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«Vivir bajo estructuras caducadas, que ningún bien le hacen a la misión evangelizadora de la Iglesia, ha posibilitado y perpetuado el abuso»: P. Ángel M. Sánchez

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Hay temas dolorosos, y que nos avergüenzan. Situaciones límite que son contrarias a la confianza, y por eso nos entristecen e indignan. Ante todo, porque son escenarios que van en contra de la lógica del Evangelio, por lo que exige de nosotros una profunda conversión. Además, porque son incompatibles a todo aquello que creemos, oramos y celebramos. Y precisamente por eso es importante hablar de ello.

Fue por esta razón que, del 1 de julio al 2 de agosto del corriente año, en las instalaciones de la Universidad Pontificia de México se llevó a cabo el curso: La Prevención en la Iglesia Latinoamericana. Allí, 170 representantes de 19 países latinoamericanos nos dimos cita para profundizar en las raíces y posibles tratamientos para erradicar los abusos en la Iglesia. En un clima de oración, discernimiento, formación, y reflexión se nos invitaba a echar a un lado la resistencia, y tener la voluntad de comprometernos a construir en la Iglesia una cultura del buen trato.

Es necesario hacer notar que la Iglesia que peregrina en Puerto Rico también estuvo allí, (a través de una delegación de las Diócesis de Ponce, Arecibo y Mayagüez); haciéndonos solidarios a lo que el Espíritu nos pide, y el Buen Pastor nos exige. Es decir, conociendo a mayor profundidad el tema, las causas y repercusiones del abuso en la persona sobreviviente, las características del perpetrador de la violencia, entre otros. Y así, buscar la protección de la niñez y personas vulnerables en contextos eclesiales.

Primeramente, se nos advertía que en el pasado, por la falta de conocimiento, y las pocas herramientas para manejarlo adecuadamente el tema ha generado contrariedad. Sin embargo, hoy estamos en una época en la cual la Iglesia tiene la capacidad de hablar del abuso sexual y del escándalo provocado por este. También, se nos recordaba que el abuso sexual a infantes o efebos no reconoce religiones, nivel económico, nacionalidad o cultura; razón por la cual hay que tener el carácter para comprometerse a unir voluntades para prevenirlo.

El vivir bajo estructuras caducadas que ningún bien le hacen a la misión evangelizadora de la Iglesia ha posibilitado y perpetuado el abuso. Se requieren organizaciones renovadas, capaces de involucrarse y de ser solidarias para enfrentar este reto con valentía. En este sentido, es necesario descubrir que en cada uno de nosotros existen principios comunes que nos deben ayudar a fomentar la lucha contra este cáncer agresivo en la Iglesia de Cristo. Se trata de saber afrontar con decisión este fenómeno, sabiendo que no se trata solo de un protocolo, sino de una cultura de la prevención. Es decir, una disposición de re aprender lo que significa la ternura, el abrazo seguro, una mirada de verdad, y el respeto a la integridad del prójimo. Es contemplar desde una óptica diferente, que nos haga capaces de ser ciudadanos de un mundo que suplica a Dios por un entorno religioso más sano, que permita devolverles a los sobrevivientes la dignidad perdida.

Como Iglesia debemos asumir el dolor del daño causado, y convertirnos no en levitas insensibles, que pasamos por aquel sitio, le vemos y damos un rodeo (Lc 10, 32), lo que nos hace indiferentes ante la impunidad. Por el contrario, se nos invita a ser samaritanos de la recepción, que sepamos curar y sanar, y cuando vamos de camino, tener compasión (Lc 10, 33). Esto implica estar atentos a aquellos que más nos necesitan, de nuestro amor y ayuda. Porque solo quien ha vivido y mirado con amor al otro es capaz de mirarlo con misericordia.

El abuso de niños, niñas y personas vulnerables produce un daño tan profundo que nunca podemos decir que hemos hecho lo suficiente. Y aún cuando hubiera algún impedimento para sanar, por prescripción o alguna otra consideración, hay que tomar otras medidas; porque las heridas del corazón nunca prescriben. Con el pasar de los años nuestra generación será evaluada si supimos ser compasivos, si supimos reconocer la cara de Cristo en aquel que sufre. O si, por el contrario, fuimos cobardes y negligentes para enfrentar el problema, y no haber mostrado el rostro misericordioso de la Iglesia. Por haber ignorado las consecuencias del abuso, y no habernos puesto a favor de los más vulnerables.

Es necesario aprender de la experiencia y de los errores cometidos. Por eso, la prevención es un viaje irreversible, y debe ser un regalo de la Iglesia a la sociedad. Y, aunque sabemos que es una problemática con una corta historia, es necesario reconocer que tiene un largo pasado. Por esta razón el Papa Francisco nos recuerda que el abuso de menores es uno de los peores y más viles crímenes.

Hoy hacemos un llamado a fortalecer los lazos de fraternidad, a echar a un lado la cultura del silencio, el encubrimiento, la mentalidad clerical y la complicidad; porque estas nos hacen becarios de la impunidad. Que el buen Dios nos ilumine para que la plaga del abuso sea erradicada de nuestra amada Iglesia; porque solo con la ayuda del Señor y la docilidad a su gracia podremos crear en nuestras comunidades un ambiente seguro… “Porque un ambiente seguro es responsabilidad de todos”.

P. Ángel M. Sánchez, PhD
Para El Visitante

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