdad”. Y precisamente de estos profetas tiene hoy necesidad la Iglesia: mujeres y hombres con una fe firme, perceptivos a los signos de los tiempos, sensibles al buen trato, decididos a reconstruir el tejido de la confianza y responsables por el cuidado de nuestros niños.

El carisma de la prevención que Dios suscita en los creyentes hoy, en esta Iglesia tan golpeada por los delitos sexuales, se manifiesta a través de originales y auténticos signos y líderes en la Iglesia, evidencias de que algo está naciendo en ella. Francamente, no sé si nos espera “una gran historia” como creyentes, si algún día las negligencias e impunidades dentro de la Iglesia serán parte de la historia del pasado, sin embargo, creo que resulta sumamente importante dejarnos conducir por el Espíritu, poner todo nuestro empeño para que este clima de abusos que ha oscurecido a la Iglesia desaparezca; y entonces habrá un futuro. “El futuro pertenece a aquellos que creen en la belleza de los sueños” así lo dijo alguna vez Roosevelt. Y nuestro sueño, en este momento, nace de la certeza de que la prevención sólo tendrá futuro si es eclesial, con la participación más activa de los laicos en la misión de la purificación de la Iglesia.

Que nuestras actitudes retrotópicas no sean obstáculos de renovación y conversión en la Iglesia. Que este momento profético en la Iglesia sea capaz de conjugar correctamente nuestros tiempos, aceptando el pasado de manera realista y sin evasiones, viviendo de modo comprometido el presente y saliendo con profecía y confianza al encuentro del futuro, sin nostalgias ni negaciones, sin erróneas idealizaciones, más allá de los miedos.

La misión profética de la Iglesia en la implementación de una cultura de cuidado y protección resulta una de las realidades más bellas y significativas en estos últimos tiempos. Se trata de un fenómeno verdaderamente providencial, dados los tiempos que vivimos, entre los signos de vitalidad que nos permiten mirar al futuro con esperanza siendo portadores del evangelio de la ternura.

 

Comentarios (1)

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Gracias y quedo atenta.

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