Guadalupe Victoria #98, Tlalpan, Ciudad de México

PARA QUE NUNCA MÁS: La voz de los laicos

Captura de Pantalla 2020-08-04 a la(s) 0.09.35

Ma Josefina Martínez Bernal

Santiago de Chile, 31 julio de 2020.

 

Se dice que “Iglesia somos todos”, pero algunos formamos parte, más bien, de la periferia; ocupamos una posición que históricamente no ha contado mucho en las decisiones y reflexiones al interior de la Iglesia, pero desde la cual, por el sólo hecho de la distancia, tenemos otra perspectiva para mirar lo que ocurre en el centro. Por eso, dentro de un panel donde mujeres y laicos somos minoría, agradezco a los organizadores de este seminario que hayan pensado en mí para acoger la voz de las mujeres laicas de América Latina. En honor a la verdad, no soy la mejor representante de esas mujeres que están en terreno, catequistas, agentes pastorales, voluntarias de la pastoral social, cuyo trabajo es un importante pilar que sostiene la vida de la Iglesia. Hacia ellas vuelco mi mirada cuando la credibilidad de la Iglesia está por los suelos, y cuando el fracaso de la institución frente a la problemática del abuso queda patente ante mis ojos.

En medio de ilustres expositores yo soy, como se dice, una “laica de a pie”. Trato de vivir mi fe cristiana en mi familia y en el ejercicio de mi profesión. Pero créanme que, por más que intento aferrarme al Señor, me veo en dificultades cada vez que me abruma la horrorosa realidad del abuso y la denegación de justicia oportuna por parte de la autoridad eclesiástica. Llevo 27 años ejerciendo como psicóloga, 10 de ellos formando parte de un Consejo de Prevención de abusos en la Iglesia de mi país. En mi práctica clínica he visto mucha tragedia, abusos, maltrato, duelos, trauma, pero en ninguna parte he visto el horror y destrucción que he podido encontrar acá, dentro de la Iglesia Católica. Porque en nombre de la voluntad de Dios hay quienes embaucaron a personas que tenían fe, o que carecían de afecto, de bienes o de estabilidad emocional, y en recintos sagrados les arrebataron inocencias y esperanzas. Porque con una cruz de fondo les dijeron a las víctimas que no les creían, o les prometieron que se harían cargo y no cumplieron. No es fácil pertenecer a una Iglesia que daña a las personas y traiciona la misión de Cristo que es dar vida al mundo. No es fácil ver cómo hay quienes vinieron a buscar vida y encontraron muerte. No es fácil quedar en paz después de conocer la desidia de personas llamadas a “curar”, a “pastorear” y a acompañar la vida.

Ustedes dirán: “¡Ah, es que es de Chile!”. Y yo sentiré lo mismo que cada representante de mi país ha sentido en los encuentros sobre prevención de abusos. Recibimos una compasiva mirada de pésame, pero al mismo tiempo una palabra de ánimo. ¡Fuerza!, nos dicen, y de verdad la necesitamos para perseverar. Nos anima sentir que debemos estar a la altura de quienes fueron víctimas, que en nuestro país han alzado sus voces con dolor, firmeza y valentía, obligándonos a ver lo que se quería tapar, a pensar en lo impensable y a formular lo innombrable. Porque si el acto primero y fundante en materia de prevención es romper el silencio y nombrar el abuso para poder verlo, el mérito es todo de ellos, de los sobrevivientes, que incluso al borde de sus fuerzas siguen luchando para que la tragedia siga a la vista y no sea archivada y olvidada.

¿Por qué es necesaria esta verdad? ¿Qué sentido tiene encarar el horror? ¿Por qué es fundamental sostener el malestar y la indignación que nos produce mirar la realidad del abuso cometido en ambientes eclesiales? Podría decir que casi todos los sobrevivientes que se acercan a la Iglesia a denunciar un abuso repiten la expresión “para que nunca más”. Todos ellos afirman con fuerza la necesidad de verdad para asegurar que no vuelvan a repetirse episodios de tanta angustia y tanta oscuridad. En lo que ellos piden como reparación, es decir que como Iglesia revisemos y analicemos las causas de lo ocurrido, reside la esencia de la prevención. Es más, podemos decir que en este “para que nunca más” convergen los imperativos de prevenir y reparar, en tanto la necesidad de reconocimiento por lo general pretende que nadie, dentro de la Iglesia, sufra atropellos en nombre de Dios.

En su esencia, el término prevención alude a una acción temprana y designa las medidas orientadas a evitar los abusos sexuales o, al menos, reducir la probabilidad de su ocurrencia. Sin duda éste se trata del aspecto más olvidado en el abordaje del problema pues, al igual que otras instituciones, la Iglesia Católica ha sido más reactiva que proactiva.

Cuando necesitemos acudir al recién publicado Vademécum, desgraciadamente habremos llegado tarde. El abuso ya ocurrió. Este esperado documento es una buena y necesaria noticia y no quisiera opacarla, especialmente reconociendo el valioso esfuerzo realizado para aclarar y acercar a todos un lenguaje y procedimientos que pudieran parecer áridos y difíciles de comprender. No dudo del valor preventivo que puede tener el aspecto penal de la justicia, en términos de disuadir de cometer un delito y de declarar la no aceptación de conductas que resultan inadmisibles… (aunque muchas veces las medidas y sentencias nos hagan pensar que estas se toleran más de lo que quisiéramos). Sin embargo, tampoco dudo de la insuficiencia de la ley en lo que a prevención del abuso se refiere y miro con preocupación los afanes legalistas que se ven en nuestra Iglesia, según los cuales pareciera ser que, si no hay delito, no hay problema; y, por ende, nada que se pueda hacer.

Pero insisto en la necesidad de anticiparnos; insisto en la importancia de intentar llegar antes.

Para prevenir y evitar la ocurrencia abusos es necesario comprender qué los origina. No voy a profundizar aquí en algo que conocemos y todos los estudios demuestran: para entender las causas del abuso sexual no basta poner el foco en quien lo comete; también es necesario mirar cómo es el contexto relacional que hace posible que quien abusa actúe y perpetúe su delito en el tiempo en la más absoluta impunidad.

¡Cuánta resistencia a revisar críticamente los contextos eclesiales! Es más simple engañarse y pensar que la prevención se resuelve instalando cámaras, diseñando folletos y enseñando la autoprotección a los niños y niñas. Sin embargo, la magnitud de la tragedia de los abusos en la Iglesia no admite engaños y obliga al ejercicio de repensarnos. La realidad institucional en ocasiones desfigura el modo de convivir y naturaliza prácticas de abuso de conciencia, de anulación del sentido crítico y de colonización de la propia voluntad. La convivencia del machismo y el clericalismo no ayuda en nada a construir espacios sanos, donde la autocrítica sea posible y donde disentir no sea peligroso.

Sepamos que no tendremos políticas de prevención válidas si ellas no se plantean de manera seria, el asunto del abuso de poder que existe en la Iglesia como núcleo del problema.

¿Que nos pasó? ¿Cómo es posible que no hayamos visto? Debiesen ser las preguntas ineludibles que orienten nuestra revisión. Sólo a partir de ellas podremos aspirar a esos ambientes sanos y seguros que tanto proclamamos como necesarios; ambientes donde:

  • –  en lugar de ocultamiento haya verdad;
  • –  en lugar de negación haya reconocimiento;
  • –  en lugar de silenciamiento haya libertad de expresión;
  • –  en lugar de sometimiento haya participación;
  • –  en lugar de olvido haya memoria;
  • –  en lugar de impunidad haya justicia.

     

    ¿Cómo seguimos adelante? ¿Cuál es nuestro rol como laicos y como laicas? ¿Vamos a esperar ser convocados o vamos a despertar y opinar, dejando de actuar como rebaño? Involucrarnos, sentirnos interpelados, aun cuando los esfuerzos terminen siendo colisionados violentamente por el desinterés de algunos, por el resquicio de la norma o por la complejidad de la burocracia traducida en ese eufemismo enfermizo de “los tiempos de la Iglesia”. Insistir, perseverar, resistir.

    Hoy muchas víctimas esperan poco o nada de la autoridad. A muchas de ellas su fue les fue pisoteada, otras la atesoran a punta de dudas y tropiezos; unas pocas la mantienen incólume. “No esperaba nada de ellos y aun así me decepcionaron”, son palabras que aun resuenan en mi oído, pronunciadas por una sobreviviente al recibir hace poco la respuesta a su denuncia realizada hace dos años, cuando pensamos que en Chile vendrían tiempos mejores.

    Hay mucha gente buena al lado de las víctimas. Pienso en la parábola del Buen Samaritano, que no sólo se preocupa de curar sino de asegurar la recuperación del prójimo. Mientras que quien debía asumir, pasa por otro lado y se hace el desentendido. “No me corresponde”, “no puedo hacer nada”, “no está dentro de mis facultades”, son frases que escuchamos tantas veces…

    Pienso que esa Iglesia, la de la gente que acompaña y cura, es la Iglesia que Jesucristo quiere. Esa esperanza me hace perseverar. Esa esperanza es mi motivo.

    Muchas gracias.

Posts Relacionados

Dejar un comentario

X