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Saber escuchar es el inicio de un proceso sanador: Cristian Manenti

(Lc 24,13-35).

La Escucha

Es en el camino de Emaús con un sabor agrio, de miedo, decepción, enojo y por sobre todo angustia que aquel puñado de discípulos caminaba. Habían pasado pocos días de la crucifixión, las mujeres estaban desconcertadas porque el sepulcro estaba vacío. Todo parecía perecer. Sin embargo, el Señor se acerca y camina con ellos, no lo perciben pero él los escucha y los recibe en su dolor. Pone toda su atención y ternura amorosa. Relata el profundo misterio que lo llevó a ese momento, a ese camino. Ya era tarde y quiso pasar la noche con ellos y en un gesto solidario y fraterno, en aquella primera comunidad, vuelve a partir el pan y es allí que entonces lo reconocieron.

Un gesto que en más de una oportunidad Jesús demuestra es el de su escucha, aquella que recibe y dignifica. En este doble movimiento una vez más nos enseña, una pedagogía teológica que habla de lo sencillo pero poderoso del “Estar con otros”. La experiencia de atención de víctimas de abuso en todo sentido necesita sin duda acompañar ese camino donde todo parece “perecer”, es decir morir. Asumir que el día termina y cae la noche es la historia del dolor profundo, del miedo. Por ello en un gesto humilde y de acompañamiento respetuoso nos invita a imitarlo en su misericordia. La escucha es un acto pasivo, de sincronicidad con el relato, de simetría con el otro/a donde amorosamente recibimos para que en el lento discurrir de las palabras tomen una nueva dimensión, más actual y relevante que posiciona a la persona de víctima a sobreviviente, porque la herida no se borra, pero sí puede asumirse dignamente. Es así que con profunda humildad los que acompañamos intentamos facilitar el encuentro con el Resucitado en una comunidad sinodal amplia y de AMOR.

Jesús pasó haciendo el bien: Patricio Lynch

Él pasó haciendo el bien” (Hechos 10,38).

Dicha expresión de los Hechos de los Apóstoles a veces pasa desapercibida y refiere a la memoria colectiva que se tenía de Jesús de Nazaret. No estamos ante ninguna formulación cristológica sino ante el recuerdo instalado en el imaginario popular de la figura histórica del carpintero de Nazaret: “Él pasó haciendo el bien” (Hechos 10, 38). Podríamos decir que los Evangelios (Noticias Buenas) son un compendio del bien realizado por Jesucristo a lo largo de su ministerio público: sanaciones, liberaciones, restauración de la dignidad humana, centralidad de la persona ante el rigorismo de la ley, el don del perdón ofrecido gratuitamente, un código de vida expresado en las Bienaventuranzas. Un verdadero acontecimiento que generó reacciones en sus contemporáneos: “Y se asombraron en gran manera, diciendo: Todo lo ha hecho bien” (Marcos 7,37).

La crisis de los abusos sexuales en la Iglesia contrasta con el legado de Jesús, pareciera que en este caso la Iglesia “todo lo ha hecho mal”. La atrocidad de dicho crimen hace resonar con dureza la antítesis al recuerdo histórico de Jesús. Aunque duela debemos decir que en esta situación la Iglesia “pasó haciendo el mal” y pervirtió la herencia recibida. Sólo basta con escuchar a algún sobreviviente de abuso sexual para comprender el profundo daño causado.

No podemos dulcificar el diagnóstico sino hablar con la verdad que libera para evitar caer en errores del pasado y aprovechar este tiempo presente propiciando un giro radical ante el crimen de los abusos sexuales. Ir a la raíz para el cuerpo eclesial significa recuperar la bondad fontal del cristianismo y la riqueza de su experiencia originaria que aconteció en la persona de Jesús de Nazaret. Pasar haciendo el bien puede resultarnos una frase programática y el criterio de discernimiento para evaluar nuestros ambientes eclesiales. ¿Cuál es el bien que necesitan las víctimas de los abusos sexuales? ¿Qué significa buscar el bien para los victimarios? ¿Cómo suscitar una cultura eclesial centrada en el bien?

En la frase resuena el sentido común: Quien hace el bien no abusa del poder, no traiciona la confianza, no manipula conciencias y menos aún abusa sexualmente.

Por otro lado nos motiva a seguir favoreciendo una cultura eclesial caracterizada por el buen trato y las relaciones sanas y transparentes. Este es el camino de la prevención y también de la sanación.

Llevo años siendo testigo de esto en Amigos de Jesús, un Hogar que alberga a numerosos niños y niñas que han sufrido diversas violencias. Así como han sido dañados por vínculos malos, han sido sanados por presencias y vínculos de amor y ternura. Las relaciones humanas cuentan con esta ambivalencia, pueden dañar o sanar, pueden hacer el mal o hacer el bien. El legado de Jesús nos interpela a posicionarnos sólo de un lado: “hacer el bien” y aprender a prevenir el mal. Él es el prototipo del buen trato y a quien debemos volver una y otra vez. Como apóstoles de la prevención nos envía a construir una cultura eclesial centrada en el bien, en vínculos sanos y en redes de relaciones que respeten la dignidad humana. Adherirnos entonces al legado de Jesús y expresamos junto con San Pablo: “No nos cansemos de hacer el bien.” (Gálatas 6,9).

El niño y su dignidad: Ignacio Parra

REFLEXIÓN BÍBLICA SOBRE EL ABUSO INFANTIL

Por Pbro. Lic. Ignacio Parra Núñez

Compartimos con gusto esta breve reflexión bíblica sobre el valor y cuidado de nuestros menores, se trata de Mateo 18, 1–6:

“En aquel momento se acercaron a Jesús los discípulos y le preguntaron: «¿Quién es el mayor en el Reino de los Cielos?» El llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: «Les aseguro que si no cambian y se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los Cielos. Así pues el mayor en el Reino de los Cielos será el que se humille como este niño. Y el que acoja a un niño como éste en mi nombre, a mí me acoge. Pero al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgasen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y lo hundiesen en lo profundo del mar» (Mt 18, 1–6).

El primer elemento para la reflexión es el trato preferencial que los niños reciben por parte de Jesús, pues aunque sabemos que los niños también hacen travesuras y algunos puedan tener necesidades especiales, sin duda todos poseen una gran dignidad. La tradición patrística así lo presenta, como por ejemplo san Jerónimo los destaca por su inocencia; san León Magno por su dulzura; san Juan Crisóstomo por su simplicidad; san Hilario afirma que siguen al padre, aman a la madre, no odian, creen lo que se les dice y consideran verdadero lo que oyen; y san Basilio dice que no llevan la contraria a los maestros y aceptan la enseñanza con ganas de aprender. Otros escritos afirman que los niños: poseen la originalidad humana del amor al prójimo (L. Tolstoi); encarnan la confianza en el futuro (F. Rosenzweig); agradecen la protección y amparo que los mayores pueden ofrecerles (Schweizer). Estos autores en su conjunto siguen una hermenéutica ideal de la realidad de los niños.

Existe un punto de comparación entre los «niños» y los «discípulos» que viene advertido por el verbo tapeinou=abajar. De hecho “tapeinós” puede significar pequeño, pero el significado principal de la raíz verbal es el de «baja posición», se trata del insignificante, el carente de poder, el débil, el vulnerable. Recordemos que en el judaísmo de la época los niños eran valorados negativamente. Por ello destaca que ante la vulnerabilidad de los niños la asimetría del poder se vuelve una amenaza que pone en riesgo la verdadera pertenencia al reino.

Por ello ser cristiano significa renunciar a la soberbia y al poder, para abrazar la “baja posición”, es decir la humildad, la sencillez y el servicio a los demás.Y esto para no provocar el escándalo del que nos habla Mateo, ya que la traducción del griego “skandalon” hace referencia a una trampa, que en el N.T. muchas veces va ligado a la palabra “petra” y es traducido como piedra de tropiezo. Pero el radical etimológico va más allá de lo que sugiere esta traducción: se trata de algo que destroza la vida de una persona. La trampa puede ser la apostasía de la fe o cualquier hecho contrario a la voluntad de Dios, algo que el Señor reprueba, como cualquier tipo de abuso y que el evangelista usa para sacudir las conciencias.

El relato concluye con la sentencia irrevocable “más le valdría que lo hundiesen en lo profundo del mar”, una conclusión espantosa que se presenta donde no hay escapatoria. Esto nos lleva a repensar el cuidado de los menores en nuestros ambientes educativos y que han de ser minuciosamente cuidados a través de serios protocolos de prevención un total apego a la ley para generar esos ambientes cada vez más sanos y seguros.