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LA COMUNICACIÓN CON LAS VÍCTIMAS: DR. DANIEL PORTILLO

La comunicación con las víctimas

Una reflexión eclesiológica de comunicación

Daniel Portillo Trevizo 

México

Me han hecho la invitación para compartir algo que me he preguntado estos últimos días: ¿Cómo comunicarme con las víctimas? Y, también me he cuestionado, si nuestra comunicación eclesial hacia las mismas es la más adecuada.

Los abusos sexuales de menores cometidos dentro de la Iglesia son, en sí mismos, una traición a la adecuada comunicación. No supimos mirar el riesgo, ni escuchar el clamor de las víctimas. Le corresponde a la Iglesia reconocer con pesar sus negligencias, examinar su cercanía en las situaciones humanas más trágicas, valorar si su actual misión en el mundo protege a su feligresía o, por el contrario, se muestra pasiva ante los actos de injusticia sobre la dignidad humana.

Evidentemente, cuando la Iglesia resulta sorda para escuchar el clamor de los oprimidos por el sufrimiento y el dolor, se convierte, como lo señalaba el Papa Francisco, en “una Iglesia a la defensiva, que pierde la humildad, que deja de escuchar, que no permite que la cuestionen […]. Aunque tenga la verdad del Evangelio, eso no significa que la haya comprendido plenamente; más bien tiene que crecer siempre en la comprensión de ese tesoro inagotable” (CV 41). Una Iglesia a la defensiva lleva, sin duda, al desencanto que mata la alegría de los fieles y los aleja de su fe católica (cf. EG 70). Hasta aquí las palabras del Papa.

Indiscutiblemente, cuando la Iglesia corrompe la manera en como debe comunicarse hacia las víctimas, vive el riesgo de encerrarse en sí misma y referirse sólo a ella. La corrupción estructural de la Iglesia resultará siempre un patológico “centralismo” que provocará, sin duda, un discurso ideológico ensordecedor y auto-referencial, un monólogo eclesial, un silencio permanente y castrante. Un discurso eclesiológico de esta tendencia resulta incapaz de atestiguar la protección de los menores y de las personas vulnerables, en un mundo cada vez más necesitado de una verdadera globalización de la prevención, de una sana comunicación. La Iglesia no estará exageradamente pendiente de sí misma, cuanto más se recuerde su misión en el mundo: ser una auténtica vía de comunicación.

Particularmente, la crisis de los escándalos sexuales de menores por parte de clérigos, ha sumergido a la Iglesia en una seria reflexión institucional; los escándalos han dejado de considerarse sólo una responsabilidad personal del agresor y, por lo tanto, han exigido una mirada sistémica que amplíe el espacio de responsabilidad de manera más honesta. Toda falta cometida por algún miembro de una institución, como lo es la Iglesia, es incómoda, también para el sistema, por lo tanto, puede ser también señal de un problema teológico subyacente a nivel eclesial.

No sólo resulta devastador encontrar ambientes eclesiales comandados por la negligencia y la falta de transparencia, sino también resulta desalentador que estos mismos coincidan con aquellos que se encuentran desorganizados, desestructurados y, consecuentemente, incomunicados. No es extraño que los ambientes eclesiales, ajenos a la comunicación y no abiertos al diálogo, terminan siendo ambientes más peligrosos para el encubrimiento, la negligencia y para la realización de actos sexuales por parte de sus miembros.

La comunicación es la carta de presentación del cuidado y de la protección eclesial. La prevención es la fuerza más formidable, universal y misteriosa, inscrita en el corazón del hombre, capaz de transformar el mundo. La prevención es el evangelio de la ternura. La ternura representa una vía de comunicación fundamental para salir de este callejón sin salida y recobrar el sentido más vivo de la caridad evangélica como afecto amoroso. Por lo tanto, la comunicación con las víctimas, es la fuerza, la señal de madurez y el vigor interior que brota tan sólo en un corazón libre, capaz de ofrecer lo mejor que cada ser humano tiene: su tiempo.

La comunicación con las víctimas supone, de hecho, la praxis del evangelio de la ternura; pone en crisis el modo de ser cristianos, que se contenta solamente con una comunicación vaga y superficial, una comunicación mediocre, sin impulso ni entusiasmo. Comunicarnos con las víctimas es abrir una página del Evangelio, una Buena Nueva, una manera en como Dios se nos revela continuamente. Sin el evangelio del buen trato, nuestra práctica religiosa resulta hipócrita y cosmética. Es más, fuera del evangelio de la ternura, existe una permanente tentación de ser o de volver a ser una Iglesia del dominio, de poder, de abuso de conciencia y de élite, una Iglesia incapaz de comunicarse.

La Iglesia que a través de sus fieles se comunica con el evangelio de la ternura, es una Iglesia con la Palabra que protege, que se empeña en atestiguar el amor de Dios con caricias que no violentan, con gestos que no transgreden, con detalles que no resultan ambiguos; una Iglesia que pone en primer lugar la pedagogía del respeto, negándose a toda forma de dominio o de abuso. La Iglesia de la ternura es la Iglesia de la opción preferencial por los niños, niñas y adolescentes, por los adultos vulnerables, por las víctimas de abuso sexual y por las víctimas secundarias. Una Iglesia, por tanto, que escucha, que se comunica, que acoge, es capaz de convertirse en un espacio seguro donde cada uno pueda sentirse en su casa y experimentar que está en un entorno protector.

La comunicación de la ternura es una invitación a la Iglesia a ponerse en “salida” de las propias comodidades intraeclesiales y a atreverse a llegar a todas las periferias eclesiales, en donde se encuentran aquellas víctimas y sobrevivientes que han padecido el abuso sexual. El cuidado y la protección deben ser para cualquier cristiano un mandamiento de conducta, que permita, por un lado, ser cercano a los demás y, por otro lado, que enseñe a respetar los límites de su intimidad. Una Iglesia que entabla un diálogo con las víctimas y sobrevivientes anunciará la Buena Nueva con el sello de la protección y la ternura de Dios, construyendo ambientes seguros para quienes la conforman.

El apostolado de la prevención implica la capacidad de dialogar con el dolor, dentro de cada uno de estos espacios de ayuda. Es momento de abandonar nuestras cosméticas acciones en donde sólo nos conformamos con mostrar a la sociedad que estamos haciendo algo, sin el más mínimo involucramiento. Decimos que la prevención es una prioridad, sin embargo, en algunos ambientes eclesiales no tenemos el más mínimo interés de comunicarnos con las víctimas. La Iglesia no puede esperar cambios significativos si continuamos con nuestros mismos procedimientos. Hay acciones concretas que en este momento no pueden esperar más, la integridad y la dignidad de los menores no puede seguir siendo una prioridad de segundo rango.

El apostolado de la prevención, tiene como principal carisma la comunicación. La comunicación permite la reconstrucción del tejido de la confianza. Precisamente, el escándalo de los abusos sexuales, sin duda ha lastimado y quebrantado este valor, sobretodo en algunas de las realidades en donde las víctimas padecieron la indefensión, la persecución, la falta de escucha y la incomprensión. Si la Iglesia no se esmera en reconstruir el tejido de la confianza podríamos cuestionarnos cuál es el sentido de su presencia en el futuro.

Por último, por utópico que parezca, de lo que verdaderamente se tiene necesidad es de una prevención entendida en clave de “conversión”; desde esta perspectiva, la prevención no se limita a una puntual intervención, sino que holísticamente abarca la totalidad de cuanto la Iglesia hace y enseña en coherencia con lo que cree, ora, celebra y comunica. El tema de los abusos nos remite a pensar en nuestra pedagogía del trato. De tal manera que si nos remontamos al Evangelio, origen fundante de nuestra fe, comprenderíamos que esta crisis eclesial nos ha provocado una necesaria “conversión de trato” una “metanoia de comunicación”.

El Buen trato dignifica, afianza, consolida, reconstruye y unifica a la persona, le hace capaz de volver a mirarse, descubrirse valiosa y poder comunicarse. En fin, sin una conversión de Buen trato la prevención en la Iglesia se convierte en disimulo, en una falacia de protocolo que se traduce en farsantes acciones y en una incapacidad de comunicarse.

Muchas gracias

COMMUNICATION WITH VICTIMS: DR. DANIEL PORTILLO

Communication with victims

An ecclesiological reflection on communication

Daniel Portillo Trevizo

México

I have been invited to share something that I have been asking myself in recent days: How to communicate with victims? And I have also questioned whether our ecclesial communication towards them is the most appropriate.

Sexual abuse of minors committed within the Church is a betrayal to proper communication. We did not know how to look at the risk, nor listen to the clamor of the victims. It is up to the Church to acknowledge with regret her negligence, to examine her closeness in the most tragic human situations, to assess whether her current mission in the world is to protect her faithful or, on the contrary, it shows a passive church in facing the acts of injustice on human dignity.

When The church is deaf to listen to the cry of the oppressed by suffering and pain, it becomes, as Pope Francis pointed out, “A Church always on the defensive, which loses her humility and stops listening to others, which leaves no room for questions, loses her youth and turns into a museum. How, then, will she be able to respond to the dreams of young people? Even if she possesses the truth of the Gospel, this does not mean that she has completely understood it; rather, she is called to keep growing in her grasp of that inexhaustible treasure” (CV 41). So far, the Pope’s words. A defensive Church undoubtedly leads to the disillusionment that kills the joy of the faithful and distances them from their Catholic faith.

Unquestionably, when the Church corrupts in how it should communicate to the victims, it runs the risk of closing in on itself and becoming self-referential. The structural corruption of the Church will always be a pathological “centralism” that will undoubtedly provoke a deafening and self-referential ideological discourse, an ecclesial monologue, a permanent and castrating silence. An ecclesiological discourse of this tendency is incapable of witnessing the protection of minors and vulnerable people, in a world increasingly in need of true globalization of prevention and healthy communication. The Church will not be exaggeratedly aware of itself, the more it remembers it mission in the world: to be an authentic path of communication.

Particularly, the crisis of clerical sex scandals involving minors has immersed the Church in serious institutional reflection; the scandals have ceased to be considered only a personal responsibility of the perpetrador and, therefore, have demanded a systemic view that expands the space of responsibility more honestly. Any fault committed by some member of an institution, such as the Church, is uncomfortable, also for the system, therefore, it can also be a sign of the underlying theological problem at the ecclesial level.

It is not only devastating to find ecclesial contexts commanded by negligence and lack of transparency, but it is also discouraging to coincide with those who are disorganized, unstructured, and, consequently, with a lack of communication. It is not strange that these ecclesial environments, far from any way of communication and not open to dialogue, ending up in more dangerous environments of cover-up, negligence, and the performance of sexual acts by their members.

Communication is the key, is the letter of presentation of care and ecclesial protection. Prevention is the most formidable, universal, and mysterious force, inscribed in the heart of manhood, capable of transforming the world. Prevention is the gospel of tenderness. Tenderness, represents a fundamental way of communication to get out of this impasse and regain the most vivid sense of evangelical charity as loving affection. Therefore, communication with victims is the strength, the sign of maturity, and the inner vigor that springs only from a free heart, capable of offering the best that each human being has: his or her time.

Communication with victims supposes, in fact, the praxis of the Gospel of tenderness; It puts into crisis the way of being Christians, which is content only with a vague and superficial communication, a mediocre communication, without impulse nor enthusiasm and often without compassionate love. To communicate with the victims is to open a page of the Gospel, the Good News, a way in which God continually reveals Himself to us. Without the Gospel and Safeguarding Culture, our religious practice is hypocritical and cosmetic. Furthermore, outside the Gospel of tenderness, there is a permanent temptation to be or to return to being a Church of dominance, power, abuse of conscience, and elite, a Church incapable of communicating herself.

The Church that through its faithful communicates with the Gospel of tenderness, is a Church with the Word of God, that protects, that insists, on witnessing the love of God, with caresses that does not violate, with gestures that do not transgress, with details that are not ambiguous; a Church that puts the pedagogy of respect first, refusing all forms of domination or abuse. The Church of Tenderness is the Church of the preferential option for children and adolescents, for vulnerable adults, for victims of sexual abuse and the secondary victims. A Church, therefore, that listens, that communicates, that welcomes, can become a safe space where everyone can feel at home and experience that they are in a safe protective environment.

The communication of tenderness is an invitation to the Church to “exit” her intra-ecclesial comforts and to dare to reach all the ecclesial peripheries, where there are those victims and survivors who have suffered sexual abuse. Care and protection should be for any Christian a commandment of conduct that allows, on the one hand, to be close to others and, on the other hand, that teaches to respect the limits of their privacy. A Church that engages in dialogue with victims and survivors will announce the Good News with the seal of God’s protection and tenderness, building safe environments for those who comprise it.

The apostolate of prevention implies the ability to dialogue with pain, within each of these spaces or moments of helping. It is time to abandon our cosmetic actions where we only settle for showing society that we are doing something, without the slightest involvement. We say that prevention is a priority, however, in some ecclesial environments, we do not have the slightest interest in communicating with victims. The Church cannot expect significant changes if we continue with our same procedures. There are concrete actions that at this time cannot wait any longer, the integrity and dignity of minors cannot continue to be a second-rank priority.

The main charism of the Apostolate of Prevention is communication. It enables the rebuilding of the fabric of trust. Precisely, the scandal of sexual abuse has undoubtedly hurt and broken this value, especially in some of the realities where the victims suffered helplessness, persecution, lack of listening, and misunderstanding. If the Church does not strive to rebuild the fabric of trust, we could ask ourselves what the meaning of her presence in the future is.

Finally, as utopian as it may seem, what is needed is prevention, understood as the work of “conversion”; from this perspective, prevention is not limited to a timely intervention, but holistically encompasses the totality of what the Church does and teaches in coherence with what she believes, prays, celebrates and communicates. The issue of abuse leads us to think about our Safeguarding Culture. If we go back to the Gospel, the founding origin of our faith, we would understand that this ecclesial crisis has caused us a necessary “conversion of the way we treat each other” a “metanoia of communication”.

Safeguarding Culture dignifies, strengthens, consolidates, rebuilds, and unifies the person, makes him or her able to look at themselves again, discover themselves as valuable, and be able to communicate. In short, without the conversion of genuine Safeguarding Culture, prevention in the Church becomes concealment, a fallacy of protocol that translates into false actions and an inability to communicate.

LA PREVENCIÓN EN LA IGLESIA: LA MISIÓN DE LOS LAICOS.

Este 20 de junio de 2010, a las 11:00 am, hora de México, se hará la presentación formal del nuevo libro: «La prevención en la Iglesia – La misión de los laicos», a la venta en Amazon, del cual ofrecemos el Prefacio y hacemos una breve reseña.

Comencemos por el elenco de autores, entre los que destaca la colombiana Ilva Myriam Hoyos Castañeda, de la que la prologuista refiere:

“Si pudiera elegir un tema dominante de este libro, sería el de Ilva Myriam Hoyos Castañeda, quien describe el “Apostolado de la prevención: Un acto de amor”. Reflexionando sobre el momento en que Jesús trae a un niño ante él (Mc 9, 36), sobre la inocencia sagrada y la vulnerabilidad de quienes estamos llamados a proteger, Ilva describe la prevención, sobre todo, como un acto de amor (Tina Campbell, Coordinadora Nacional de Salvaguarda de la Conferencia Episcopal de Escocia. Prologuista del libro).

El libro trae los profundos y valientes testimonios de Érika Zúñiga y Daniel Pittet, quienes describen su propio abuso por parte de un sacerdote católico, el impacto sufrido y al contarlo a sus familias, y su experiencia retraumatizante. Érika también se describe hoy a sí misma como apóstol de la prevención.

Daniel Pittet, en su testimonio, recuerda haber rezado por el clérigo que abusó sexualmente de él, a la edad de 12 años, para poder liberarse. El P. Daniel Portillo ahonda el concepto de perdón, el cual no se trata de que la víctima perdone al abusador, y tampoco como una reconciliación, sino del apoyo que recibe una víctima para liberarse del mal del abuso. El P. Daniel Portillo comparte una reflexión muy humana sobre las prioridades de su trabajo actual, y describe la importancia del impacto emocional al escuchar a una víctima.

Otros autores, cuyos aportes son igualmente valiosos, son: Angela Rinaldi, Benjamín Clariond, Zaira Noemí Rosales Ortega, Jazmín Velasco de Avilés, Inés San Martín, María Inés Franck e Irma Hernández, cada uno con un importante aspecto en el que aportan su conocimiento y experiencia con las víctimas de abuso.

La prologuista afirma:

“La calidad de nuestra capacidad de respuesta a las víctimas refleja la verdad del compromiso”.

Y finalmente concluye:

“Este libro tiene mucho que aportar para todos los miembros, actuales y futuros, del Apostolado de la Prevención”.

(1) LOS LÍDERES SE CONOCEN EN TIEMPOS DE PANDEMIAS: DANIEL PORTILLO

Los líderes se conocen en tiempos de pandemias

Daniel Portillo Trevizo

Director de CEPROME

La historia resulta el mejor libro de aprendizaje para el ser humano. En ella se encuentra una variabilidad de crisis y una amplia gama de respuestas de frente a las mismas. Incluso, algunas recientes problemáticas pueden abonar a la comprensión de aquellas ocurridas anteriormente. Las crisis siempre resultan un espacio privilegiado de discernimiento y una oportuna elección de decisiones. El papa Francisco, en su carta dirigida a los obispos estadounidenses en 2019, les señalaba:

“Como lo había profetizado el anciano Simeón, los momentos difíciles y de encrucijada tienen la capacidad de sacar a la luz los pensamientos íntimos, las tensiones y contradicciones que habitan personal y comunitariamente en los discípulos (Cf. Lc 2, 35). Nadie puede darse por eximido de esto; estamos invitados como comunidad a velar para que, en esos momentos, nuestras decisiones, opciones, acciones e intenciones no estén viciadas (o lo menos viciadas) por estos conflictos y tensiones internas y sean, por sobre todo, una respuesta al Señor que es vida para el mundo. En los momentos de mayor turbación, es importante velar y discernir para tener un corazón libre de compromisos y de aparentes certezas para escuchar qué es lo que más le agrada al Señor en la misión que nos ha encomendado. Muchas acciones pueden ser útiles, buenas y necesarias y hasta pueden parecer justas, pero no todas tienen «sabor» a evangelio”.

Toda crisis tiene su propio trayecto, compuesto de fases concretas que impulsan a los involucrados a recorrer una travesía que quizá, en sí misma, resulte desconocida y confusa. Más aun, si desde el inicio supiéramos el destino al que nos llevaría la crisis, quizá consentiríamos sin tantas resistencias. Sin embargo, resulta propio de este trayecto la incertidumbre, el dilema de aquello que podría pasar. En su misma terminología, la crisis se podría entender como una coyuntura de cambios en una realidad,que aparentemente se encuentra organizada, pero que en algún momento resulta inestable, sujeta a evolución. Una crisis epidemiológica, como la que actualmente vivimos debido al coronavirus, produce cambios que amenazan la salud de la población entera, particularmente de aquella más vulnerable.

A propósito de esta crisis mundial, me gustaría realizar un paralelismo entre la pandemia del Covid-19 con aquella de los abusos sexuales de menores en la Iglesia católica. Ciertamente, no parecen tan ajenas las dinámicas, los mecanismos y las estrategias que polarizadamente se han implementado en sus respectivos ambientes. Además de dichos datos, resulta importante analizar la figura del líder en una situación de crisis. Por lo cual, será objetivo del presente artículo justificar la importancia del liderazgo en una realidad pandémica. Lo mejor que le pudiera ocurrir a una institución, en una época de crisis, es contar con un verdadero líder que vele por el bienestar de los suyos.

1. La “Pandemia”

Una de las primeras reacciones en situación de pandemia, sin duda, es la negación. Dicho mecanismo defensivo aminora los alcances de la posible tragedia. La omnipotencia se hace presente, haciéndonos sentir que una realidad tal no llegará a nosotros. Por lo tanto, si la primera defensa es la negación, no resultará extraña la fantasía de la “regionalización” del mal, es decir, evidenciar que la maldición es solo de unos cuantos y que ella misma no nos alcanzará. Por ejemplo, cuántas veces escuchamos que el Covid-19 era sólo un mal chino y cuántas veces escuchamos que los abusos sexuales de menores sólo eran males de la Iglesia católica americana. La regionalización sólo nutre la negligencia, puesto que hace ver la maldición a distancia.

Las realidades pandémicas, como la del Covid-19 o la de los abusos sexuales de menores, se esparcieron territorialmente de manera discreta e invisible. Nadie dimensionó que conocería en su propio vecindario a algún infectado; nadie pensó que conocería en su diócesis a algún abusado sexual por parte del clero. Sin embargo, no se entiende la pandemia sólo por el nutrido número de afectados, sino porque ella misma rompe fronteras, no respeta visas ni banderas, ninguna persona se puede sentir absolutamente “blindada” de dichos males. Pareciera oportuna la imagen del turista que, adentrado en la playa, no dimensiona la fuerza y la altitud de las olas, pensando que, por ser un buen nadador, no se verá afectado por la fuerza natural de las olas.

Cualquier maldita realidad en la sociedad y en la Iglesia resulta más grave, cuando sus respectivos líderes no logran dimensionar el mal; más aún, cuando quienes padecen la ceguera son ellos mismos. Por tanto, cualquier epidemia necesita de personas negligentes, no-líderes, que teniendo en sus manos la vida de otros, cometen graves omisiones, acrecentando el riesgo de su población y poniendo en riesgo a los más vulnerables.

En el tiempo de pandemia, la sociedad y la Iglesia se desnudan; sus verdaderos valores y motivaciones se evidencian. Resulta imposible que las mezquinas acciones de un supuesto líder se mantengan en un tiempo de crisis. Los platónicos discursos sociales y pastorales son consumidos por el virus. Los proyectos cosméticos y proselitistas se desvanecen. En el tiempo de epidemia ya no hay espacio para las permanentes campañas de los pseudo-líderes. Si algo “positivo” pudiera traer el virus es la forzosa discriminación de aquellos, que jurando hacernos el bien, por su negligencia, nos han hecho un mal. Efectivamente, los verdaderos líderes, sin duda, germinan en tiempos pandémicos, los no-líderes terminan devastados.

2. La respuesta institucional

Los miembros de una nación y aquellos pertenecientes a la Iglesia se sentirán confiados cuando las mismas instancias sean capaces de custodiar su integridad. Hace cuatro décadas, en el inicio de la pandemia eclesial de los abusos, los laicos experimentaban la desconfianza de pertenecer a una Iglesia que no fuera capaz de cuidarlos. Aunque dicha reacción, prevalentemente, era de manera general, aún al día de hoy encontramos esa misma desconfianza, sobre todo en la feligresía de aquellas diócesis y congregaciones que no han establecido un elemental sistema de cuidado y protección. Toda pandemia acrecienta y aminora los recursos y los valores institucionales. Una diócesis que, de frente a esta pandemia de los abusos sexuales, establezca elementales protocolos y rutas de acción, acrecienta la confianza de su feligresía. Así también, un obispo encubridor y negligente aminora la fe de las víctimas y sus familiares.

De frente a la epidemia, cualquier instancia está obligada a actuar, suponiendo que su actuación será por el bienestar de los suyos, particularmente de los más vulnerables. La adecuada respuesta institucional de frente a la pandemia, es una manifiesta carta de confiabilidad que se extiende a su población. Naturalmente, las personas desconfían y se desconciertan cuando escuchan de su propio líder una indicación contraria a aquella instrucción global. Por ejemplo, no resulta extraña la indignación y rabia de la población social o eclesial cuando escuchan, por parte de su líder, las necesarias “matemáticas de actuación”, es decir, el suficiente número de afectados o abusados para poder actuar. Para un no-líder reaccionar institucionalmente por los “mínimos” no resultaría redituable para la institución.

La pandemia resulta un tiempo y espacio fundamental para el fortalecimiento institucional. Cualquier institución, como aquella política y eclesial, podría ver, en esta trágica realidad, un adecuado momento para volver a su origen, desempolvarse de aquellas dinámicas de corrupción que opacaron su esencia. La Iglesia y las instancias políticas se encuentran en un momento idóneo para volver a su origen, así como al fin por el cual existen, es decir, el servicio.

3. El liderazgo, el antivirus de una pandemia

¿Qué factor puede hacer que una nación o una diócesis en tiempo epidémico no llegue a la ruina? El líder. Este representativo personaje social y eclesial es capaz de nutrir nuestra esperanza, de contener nuestras angustias y de reducir nuestros miedos. La cardinal vocación del líder es la del cuidado y la protección. El líder es (existe) para proteger. Por lo cual, un verdadero líder se conoce por las necesarias y elementales medidas de prevención para su población. No es extraño que líderes en la Iglesia, como el Papa Francisco, o en la política, como el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, con sus respectivos discursos dentro de sus realidades pandémicas, acrecienten la confianza y la tranquilidad de sus seguidores.

Por otro lado, los no-líderes o aquellos contrarios a su vocación de servicio resultan productores de la negación. En los ambientes en donde hay ausencia de liderazgo, hay nutrida presencia de negligencia. Además, se evidencia un no-líder cuando su postura resulta contraria a la realidad, cuando la pandemia es producto paranoico de todo el resto de la sociedad y las consecuencias no son tales, como ingenuamente señalan los medios de comunicación. La omnipotencia de pensar que yo controlo la epidemia y la paranoia de señalar que todos están equivocados y están en mi contra, no son sino dos de los principales síntomas de un crónico narcisismo. El patológico narcicismo no permite dimensionar las consecuencias de las negligencias.

Creo que no resulta necesario ser perito en alguna ciencia para darse cuenta que cuando un líder no protege a aquellos que la sociedad o la Iglesia le confían, traiciona su propia vocación de servicio. Por ejemplo, hace pocos días las alertas de seguridad se activaron en distintos escenarios, inmediatamente, llamó mi atención la reacción de aquellos que debían ejecutar las acciones en favor de su gente. Desde los más altos jerarcas que se resistían a restringir la celebración eucarística, hasta los más altos políticos que motivaban a los ciudadanos a continuar saliendo a las calles; ambas realidades, con poca responsabilidad hacia las personas. Resultaba absurdo escuchar al jerarca que veía como solución a la pandemia la multiplicación de las misas, como al político que motivaba a la población a ofrecerse abrazos.

Sin afán de caer en absolutismos, considero que no sería tan desproporcional la lógica de que aquellos jerarcas que actuaron responsablemente a favor de su feligresía, con la prescripción del precepto dominical y la exhortación a “quedarse en casa”, fueran los mismos que están dispuestos a proteger y actuar de manera inmediata, en cualquier posible evento de abuso sexual en su diócesis. Contrariamente, los jerarcas más resistentes a la cuarentena y al aislamiento social podrían padecer de procrastinación, es decir, adolecer de una elemental actuación en los posibles casos de abuso. Aplíquese la misma lógica con aquellos políticos que, pudiendo prevenir a tiempo, osan de una arrogante omnipotencia.

Conclusión

Sea en la sociedad que en la Iglesia, cada una con sus respectivas epidemias, lo mejor que le pudiera ocurrir a las mismas es contar con la presencia de personas líderes, las cuales, por su ejemplo y palabra, contribuyen al cuidado y la protección de la feligresía. Un verdadero líder se conoce por la prevención. El cuidado y la protección hacia los suyos son muestras no sólo de su vocación de líder, sino la responsabilidad que supone su oficio para bien de las personas. Los mejores líderes se conocen en tiempos de pandemias.

El Papa pide a América Latina no amedrentarse en la lucha contra los abusos en la Iglesia

En un videomensaje dirigido al Centro de Protección de Menores de la UPM,  advirte que no faltará quien contrate un sicario para limpiar el camino

Daniel Portillo Trevizo, director del principal del centro latinoamericano dedicado a capacitar en la lucha contra los abusos, sostuvo un encuentro con el Papa, en el cual le presentó su libro ‘Tolerancia cero’

El Centro de Investigación y Formación Interdisciplinar para la Protección del Menor (CEPROME), con sede en la Universidad Pontificia de México (UPM), difundió un videomensaje que dirige el papa Francisco a quienes integran el centro, alentándolos en su misión.

El video fue grabado luego de un encuentro que sostuvo el Santo Padre con el sacerdote mexicano Daniel Portillo Trevizo, director del CEPROME, principal centro latinoamericano dedicado a la capacitación en la lucha contra los abusos sexuales en la Iglesia.

En su mensaje, el Papa se dirige a ellos como ‘apóstoles de la prevención’. “Sé que están luchando por todas partes para prevenir; prevenir con la fuerza del bien, toda la destrucción que hace el mal. Cuando uno ve lo que es capaz de destruir el mal, a veces se bajonea, la pierde. No, eso no”.

“Al mal se le puede vencer siempre. Es un vencedor de pocos días, de poco tiempo, no puede prometerse una victoria de siempre, tiene poca vida, pero hay que luchar para vencerlo, no hay que asustarse; y sé que se sufre con esto”, añadió.

Un acto de amor muy grande

El Santo Padre también exhortó a los miembros del CEPROME a seguir trabajando: “van a ser incomprendidos, les van a decir que pierden el tiempo, los van a amenazar, porque también hay gente que amenaza. Y más de uno les va a decir que es capaz de alquilar un sicario para limpiar el campo. Sean prudentes, cuídense, pero sigan siendo valientes y trabajen”.

Finalmente, les recordó que “prevenir los abusos de niños, prevenir los abusos de gente que está disminuida por situación social, por enfermedad, lo que sea, es un acto de amor muy grande; sigan adelante, y que Dios los bendiga y recen por mí también”.

Durante el encuentro que sostuvo el sacerdote Daniel Portillo con el Papa le habló del trabajo realizado por el CEPROME; asimismo, le habló del libro del cual es autor, titulado ‘Tolerancia cero. Estudio interdisciplinar sobre la prevención de los abusos en la Iglesia’, que arroja un diagnóstico y propuestas teológicas ante el problema del abuso sexual.

Dicho libro –según afirma en el prólogo Hans Zollner, presidente del Centre for Child Protection (CCP) de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma– “responde a las preocupaciones y urgencias del Santo Padre. Esperemos que, junto con él, avancemos hacia una Iglesia en la que el abuso de poder, la violencia sexual, el encubrimiento y el fariseísmo ya no tengan cabida”.

“LA PREVENCIÓN DEBE ESTAR EN LA LÓGICA DEL EVANGELIO”: DR. DANIEL PORTILLO

Con el auspicio de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, cerca de 150 estudiantes de diferentes países analizarán diversas temáticas para la prevención de los abusos sexuales así como la integración de los organismos eclesiales para la atención de víctimas.

En entrevista, el padre Daniel Portillo Trevizo, director del Centro de Protección de Menores -CEPROME-explica los objetivos del ambicioso diplomado que se lleva a cabo en la Universidad Pontificia de México. En colaboración con el episcopado estadunidense, se busca consolidar un frente común latinoamericano que prevenga e impida los abusos sexuales y se den espacios de seguridad al interno de la Iglesia. El discernimiento busca detectar las eclesiopatías para que, al final, se den las soluciones que permitan la progresiva salud del cuerpo eclesiástico basados en la lógica del Evangelio y la restauración de la credibilidad.

Padre Daniel, agradecemos esta entrevista para nuestro medio. Ha iniciado el diplomado latinoamericano de prevención de abusos en la Iglesia en la Universidad Pontificia de México. ¿Qué objetivos animan este encuentro y quiénes son sus participantes? ¿Hay obispos o funcionarios eclesiásticos entre los estudiantes?

-El principal es la capacitación de agentes en nuestra Iglesia que puedan favorecer una cultura de prevención. El diplomado tiene una realidad interdisciplinar donde los alumnos pueden conocer, desde diferentes enfoques, la comprensión sobre la realidad del abuso y la necesidad de una cultura de la prevención. Más allá, es generar una red latinoamericana de prevención favoreciendo entre nosotros las sinergias necesarias para visualizar oportunidades de colaboración entre distintos países. Son 150 alumnos, entre ellos hay obispos de Venezuela y México. Este diplomado tiene mucha fuerza por la participación laical y particularmente por la presencia de mujeres.

Para la participación de quienes forman parte de este diplomado, fue importante el auspicio de la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos. ¿En qué consistió el patrocinio para hacer posible la presencia de los estudiantes en la Universidad Pontificia?

-El apoyo de los obispos católicos de los Estados Unidos consistió en becas para que las personas de países en situación precaria o más pobres de Latinoamérica tengan alojamiento y alimentación durante todo el mes. La universidad, por otro lado, ofrece la beca académica para no generar costos elevados a estudiantes de países como Venezuela o Cuba, ya que para ellos podría ser complicado realizar una inversión de este nivel.

En el mensaje inaugural de bienvenida del diplomado que se extenderá por cuatro semanas, usted habló de un tema muy importante, la salida de creyentes de la Iglesia en búsqueda de coherencia y espacios seguros… ¿Ha sido grave esta huida de fieles por los abusos?

La huida de nuestros fieles por nuestras incoherencias radica en la gravedad por el simple hecho de que se haya ido tan solo una persona. Representa una gravedad cualitativa sin lugar a duda. Aunque nos resulte complicado por no tener estadísticas claras a la fecha, por un factor cualitativo y los casos, es grave cualquier situación como esta.

Otro punto que suscita interés es la afirmación en la que se dice que “la violencia sexual adquiere un dominio territorial inimaginablemente más grande”. ¿Qué quiere decir esto?

-El abuso no sólo repercute entre dos personas. Una conducta sexual de ese nivel alcanza un territorio que daña a la familia, alcanza a los amigos, a la parroquia. El dominio no sólo es en un espacio determinado, el abuso lacera ambientes más amplios. El dominio territorial se expande mucho más al del lugar donde se ha cometido.

En el desarrollo del diplomado se advertirá también de los daños causados a las “víctimas colaterales”, los fieles lastimados. ¿Qué se propondrá para la “rehabilitación” de la confianza y la credibilidad de la gente que vive en las esferas parroquiales?

Efectivamente, un tema fundamental del diplomado es hablar sobre las víctimas secundarias. Es argumento fundamental para comprender a quienes han padecido situaciones como estas. Por otro lado, es importante ver de qué manera podemos unir fuerzas con las víctimas secundarias quienes, aún estando dentro de la Iglesia, mantienen un deseo de colaborar a fin de crear estructuras eclesiales que exijan de nosotros la coherencia, niveles altos de transparencia y espacios eclesiales más amplios.

¿Se tienen contemplados algunos testimonios de víctimas durante el desarrollo del diplomado?

Participarán cuatro víctimas, una por semana. Su testimonio desde realidades tan distintas será valioso para ubicar los diversos daños y factores que un transgresor sexual clérigo católico puede desarrollar al punto de afectar la fe, la práctica religiosa y vida espiritual.

Es importante destacar que el diplomado no se trata solamente de un periodo de estudios sino también de “conversión”. ¿Qué implica lo anterior en base a los tres pilares que expuso en su mensaje inaugural: El análisis sistémico, la pastoral de la confianza y la pastoral del buen trato?

Con los pilares del diplomado, la finalidad es señalar que entre nosotros no podemos hablar sólo desde un contexto eminentemente académico. Consideramos una realidad que, como Iglesia, tenemos que llevar. Ese presupuesto es la conversión. Si todo esto no genera entre nosotros una mejor salud eclesial, un bienestar para nuestros laicos, un movimiento de conversión eclesial, al final será una falacia. La llamada cultural contra la prevención dejaría de ser “cultura” si sólo estamos motivados por establecer protocolos o estructuras meramente cosméticas. Incluso si nuestras comisiones no tienen la motivación de provocar en la Iglesia un ambiente de cultura y conversión, quedaríamos en niveles elementales poniendo en riesgo la fe y vida de cualquier creyente. Si la fe no va en la línea de la dinámica de la conversión, si la prevención no está en función de hacer un ambiente más sano basado en la lógica del Evangelio, estamos jugando con gestos paranoicos persecutorios.

El diplomado se desarrollará teniendo en los medios de comunicación el escándalo que propician nuevamente los abusos al interior de los Legionarios de Cristo y sus polémicos informes. ¿Qué opinión le merecen las determinaciones de los superiores de la Congregación? ¿Son suficientes para recuperar la credibilidad?

Este diplomado se realiza en el marco de los escándalos de los Legionarios de Cristo. Me hace pensar muchas cosas, pero una en particular es la de la motivación. ¿Cuál ha sido la motivación de nuestra prevención? Aunado a la problemática de los Legionarios, pienso que una de las críticas que podría ponerlos en una reflexión seria al interno es preguntarse acerca de las motivaciones sobre las que están actuando. Si hay la motivación de una conversión institucional que exige la conversión de una estructura. De no ser así, no podrán subsistir el día de mañana. O, por otro lado, si es una motivación generada por un ambiente externo movida por encabezados y escándalos que los obligue a actuar. Si los medios de comunicación no hubieran lanzado esta confrontación a la Iglesia, quizá no habría la cultura de la prevención. Aplicándolo a los Legionarios, me hace preguntar si esta campaña mediática que ha evidenciado las inconsistencias evangélicas, humanas, de dignidad personal, de derechos humanos que lastimaron a mucha gente a través de los Legionarios de Cristo, han generado una respuesta de motivación auténtica. Es la pregunta, ¿Ellos estarían dispuestos a actuar si todo esto no hubiera salido a la luz? Creo que esto define todo. Si sólo hay actuación obligados por los encabezados en medios, entonces no hay motivación auténtica o no es original porque está respondiendo a una amenaza institucional. Un segundo factor es el tiempo. La prevención exige un tiempo en el presente para actuar y darnos cuenta de que hay acciones que no pueden esperar a mañana. No podemos dejar acciones que hoy exigen de nosotros una coherencia de vida.

¿Qué temas se estarán desarrollando en el diplomado en estos días?

La temática del diplomado implica partir de una base del abuso social en Latinoamérica, del abuso intrafamiliar y de las realidades abusivas en la Iglesia. Hablar de los factores de corrupción institucional, de eclesiopatías, es decir, de dinámicas que enferman dentro de la Iglesia. Podemos definir una eclesiopatía como una situación anómala que detona situaciones de abuso. Por eso es importante que se hable de claricalismo, del abuso y la traición de la confianza, de la necesidad de un discernimiento vocacional y de una realidad que llamamos “seminarismo” que, dentro de las nuevas estructuras del neoconservadurismo, pueden anticipar realidades vocacionales que anteceden al clericalismo.

Teniendo en cuenta que este diplomado ha suscitado un gran interés, ¿Habrán de darse otros? ¿Qué otros cursos proyectan el CEPROME a fin de que esta formación para prevenir los abusos llegue a más agentes de evangelización, sacerdotes y laicos?

Quedaron 46 personas en espera porque no logramos apoyar a todos quienes realizaron su solicitud. Se ha dialogado con el responsable de la Conferencia de los Obispos Católicos de Estados Unidos a fin de dar apoyos para un grupo más pequeño al concluir este año. Además, se está preparando un congreso de análisis sobre agresores sexuales y un acompañamiento interdisciplinar para ellos.

América Latina: abusi nella chiesa. Padre Portillo, “nasce ill Consiglio per la prevenzione. Operatori pastorali specifici in ogni diocesi

Nasce il Consiglio latinoamericano per la prevenzione degli abusi nella Chiesa. È questa la principale novità emersa dal Congresso latinoamericano che si è tenuto la scorsa settimana a Città del Messico, su iniziativa del Centro per la ricerca interdisciplinare e la formazione per la protezione dei minori (Ceprome), con la collaborazione della Pontificia Commissione per la protezione dei minori, della Conferenza episcopale messicana (Cem) e del Consiglio episcopale latinoamericano (Celam), Pontificia Università del Messico (che ha ospitato il congresso) e Pontificia Università Gregoriana di Roma.
Lo riferisce al Sir padre Daniel Portillo Trevizo, direttore del Ceprome, che spiega: “È stato un incontro importante e positivo, con la presenza di 24 vescovi, sacerdoti, religiosi, laici, vittime di abusi. Erano di fatto rappresentate tutte le Conferenze episcopali dell’America Latina e del Caribe”.
“Abbiamo anzitutto fatto una lettura sistemica delle situazioni di abuso nel continente – prosegue padre Portillo -. In secondo luogo, abbiamo cercato un approccio legato ad alcuni aspetti della cultura latinoamericana, contrassegnata da forme di machismo, sottomissione, lo stesso clericalismo. In terzo luogo, abbiamo condotto un’analisi sul tema della corruzione dentro la Chiesa. Infine, abbiamo cercato di elaborare una vera e propria spiritualità della prevenzione, anche a partire dal Motu proprio del Papa”. Secondo il direttore del Ceprome, “quello della prevenzione è un vero e proprio apostolato, che riguarda tutti i battezzati. Tutti siamo coinvolti”.
C’è poi la prioritaria attenzione alle vittime: “Nella celebrazione vissuta a Città del Messico, alla presenza di alcune di loro, 24 vescovi hanno chiesto perdono”.
Una delle sfide che si aprono, ora, è quella di formare operatori pastorali specifici e preparati, in ogni Paese e in ogni diocesi, formati a lavorare in modo interdisciplinare, sinodale e collegiale. L’approccio, su tale questione, non può essere solo fiscale, legale. ma più ampio, capace di coinvolgere i vari attori: le parrocchie, i luoghi educativi, le famiglie. E un importante spazio dev’essere dato alle vittime di abuso”.

México: 1er Congreso Latinoamericano sobre prevención del abuso en la Iglesia

(ZENIT – 6 nov. 2019).- El I Congreso Latinoamericano sobre la prevención del abuso en la Iglesia Católica se celebra en el auditorio de la Universidad Pontificia de México del 6 al 8 de noviembre de 2019, informa la agencia católica de noticias argentina AICA.

Organizado por el Centro de investigación y formación interdisciplinar para la protección del menor (CEPROME), el congreso cuenta con el apoyo de la Pontificia Comisión para la Protección de Menores, la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) y el Consejo Episcopal Latinoamericano.

Además, el CEPROME está respaldado por la Universidad Pontificia de México y la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma.

Análisis y reflexión

El tema central se desarrollará en torno al análisis y a la reflexión en materia de infancia, prevención del abuso sexual en la Iglesia, medidas cautelares, procesos integrales de prevención y discernimiento vocacional.

El padre Daniel Portillo, director del CEPROME, subrayó que “el drama del abuso sexual de menores es un problema global que requiere justamente una solución global. De ahí que el objetivo del congreso sea generar una discusión abierta y exhaustiva para crear conciencia y movilizar acciones, para ofrecer una mejor protección de los niños, niñas y adolescentes en Latinoamérica”.

“Este primer congreso latinoamericano es un primer acercamiento entre los distintos países, con la finalidad de generar sinergias interinstitucionales, diocesanas, nacionales, que favorezcan una mayor protección en nuestro ambiente latinoamericano”, agregó el sacerdote.

Formación, prevención e intervención

El padre Portillo indicó que el congreso está especialmente dirigido a “las personas que están trabajando en el ámbito de la formación, de la prevención, de la intervención en el tema del abuso sexual infantil eclesial”.

“Está destinado a aquellas diócesis, congregaciones de nuestro continente latinoamericano que pretendan favorecer o generar una reflexión sobre una acción como esta” añadió que “el congreso nos ayuda para darnos cuenta de que la prevención es un compromiso y una responsabilidad de todos. No es una acción puramente de la jerarquía, sino que es una responsabilidad de la comunidad eclesial en la que estamos involucrados todos”.

Ponentes 

Entre los ponentes del congreso se encuentra Mons. Charles Scicluna, secretario adjunto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, arzobispo de Malta y uno de los mayores expertos en prevención y lucha contra los casos de abusos sexuales cometidos por miembros del clero.

También estará presente el sacerdote jesuita Hans Zollner, presidente del Centro para la Protección de Menores de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma.

Entre otros expositores también estarán presentes el arzobispo de Monterrey y presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), Mons. Rogelio Cabrera; el arzobispo de México, cardenal Carlos Aguiar Retes; y el arzobispo de Chicago, cardenal Blase Cupich.

ULSA: Imparten conferencia sobre Prevención del Abuso en el Mundo Digital

La noche del viernes 25 de octubre, el padre Daniel Portillo Trevizo y Alan Barrio impartieron la conferencia “Prevención del abuso en el mundo digital” organizada en la Universidad La Salle, donde los asistentes fueron concientizados sobre los riesgos que existen en no supervisar y regular el uso de la tecnología en jóvenes, niños y adolescentes que nacieron y crecieron en la era digital.

Ante alumnos y maestros de la ULSA, fue en las instalaciones del Salón de la Comunidad, donde presentaron la conferencia centrada en la prevención para los padres y adultos tomen medidas y evitan cualquier situación de abuso y vulnerabilidad de los menores en el marco de su acceso al mundo digital.

Daniel Portillo explicó toda una serie de situaciones que enmarcan las características de la llamada Generación Z.

Llamándola como nativos digitales, son todos aquellos jóvenes, adolescentes y niños que nacieron cuando las herramientas digitales están en su apogeo.

La Generacion Z no conoce el mundo pre internet, y crecieron en una era digitalizada, para ellos el oxígeno social está al alcance del internet.

La convivencia e intersacción que tienen con otras persianas esta basada en los dispositivos digitales, esto es factor de riesgo al no saber en ocasiones, quién esta del otro lado de la pantalla.

La forma de pensa, divertirse y aprender fueron modificadas por las herramientas digitales y el internet, son buscadores de información por naturaleza y en promedio pasan entre 6 a 10 horas conectados.

El Padre explicó algunas situaciones de riesgo como el uso de tecnología para menores, ya que el acceso a la pornografía o conocer a alguien peligroso, está a tan sólo un click.

Durante la conferencia, el ponente abrió el espacio para responder las preguntas de los asistentes.

El tema fue complementado con la plática de ”Fenómenos mediáticos en el mundo digital“, que fue impartida por Alan Barrio.

La Iglesia Latinoamericana discutirá en Congreso sobre la Prevención del Abuso de Menores

Del 6 al 8 de noviembre próximo, tendrá lugar el “Congreso latinoamericano sobre la prevención del abuso de menores en la Iglesia católica” en la Universidad Pontificia de México. El tema central  se desarrollará en torno al análisis y a la reflexión en materia de infancia, prevención del abuso sexual en la Iglesia, medidas cautelares, procesos integrales de prevención y discernimiento vocacional.

En entrevista para Vida Nueva, el sacerdote Daniel Portillo Trevizo, director del Centro de Investigación y Formación Interdisciplinar para la Protección del Menor (CEPROME) -organismo que convoca el encuentro- se refirió a los avances que ha tenido la Iglesia en México en este tema.

Sobre el congreso, manifestó que uno de los objetivos es “la generación de redes, de relaciones, que permitan fortalecer el trabajo preventivo, así como identificar las comisiones y diversos equipos de trabajo que están ya inmersos en esta labor”.

A su vez –añadió– el Congreso permitirá tener una noción de lo que la Iglesia Latina ha padecido en cuanto al abuso se refiere, así como de las estrategias que se han implementado para hacer justicia a tal realidad. “Aquí la importancia de la interdisciplinariedad, pues diversos expertos, desde la ciencia que dominan, aportan herramientas y métodos concretos para bien de la Iglesia y la sociedad en general”.

Una red que coincida en principios y filosofía

Por otro lado, Daniel Portillo se refirió al trabajo que ha realizado el CEPROME en la prevención del abuso: “evidentemente trae consigo sus desafíos particulares, porque es una realidad latente, y además es un tema que interpela a quien trabaja dentro de una estructura eclesial”.

En relación con las problemáticas concretas que ha enfrentado como director de este centro, consideró que “la más latente podría ser la incertidumbre que genera invertir (en todos los sentidos) a un proyecto de este alcance, pues implica un trabajo de tiempo completo, un verdadero compromiso, total transparencia, relaciones, recursos y, por supuesto, sensibilidad para acompañar a quien se ha visto afectado por algún abuso”.

No obstante, manifestó que pese a esas “dificultades, han sido más las satisfacciones de poder ver que las metas trazadas se van llevando a cabo, así como un sinfín de personas convencidas y comprometidas con éste apostolado”.

A tres años de haberse creado el CEPROME, su director consideró que el mayor acierto ha sido el prestar atención al trabajo en conjunto. “Afrontar la cultura del abuso de manera solitaria resulta sumamente complicado, como si sólo ‘nosotros’ tuviésemos la ‘fórmula’ para ello. El trabajo en conjunto te permite dimensionar tus avances e identificar aquello en lo que hace falta seguir creciendo, compartir estrategias, sumar esfuerzos, crear una red que coincida en principios y filosofía”.

Daniel Portillo enfatizó que el CEPROME tiene como uno de sus principios el trabajo colegial y sinodal, caminar en conjunto: “sabemos la importancia y el alcance que tanto las diócesis y cada conferencia episcopal tienen en sus respectivos territorios. A final de cuentas, hablando en un sentido estricto, son ellas las que deben responder a cada uno de sus desafíos. CEPROME viene a ser una opción y un espacio de formación para que las diócesis y conferencias formen y capaciten a los diversos agentes de pastoral”.

Los avances en México

Para el sacerdote, el hecho de que se hable abiertamente del tema, en comparación de años o décadas pasadas, es ya un gran avance para la Iglesia en México. “Ahora bien –dice– no todo se queda en ‘habladurías’, sino que diversas diócesis, presbiterios, seminarios e instituciones educativas, han solicitado formación al respecto, se acercan para solicitar asesoría en cuanto a protocolos y códigos de conducta. Esas acciones son pasos importantes, pues no es nada sencillo hacerlo, se necesita de mucha valentía”.

En todo proceso –añadió- “hablar de avances implica también tomar en cuenta ‘lo que falta’, claro, sin obsesionarse ni por uno ni por otro, pero tener una visión amplia y objetiva del contexto. Lo menciono porque aún existen sectores del país, que por razones diversas, incluso que desconozco, aún no se percibe interés alguno por iniciar un trabajo. Espero que sea cuestión de tiempo para que puedan sumarse y trabajar en sintonía como pueblo fiel Mexicano”.

Finalmente, refirió que la realidad del abuso, tanto dentro como fuera de la Iglesia, es un tema y una realidad, “además de triste, incómoda”, por lo que consideró que es necesario asumir un compromiso, “pues lamentarse solamente no aporta mucho; se necesitan acciones concretas y resultados palpables que avalen el trabajo que se está realizando”.

Consideró que no se debe tener miedo de invertir los recursos necesarios para este trabajo, no sólo económicos, sino personales, de tiempo, de reflexión académica. “Lo he dicho en anteriores espacios, y lo sostengo, puede parecer que la prevención cuesta, pero atender a una víctima cuesta mucho más. De tal manera que la prevención es un compromiso y una responsabilidad de todos”.