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Sed y Justicia de Dios: Jesús Ma Aguiñaga

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Salmo 63: El Salmo de la sed de Dios

2 Oh Dios, tú eres mi Dios, yo te busco ardientemente; / mi alma tiene sed de ti, / por ti suspira mi carne / como tierra sedienta, reseca y sin agua.

Es un Salmo que muy bien puede expresar los deseos y las angustias del sobreviviente de abuso sexual, de poder, de conciencia, de autoridad…

El Salmo 63 celebra el abondono total en Dios expresado en la lógica del amor, en el anhelo que no se apaga hasta alcanzar a Dios. Es una oración intensa como un “deseo” en su sentido más completo, donde el alma, el cuerpo, la historia, la existencia, la esperanza están envueltos como en un remolino que tiene como centro a Dios. El alma es azotada, abatida, dividida, inquieta y sin lugar seguro, se encuentra envuelta en un espiral de aridez, de vacío y de insatisfacción, anhela sin tregua la fuente de la paz que es Dios. El deseo ora siempre aunque la lengua calle; por ello decía san Agustín “siempre deseas, siempre oras” (Sermón 80,6). Este Salmo produce vida y tensión.

En el Salmo hay una tensión hacia la luz y hacia el agua viva; la sed expresa esa tensión y deseo del infinito, pero es un deseo tan intenso que se muere si se está privado del mismo deseo (v.3). El salmista utiliza las imágenes de la sed (v. 2) y del hambre (v.6) para expresar la confianza y la acción de gracias, resultando un camino de fe hacia Dios, en abandono esperando la luz. La sed de agua, es un deseo natural, instintivo, elemental; en Palestina la tierra árida se encuentra muerta sin la lluvia, el agrietamiento de la tierra parece una boca reseca y con sed, así como el creyente tiene necesidad de Dios para vivir y para existir, el agua sacia, crea y fecunda el desierto de la historia humana. Al símbolo de la sed, se asocia el del hambre (v. 6), de no poseer nada se tendrá todo, el hombre con sus aspiraciones, con su corazón, con su fuerza y su debilidad se dirige a Dios. El salmista pide que la nube del consuelo y de la gracia baje de lo alto del cielo en este calor silencioso que impregna toda la vida. Porque el lugar geográfico de este Salmo es el desierto quemado por el sol y privado de fuentes de agua.

El salmista espera la aurora que da paso a la luz, porque el desierto es vacío, la nada, la muerte, la ausencia de plenitud, la sed de Dios, la sed de agua que el cielo parece que le niega; el ora con las manos elevadas como un puente de unión entre el cielo y la tierra; sediento y hambriento encuentra en el templo la fuente de agua viva y ese banquete que es Dios; saciado el deseo, los labios y la boca se transforman en un canto pleno, confiado en esa mano paterna.

El Salmo también canta el deseo de la muerte, la lucha contra el mal, al orar se funden los grandes sentimientos: el amor y la cólera, pasiones por el bien y la condena del mal. Por eso dice “aquellos que atentan contra mi vida” (v. 10a), son como atacantes o bestias que espían al justo para eliminarlo y devorarlo, el orante se siente rodeado por la hostilidad del criminal, si las dos primeras partes del Salmo son celestes, la tercera es infernal; los impíos han de ser entregados en las manos de la espada, y unido al signo de la espada, aparece el chacal, un animal fúnebre que en la cultura egipciana que deambulaba entre la carroña; por ello abandonar un cadáver a los chacales significaba negarle la sepultura, es decir privarlo del descanso que lo obligaba a errar sin reposo desnudo de la inmortalidad. En el Salmo los adversarios aparecen como mentirosos (11b), con acciones perversas que violan la fidelidad, con comportamientos agresivos destruyen la comunidad. Por ello se desea bloquearles la boca como acto que aplasta la calumnia, su lugar es el sheol la tierra del silencio, que detiene la actividad perversa.

El Salmista ora en la desesperación y en la necesidad, ora en la alegría y en el abandono, parece que el Salmista no pide nada, porque Él conoce sus necesidades antes de que nazcan; la necesidad es Él, al darse a sí mismo lo da todo.

“Yo soy apóstol de la prevención, porque la mística de este apostolado ofrece unas gotas de agua que sacian el deseo de Dios expresado en el descanso, la seguridad y la fuerza que los chacales le han arrebatado”.

Jesús Ma Aguiñaga Fernández

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