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Mensaje del Santo Padre a los participantes en el IV Congreso Latinoamericano – Perú 2025

Estimados hermanos:


Por medio de este mensaje quiero unirme a todos los que participan en el IV Congreso Latinoamericano
promovido por el CEPROME y la Pontificia Comisión para la Protección de los Menores, bajo el título
«Inteligencia artificial y abusos sexuales: un nuevo desafío para la prevención», pidiendo a Dios que sostenga
todos los esfuerzos encaminados a extirpar de la sociedad ese cáncer y, en particular, bendiga la iniciativa
que promueven y los frutos que está llamada a dar.


El tema que han elegido es el de la Inteligencia Artificial que, como un sunami, ha revolucionado las ya de por
sí siempre novedosas realidades de internet. Para un sacerdote anciano, las componentes técnicas de estos
temas pueden resultar arduas de comprender y es difícil estar actualizado concretamente sobre cada uno
de los avances en este universo paralelo al que hemos dado en llamar la red. Sin embargo, la verdad, la
Verdad con mayúscula, que es Jesucristo, siempre será actual, por ende, válida para la reflexión sobre
cualquier argumento que se nos presenta como nuevo.


De las muchas cuestiones que podrían suscitarse sobre la Inteligencia Artificial, y que ciertamente durante
sus trabajos abordarán de forma más sistemática, se me ocurre una que me permito presentar: la de la
responsabilidad. Ustedes saben que el uso de internet crea la sensación de impunidad, como si una gran
distancia nos separase de lo que ocurre, mientras lo observamos desde una lejana ventana. Por más que las
circunstancias son muy distintas, esta fragilidad humana no ha cambiado mucho. Adán y Eva ya probaron a
descargar la propia falta en quien les había tentado y de forma todavía más grave el rey David se esforzó en
hacer desaparecer las huellas de su delito, hasta el punto de cometer un crimen todavía más horrible.
Alejarnos de nuestra responsabilidad no es cosa nueva.


En el caso de la Inteligencia Artificial, esta pretendida impunidad asciende de grado, pues de la mera visión,
trasmisión o recopilación de materiales inapropiados, se pasa a la creación de material “nuevo”, sintético. El
no haber sido nuestra mano a producir esos materiales podría crear la falsa ilusión de que no somos nosotros
a “hacer” algo vergonzoso: a agredir a una persona, a robar una imagen, a usar un concepto o una idea de
otro, a exponer algo íntimo que debía quedar en la esfera privada de la persona. Pero, no es cierto, la máquina
sigue nuestras órdenes, ejecuta, no toma las decisiones, sino en tanto que está programada para ello. Y, del
mismo modo que nosotros conocemos el riesgo que corremos al subirnos a un coche de gran potencia si
pisamos el acelerador o invadimos el carril en sentido contrario, el uso de estas tecnologías puede acarrear
daños. Daño para aquellos que viendo lo que hemos producido lo quieran emular; daño a causa del enorme
flujo de materiales inadecuados que contaminan el entorno; daño en la dificultad que encuentran las
autoridades para discernir entre material real y sintético en orden de velar por la seguridad de las posibles
víctimas, etc. De estos daños deben responder, en el marco de la propia responsabilidad, tanto quien usa tal
máquina como quién la diseñó para que fuese segura.


La Escritura nos puede iluminar en cómo responder a estos desafíos, precisamente en el episodio antes
referido de David, cuando el profeta Natán recrimina al rey su pecado (cf. 2 S 12,9). En primer lugar, dando voz
a Dios y a las víctimas que a Él imploran, de modo que se tome conciencia del daño que se está produciendo.
En segundo lugar, desvelar la mentira que supone el escudarnos en la tecnología para descargar nuestra
conciencia, requiriendo a los individuos, a los diseñadores de estas tecnologías y a las autoridades
competentes, que se impongan límites y normas claras, concretamente evaluables, que permitan perseguir
su uso nocivo o delictivo.


Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide. Y, por favor, no se olviden de rezar por mí.


Roma, San Juan de Letrán, 13 de enero de 2025

Discurso del Santo Padre Francisco a los miembros de la Comisión Pontificia para la Protección de los Menores

¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

Me alegra daros la bienvenida a todos vosotros, en particular a los nuevos miembros de la Comisión, como también a aquellos que están siguiendo su servicio y al grupo de los colaboradores procedentes de todo el mundo, que representan una nueva y grata ampliación.

Este es nuestro primer encuentro, desde que habéis sido instituidos en el dicasterio para la Doctrina de la Fe, y quisiera daros algunas indicaciones. Las semillas arrojadas hace cerca de diez años, cuando el Consejo de cardenales aconsejó la creación de este organismo, están creciendo, lo vemos. Por eso, precisamente para afrontar los desafíos actuales con sabiduría y valentía, es importante detenerse un momento a reflexionar sobre el pasado. ¡En los últimos diez años todos hemos aprendido mucho, incluido yo!

El abuso sexual a menores por parte del clero y su mala gestión por parte de los líderes eclesiásticos han sido uno de los desafíos más grandes para la Iglesia de nuestro tiempo. Muchos de vosotros han comprometido la propia vida a esta causa. Las guerras, el hambre y la indiferencia hacia el sufrimiento de los otros son realidades terribles de nuestro mundo, son realidades que claman al Cielo. La crisis de los abusos sexuales, sin embargo, es particularmente grave para la Iglesia, porque mina su capacidad de abrazar en plenitud la presencia liberadora de Dios y de ser testigo. La incapacidad de actuar correctamente para detener este mal y ayudar a sus víctimas ha desfigurado nuestro mismo testimonio del amor de Dios. En el Confiteor nosotros pedimos perdón no solo por los errores cometidos, sino también por el bien que no hemos hecho. Puede ser fácil olvidar los pecados de omisión, porque en un cierto sentido parecen menos reales; pero estos son muy concretos y hieren a la comunidad como los otros, incluso más.

No haber hecho lo que deberíamos haber hecho, sobre todo por parte de los líderes de la Iglesia, ha escandalizado a muchos, y en los últimos años la conciencia de este problema se ha extendido a toda la comunidad cristiana. Pero al mismo tiempo, no nos hemos quedado en silencio o inactivos. Recientemente he confirmado el Motu Proprio Vos estis lux mundi (VELM), que ahora es un reglamento permanente. En él, en particular, se solicita la predisposición de lugares para la acogida de las acusaciones y el cuidado de aquellos que dicen que han sido dañados (cf. art. 2). Seguramente hay mejoras que se pueden aportar en la base de la experiencia, con las Conferencias Episcopales y los Obispos.

Hoy nadie puede decir honestamente que no ha sido tocado por la realidad de los abusos sexuales en la Iglesia. Por eso en vuestro trabajo, mientras afrontáis las muchas facetas de este problema, quisiera que tengáis en mente los tres principios que siguen, considerándoles como parte de una espiritualidad de reparación.

1.En primer lugar, allí donde la vida ha sido herida, estamos llamados a recordar el poder creativo de Dios de hacer emerger la esperanza de la desesperación y la vida de la muerte. El terrible sentido de pérdida probado por tantos a causa de los abusos puede parecer a veces demasiado pesado para soportar. También los líderes de la Iglesia, que comparten un sentido común de vergüenza por la incapacidad de actuar, han sido disminuidos, y nuestra misma capacidad de predicar el Evangelio ha sido herida. Pero el Señor, que en todo tiempo hace nacer cosas nuevas, puede volver a dar vida a los huesos secos (cf. Ez  37,6). Por eso también cuando el camino que hay que recorrer es arduo y cansado, os exhorto a no bloquearos, a seguir tendiendo la mano, a tratar de infundir confianza en aquellos que encontráis y que comparten con vosotros esta causa común. No os desaniméis cuando parece que poco está cambiando a mejor. ¡Perseverad, id adelante!

2.En segundo lugar, el abuso sexual ha causado laceraciones en nuestro mundo y no solo en la Iglesia. Muchas víctimas siguen desalentadas por el hecho de que un abuso que ocurrió hace muchos años todavía crea obstáculos y fisuras en sus vidas hoy. Las consecuencias de los abusos pueden verificarse entre cónyuges, entre padres e hijos, entre hermanos y hermanas, entre amigos y colegas. Las comunidades están devastadas; la naturaleza insidiosa del abuso rompe y divide a las personas, en sus corazones y entre ellos.

Pero nuestra vida no está destinada a permanecer dividida. Lo que se ha roto no debe quedar en pedazos. ¡La creación nos dice que todas las partes de nuestra existencia están conectadas coherentemente, y la vida de fe conecta incluso este mundo con el venidero! Todo está conectado. El mandato recibido por Jesús de parte del Padre es que nada ni nadie se pierda (cf. Jn  6,39). Por eso, donde la vida se ha roto, os pido que contribuyáis concretamente a reunir los pedazos, con la esperanza de que lo que se ha hecho añicos pueda recomponerse.

Recientemente me reuní con un grupo de supervivientes de abusos, que pidieron reunirse con la dirección del instituto religioso que gestionaba la escuela que ellos frecuentaron hace 50 años. Hablo de ello porque ellos lo han referido abiertamente. Eran todos ancianos y algunos de ellos, conscientes del paso rápido del tiempo, expresaron el deseo de vivir en paz en los últimos años de la vida. Y la paz, para ellos, significaba retomar la relación con la Iglesia que les había ofendido, querían cerrar no solo con el mal sufrido, sino también con las preguntas que desde entonces llevaban dentro de sí. Querían ser escuchados, creídos, querían que alguien les ayudase a entender. Hemos hablado juntos y han tenido la valentía de abrirse. En particular, la hija de uno de los abusados habló del impacto que la experiencia del padre ha tenido en toda la familia. Reparar los tejidos desgarrados por la historia es un acto redentor, es el acto del Siervo que sufre, que no ha evitado el dolor, sino que ha tomado sobre sí toda culpa (cf. Is  53,1-14). Este es el camino de la reparación y de la redención: el camino de la cruz de Cristo. En el caso específico, puedo decir que para estos supervivientes ha habido un verdadero diálogo durante los encuentros, al finalizar los cuales han dicho que se han sentido acogidos por los hermanos y haber recuperado un sentido de esperanza para el futuro.

3.En tercer lugar, os exhorto a cultivar en vosotros el respeto y la gentileza de Dios. La poetisa y activista norteamericana Maya Angelou escribió: «He aprendido que la gente olvidará lo que has dicho, la gente olvidará lo que has hecho, pero la gente no olvidará nunca cómo la has hecho sentir». Por tanto, sed delicados en vuestro actuar, soportando los unos los pesos de los otros (cf. Gal  6,1-2), sin lamentaros, pero pensando que este momento de reparación para la Iglesia dejará el lugar a otro momento de la historia de la salvación. ¡El Dios viviente no ha agotado su reserva de gracias y de bendiciones! No olvidemos que las llagas de la Pasión se han quedado en el cuerpo del Señor Resucitado, ya no como fuente de sufrimiento o de vergüenza, sino como signo de misericordia y de transformación.

Ahora es el momento de remediar el daño hecho a las generaciones que nos han precedido y a aquellos que siguen sufriendo. Esta época pascual es signo que se prepara para nosotros un tiempo nuevo, una nueva primavera fecundada por el trabajo y las lágrimas compartidas con quien ha sufrido. Por esto es importante que no dejemos nunca de ir adelante.

Vosotros empleáis vuestras capacidades y vuestra competencia para contribuir a reparar una terrible plaga de la Iglesia, poniéndoos al servicio de las Iglesias particulares. De la vida ordinaria de una diócesis en sus parroquias y en su seminario, a la formación de los catequistas, de los profesores y de otros operadores pastorales, la importancia de la tutela de los menores y de las personas frágiles debe ser una norma para todos; y en este sentido, en la vida religiosa y apostólica, la novicia de clausura debe atenerse a los mismos estándares ministeriales que el hermano anciano que ha pasado una vida entera enseñando a los jóvenes.

Los principios del respeto de la dignidad de todos, de la buena conducta y de un estilo de vida sano deben convertirse en una norma universal, independientemente de la cultura y de la situación económica y social de las personas. Todos los ministros de la Iglesia deben mostrarlos en el servir a los fieles, y a su vez deben ser tratados con respeto y dignidad por quien guía la comunidad. Por otro lado, una cultura de la tutela tendrá lugar sólo si hay una conversión pastoral en tal sentido entre sus líderes.

Me han alentado los planes que habéis preparado para abordar las desigualdades dentro de la Iglesia, en términos de formación y servicio a las víctimas, en África, Asia y América Latina. En efecto, no es justo que las zonas más prósperas del planeta puedan contar con programas de tutela bien formados y bien financiados, en los que se respeta a las víctimas y sus familias, mientras quienes viven en otras partes del mundo sufren en silencio, tal vez rechazadas o estigmatizadas cuando intentan dar un paso adelante para contar los abusos que han sufrido. También en este ámbito la Iglesia debe esforzarse por convertirse en ejemplo de acogida y de buen obrar.

Deben continuar los esfuerzos para mejorar las pautas y estándares de comportamiento para el clero y los religiosos. Espero recibir informaciones acerca de este compromiso y un informe anual sobre lo que se cree que está funcionando bien y lo que no funciona para que se puedan hacer las modificaciones apropiadas.

El año pasado os exhorté a compartir vuestras competencias sobre las diversas formas en que pensáis que el trabajo de la Curia romana podría influir en la protección de los menores, para enriqueceros mutuamente en vuestro nuevo rol. Me ha complacido conocer el acuerdo de colaboración que habéis firmado con el dicasterio para la Evangelización, sobre todo teniendo en cuenta su amplio campo de acción en muchos de los lugares más olvidados del mundo.

Ya habéis hecho mucho en estos primeros seis meses. Os bendigo de corazón. Sabed que estoy cerca de vuestro trabajo y no os olvidéis de rezar por mí. Yo lo haré por vosotros.

Mensaje del Papa Francisco con motivo del Congreso latinoamericano sobre la prevención del abuso

Mensaje del Papa Francisco con motivo del Congreso latinoamericano sobre la prevención del abuso “Atender, Informar e Comunicar: Claves por una gestión eficaz en los casos de abuso sexual”

Asunción, Paraguay, marzo 14-16

Les envío mi más cordial saludo a todos ustedes, Apóstoles de la Prevención, reunidos en Paraguay para el II Congreso Latinoamericano organizado juntamente con la Conferencia Episcopal del Paraguay, la Pontificia Comisión para la Protección de los Menores y el CEPROME, titulada “Atender, Informar e Comunicar: Claves por una gestión eficaz en los casos de abuso sexual”. De manera especial, aplaudo la inauguración en Asunción del nuevo Centro de Estudios sobre la Dignidad Humana y Prevención del Abuso, que será un punto focal nacional dedicado a este propósito. Envío un saludo afectuoso al cardenal Adalberto Martinez y a todos los que se han reunido en Asunción durante estos días venidos de los diferentes países de América Latina y Europa. Su trabajo a favor de la protección de los más vulnerables es urgente y esencial.

Esta ocasión me brinda la oportunidad de destacar la importancia de tales desarrollos a nivel de la iglesia local. Hace casi un año que promulgué la Constitución Apostólica Praedicate Evangelium, en la que pedí a la Curia Romana que prestara un servicio cada vez mayor a las Iglesias locales. El trabajo de establecer procedimientos claros para la protección de las personas vulnerables en la Iglesia debe convertirse en una prioridad en cada iglesia local. He pedido a la Pontificia Comisión que supervise la aplicación adecuada de Vos estis Lux Mundi, para que las personas víctimas de abusos tengan vías claras y accesibles para buscar justicia. Aquellas partes de la Iglesia donde los esfuerzos para promover medidas de prevención adecuadas aún se encuentran en las primeras etapas debido a la falta de recursos necesitan una atención especial. No se debe permitir que las crueles desigualdades que afectan a nuestras sociedades afecten a nuestra Iglesia!

Hace cuatro años, obispos y superiores religiosos y de todo el mundo se reunieron en el Vaticano con miembros de la Curia Romana para abordar el creciente problema del mal manejo del abuso sexual infantil por parte de la jerarquía eclesiástica. Tanto una violación como una traición, el abuso sexual por parte del clero y su encubrimiento por parte de obispos y superiores religiosos ha dejado una herida indeleble en el cuerpo de Cristo, la Iglesia, debido al daño causado a tantas personas. Cualquiera que disminuva el impacto de esta historia o minimice el peligro actual deshonra a aquellos que han sufrido tanto y engaña a aquellos a quienes dicen servir. El abuso sexual por parte de cualquier persona en la Iglesia, siempre que haya ocurrido, es un peligro claro y presente para el bienestar del pueblo de Dios y su mal manejo continuará degradando el Evangelio del Señor a los ojos de todos.

Si, los lideres de la Iglesia han hecho mucho para enfrentar este mal y evitar que se repita. Este mismo Congreso es una expresión más de este deseo de cambio en nuestra Iglesia. También es una expresión del proceso sinodal de encuentro, escucha, reflexión y ayuda mutua mientras buscamos implementar y medir nuestro compromiso de prevenir el abuso en nuestra Iglesia. Animo a más eventos de este tipo! ¡Adelante! Pero debemos ser capaces de ver los resultados de que los menores están más seguros en nuestra Iglesia. He pedido a la Pontificia Comisión para la Protección de Menores que supervise y verifique la idoneidad de las políticas y las prácticas sólidas en toda la Iglesia y que compile un informe que señale dónde aún se necesitan mejoras.

Encomiendo todos estos esfuerzos a la intercesión de Nuestra Señora de la Asunción, patrona de Paraguay, que sabemos que nunca dea de acudir en ayuda de aquellos que están abandonados y que buscan su ayuda. Que ella sea un modelo para esta nueva etapa en la vida de la Iglesia Latinoamericana y una fuente de fortaleza para todos los que están comprometidos en esta necesaria, pero dolorosa, labor en el ministerio de la Iglesia.

¡Que el Señor los bendiga y que la Virgen los cuide; y, por favor, ino se olviden de rezar por mí!

Fraternalmente

(17) UN PLAN PARA RESUCITAR: PAPA FRANCISCO

UN PLAN PARA RESUCITAR

De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: ‘Alégrense’” (Mt 28, 9). Es la primera palabra del Resucitado después de que María Magdalena y la otra María descubrieran el sepulcro vacío y se toparan con el ángel. El Señor sale a su encuentro para transformar su duelo en alegría y consolarlas en medio de la aflicción (cfr. Jr 31, 10). Es el Resucitado que quiere resucitar a una vida nueva a las mujeres y, con ellas, a la humanidad entera. Quiere hacernos empezar ya a participar de la condición de resucitados que nos espera.

Invitar a la alegría pudiera parecer una provocación, e incluso, una broma de mal gusto ante las graves consecuencias que estamos sufriendo por el COVID-19. No son pocos los que podrían pensarlo, al igual que los discípulos de Emaús, como un gesto de ignorancia o de irresponsabilidad (cfr. Lc 24, 17-19). Como las primeras discípulas que iban al sepulcro, vivimos rodeados por una atmósfera de dolor e incertidumbre que nos hace preguntarnos: “¿Quién nos correrá la piedra del sepulcro?” (Mc 16, 3). ¿Cómo haremos para llevar adelante esta situación que nos sobrepasó completamente? El impacto de todo lo que sucede, las graves consecuencias que ya se reportan y vislumbran, el dolor y el luto por nuestros seres queridos nos desorientan, acongojan y paralizan. Es la pesantez de la piedra del sepulcro que se impone ante el futuro y que amenaza, con su realismo, sepultar toda esperanza. Es la pesantez de la angustia de personas vulnerables y ancianas que atraviesan la cuarentena en la más absoluta soledad, es la pesantez de las familias que no saben ya como arrimar un plato de comida a sus mesas, es la pesantez del personal sanitario y servidores públicos al sentirse exhaustos y desborda – dos… esa pesantez que parece tener la última palabra.

Sin embargo, resulta conmovedor destacar la actitud de las mujeres del Evangelio. Frente a las dudas, el sufrimiento, la perplejidad ante la situación e incluso el miedo a la persecución y a todo lo que les podría pasar, fueron capaces de ponerse en movimiento y no dejarse paralizar por lo que estaba aconteciendo. Por amor al Maestro, y con ese típico, insustituible y bendito genio femenino, fueron capaces de asumir la vida como venía, sortear astutamente los obstáculos para estar cerca de su Señor. A diferencia de muchos de los Apóstoles que huyeron presos del miedo y la inseguridad, que negaron al Señor y escaparon (cfr. Jn 18, 25-27), ellas, sin evadirse ni ignorar lo que sucedía, sin huir ni escapar…, supieron simplemente estar y acompañar. Como las primeras discípulas, que, en medio de la oscuridad y el desconsuelo, cargaron sus bolsas con perfumes y se pusieron en camino para ungir al Maestro sepultado (cfr. Mc 16, 1), nosotros pudimos, en este tiempo, ver a muchos que buscaron aportar la unción de la corresponsabilidad para cuidar y no poner en riesgo la vida de los demás. A diferencia de los que huyeron con la ilusión de salvarse a sí mismos, fuimos testigos de cómo vecinos y familiares se pusieron en marcha con esfuerzo y sacrificio para permanecer en sus casas y así frenar la difusión. Pudimos descubrir cómo muchas personas que ya vivían y tenían que sufrir la pandemia de la exclusión y la indiferencia siguieron esforzándose, acompañándose y sosteniéndose para que esta situación sea (o bien, fuese) menos dolorosa. Vimos la unción derramada por médicos, enfermeros y enfermeras, reponedores de góndolas, limpiadores, cuidadores, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas, abuelos y educadores y tantos otros que se animaron a entregar todo lo que poseían para aportar un poco de cura, de calma y alma a la situación. Y aunque la pregunta seguía siendo la misma: “¿Quién nos correrá la piedra del sepulcro?” (Mc 16, 3), todos ellos no dejaron de hacer lo que sentían que podían y tenían que dar.

Y fue precisamente ahí, en medio de sus ocupaciones y preocupaciones, donde las discípulas fueron sorprendidas por un anuncio desbordante: “No está aquí, ha resucitado”. Su unción no era una unción para la muerte, sino para la vida. Su velar y acompañar al Señor, incluso en la muerte y en la mayor desesperanza, no era vana, sino que les permitió ser ungidas por la Resurrección: no estaban solas, Él estaba vivo y las precedía en su caminar. Solo una noticia desbordante era capaz de romper el círculo que les impedía ver que la piedra ya había sido corrida, y el perfume derramado tenía mayor capacidad de expansión que aquello que las amenazaba. Esta es la fuente de nuestra alegría y esperanza, que transforma nuestro accionar: nuestras unciones, entregas… nuestro velar y acompañar en todas las formas posibles en este tiempo, no son ni serán en vano; no son entregas para la muerte. Cada vez que tomamos parte de la Pasión del Señor, que acompañamos la pasión de nuestros hermanos, viviendo inclusive la propia pasión, nuestros oídos escucharán la novedad de la Resurrección: no estamos solos, el Señor nos precede en nuestro caminar removiendo las piedras que nos paralizan. Esta buena noticia hizo que esas mujeres volvieran sobre sus pasos a buscar a los Apóstoles y a los discípulos que permanecían escondidos para contarles: “La vida arrancada, destruida, aniquilada en la cruz ha despertado y vuelve a latir de nuevo”. Esta es nuestra esperanza, la que no nos podrá ser robada, silenciada o contaminada. Toda la vida de servicio y amor que ustedes han entregado en este tiempo volverá a latir de nuevo. Basta con abrir una rendija para que la Unción que el Señor nos quiere regalar se expanda con una fuerza imparable y nos permita contemplar la realidad doliente con una mirada renovadora. Y, como a las mujeres del Evangelio, también a nosotros se nos invita una y otra vez a volver sobre nuestros pasos y dejarnos transformar por este anuncio: el Señor, con su novedad, puede siempre renovar nuestra vida y la de nuestra comunidad (cfr. Evangelii gaudium, 11). En esta tierra desolada, el Señor se empeña en regenerar la belleza y hacer renacer la esperanza: “Mirad que realizo algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notan?” (Is 43, 18b). Dios jamás abandona a su pueblo, está siempre junto a él, especialmente cuando el dolor se hace más presente.

Si algo hemos podido aprender en todo este tiempo, es que nadie se salva solo. Las fronteras caen, los muros se derrumban y todos los discursos integristas se disuelven ante una presencia casi imperceptible que manifiesta la fragilidad de la que estamos hechos. La Pascua nos convoca e invita a hacer memoria de esa otra presencia discreta y respetuosa, generosa y reconciliadora capaz de no romper la caña quebrada ni apagar la mecha que arde débilmente (cfr. Is 42, 2-3) para hacer latir la vida nueva que nos quiere regalar a todos. Es el soplo del Espíritu que abre horizontes, despierta la creatividad y nos renueva en fraternidad para decir presente (o bien, aquí estoy) ante la enorme e impostergable tarea que nos espera. Urge discernir y encontrar el pulso del Espíritu para impulsar junto a otros las dinámicas que puedan testimoniar y canalizar la vida nueva que el Señor quiere generar en este momento concreto de la historia. Este es el tiempo favorable del Señor, que nos pide no conformarnos ni contentarnos y menos justificarnos con lógicas sustitutivas o paliativas que impiden asumir el impacto y las graves consecuencias de lo que estamos viviendo. Este es el tiempo propicio de animarnos a una nueva imaginación de lo posible con el realismo que solo el Evangelio nos puede proporcionar. El Espíritu, que no se deja encerrar ni instrumentalizar con esquemas, modalidades o estructuras fijas o caducas, nos propone sumarnos a su movimiento capaz de “hacer nuevas todas las cosas” (Ap 21, 5).

En este tiempo nos hemos dado cuenta de la importancia de “unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral”2. Cada acción individual no es una acción aislada, para bien o para mal, tiene consecuencias para los demás, porque todo está conectado en nuestra Casa común; y si las autoridades sanitarias ordenan el confinamiento en los hogares, es el pueblo quien lo hace posible, consciente de su corresponsabilidad para frenar la pandemia. “Una emergencia como la del COVID-19 es derrotada en primer lugar con los anticuerpos de la solidaridad”3 . Lección que romperá todo el fatalismo en el que nos habíamos inmerso y permitirá volver a sentirnos artífices y protagonistas de una historia común y, así, responder mancomunadamente a tantos males que aquejan a millones de hermanos alrededor del mundo. No podemos permitirnos escribir la historia presente y futura de espaldas al sufrimiento de tantos. Es el Señor quien nos volverá a preguntar “¿dónde está tu hermano?” (Gn, 4, 9) y, en nuestra capacidad de respuesta, ojalá se revele el alma de nuestros pueblos, ese reservorio de esperanza, fe y caridad en la que fuimos engendrados y que, por tanto tiempo, hemos anestesiado o silenciado.

Si actuamos como un solo pueblo, incluso ante las otras epidemias que nos acechan, podemos lograr un impacto real. ¿Seremos capaces de actuar responsablemente frente al hambre que padecen tantos, sabiendo que hay alimentos para todos? ¿Seguiremos mirando para otro lado con un silencio cómplice ante esas guerras alimentadas por deseos de dominio y de poder? ¿Estaremos dispuestos a cambiar los estilos de vida que sumergen a tantos en la pobreza, promoviendo y animándonos a llevar una vida más austera y humana que posibilite un reparto equitativo de los recursos? ¿Adoptaremos como comunidad internacional las medidas necesarias para frenar la devastación del medio ambiente o seguiremos negando la evidencia? La globalización de la indiferencia seguirá amenazando y tentando nuestro caminar… Ojalá nos encuentre con los anticuerpos necesarios de la justicia, la caridad y la solidaridad. No tengamos miedo a vivir la alternativa de la civilización del amor, que es “una civilización de la esperanza: contra la angustia y el miedo, la tristeza y el desaliento, la pasividad y el cansancio. La civilización del amor se construye cotidianamente, ininterrumpidamente. Supone el esfuerzo comprometido de todos. Supone, por eso, una comprometida comunidad de hermanos”4 .

En este tiempo de tribulación y luto, es mi deseo que, allí donde estés, puedas hacer la experiencia de Jesús, que sale a tu encuentro, te saluda y te dice: “Alégrate” (Mt 28, 9). Y que sea ese saludo el que nos movilice a convocar y amplificar la buena nueva del Reino de Dios.

Notas

  1. R. Guardini, El Señor, 504.
  2. Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 13.
  3. Pontificia Academia para la Vida. Pandemia y fraternidad universal. Nota sobre la emergencia COVID-19 (30 marzo 2020), p. 4.
  4. Eduardo Pironio, Diálogo con laicos, Buenos Aires, 1986.

(3) HOMILÍA BENDICIÓN URBI ET ORBI: PAPA FRANCISCO

«Al atardecer» (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En
esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos.

Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús. Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, Él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre —es la única vez en el Evangelio que Jesús aparece durmiendo—.
Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono de reproche: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (v. 40). Tratemos de entenderlo. ¿En qué consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone a la confianza de Jesús? Ellos no habían dejado de creer en Él; de hecho, lo invocaron. Pero veamos cómo lo invocan: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (v. 38). No te importa: pensaron que Jesús se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención. Entre nosotros, en nuestras familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: “¿Es que no te importo?”. Es una frase que lastima y desata tormentas en el corazón. También habrá sacudido a Jesús, porque a Él le importamos más que a nadie. De hecho, una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados. La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta,
sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad. La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria
para hacerle frente a la adversidad.

Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos. «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe. Que no es tanto creer que Tú existes, sino ir hacia ti y confiar en ti. En esta Cuaresma resuena tu llamada urgente: “Convertíos”, «volved a mí de todo corazón» (Jl 2,12). Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás. Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la fuerza operante del
Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo. Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros
pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (Jn 17,21). Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una
crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere.

El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar. El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados.
Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado. El Señor nos interpela
desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante (cf. Is 42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza.

Abrazar su Cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar. Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad. En su Cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza. «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Queridos hermanos y hermanas: Desde este
lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios. Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los
corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: «No tengáis miedo» (Mt 28,5). Y nosotros, junto con Pedro, “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque Tú nos cuidas” (cf. 1 P 5,7).

El Papa pide a América Latina no amedrentarse en la lucha contra los abusos en la Iglesia

En un videomensaje dirigido al Centro de Protección de Menores de la UPM,  advirte que no faltará quien contrate un sicario para limpiar el camino

Daniel Portillo Trevizo, director del principal del centro latinoamericano dedicado a capacitar en la lucha contra los abusos, sostuvo un encuentro con el Papa, en el cual le presentó su libro ‘Tolerancia cero’

El Centro de Investigación y Formación Interdisciplinar para la Protección del Menor (CEPROME), con sede en la Universidad Pontificia de México (UPM), difundió un videomensaje que dirige el papa Francisco a quienes integran el centro, alentándolos en su misión.

El video fue grabado luego de un encuentro que sostuvo el Santo Padre con el sacerdote mexicano Daniel Portillo Trevizo, director del CEPROME, principal centro latinoamericano dedicado a la capacitación en la lucha contra los abusos sexuales en la Iglesia.

En su mensaje, el Papa se dirige a ellos como ‘apóstoles de la prevención’. “Sé que están luchando por todas partes para prevenir; prevenir con la fuerza del bien, toda la destrucción que hace el mal. Cuando uno ve lo que es capaz de destruir el mal, a veces se bajonea, la pierde. No, eso no”.

“Al mal se le puede vencer siempre. Es un vencedor de pocos días, de poco tiempo, no puede prometerse una victoria de siempre, tiene poca vida, pero hay que luchar para vencerlo, no hay que asustarse; y sé que se sufre con esto”, añadió.

Un acto de amor muy grande

El Santo Padre también exhortó a los miembros del CEPROME a seguir trabajando: “van a ser incomprendidos, les van a decir que pierden el tiempo, los van a amenazar, porque también hay gente que amenaza. Y más de uno les va a decir que es capaz de alquilar un sicario para limpiar el campo. Sean prudentes, cuídense, pero sigan siendo valientes y trabajen”.

Finalmente, les recordó que “prevenir los abusos de niños, prevenir los abusos de gente que está disminuida por situación social, por enfermedad, lo que sea, es un acto de amor muy grande; sigan adelante, y que Dios los bendiga y recen por mí también”.

Durante el encuentro que sostuvo el sacerdote Daniel Portillo con el Papa le habló del trabajo realizado por el CEPROME; asimismo, le habló del libro del cual es autor, titulado ‘Tolerancia cero. Estudio interdisciplinar sobre la prevención de los abusos en la Iglesia’, que arroja un diagnóstico y propuestas teológicas ante el problema del abuso sexual.

Dicho libro –según afirma en el prólogo Hans Zollner, presidente del Centre for Child Protection (CCP) de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma– “responde a las preocupaciones y urgencias del Santo Padre. Esperemos que, junto con él, avancemos hacia una Iglesia en la que el abuso de poder, la violencia sexual, el encubrimiento y el fariseísmo ya no tengan cabida”.

Francisco: “Cualquier persona que impida llegar a Jesús a un chico, tiene que ser detenido en sus actitudes, corregido, si estamos a tiempo, o castigado, si hay delito de por medio”.

(ZENIT – 19 julio 2019).- El Papa Francisco ha enviado un mensaje de apoyo y agradecimiento a todas las personas del Centro de Investigación y Formación Interdisciplinar para la Protección del Menor (CEPROME), en México.

Actualmente, del 1 de julio al 2 de agosto se celebra el curso de protección de menores “La prevención en la Iglesia Latinoamericana”, en la Universidad Pontificia de México, impartido por el Centro de Protección de Menores (CEPROME).

“Este curso es importante para que nadie abuse de ellos, nadie les impida llegar a Jesús”, expresa el Papa en un video de poco de más de tres minutos de duración. “Escuchemos otra vez la voz de Jesús: Dejen que vengan a mí, no impidan que los chicos vengan a mí. Cualquiera persona religioso, religiosa, laico, laica, obispo… cualquier persona que impida llegar a Jesús a un chico, tiene que ser detenido en sus actitudes, corregido, si estamos a tiempo, o castigado, si hay delito de por medio”.

El video mensaje fue publicado el pasado 17 de julio de 2019, en las redes sociales de la universidad, sede del curso organizado por el Centro de Investigación y Formación Interdisciplinar para la Protección del Menor (CEPROME), e impartido por el sacerdote Daniel Portillo, director del centro, y un grupo de especialistas.

Apostolado de la prevención

Francisco les ha animado a “prevenir para cuidar a los menores”, y ha hablado de un “apostolado de la prevención”. El Pontífice argentino relata que don Bosco “intuyó esto e instituyó un modo de actuar en la educación que se llamó sistema preventivo muy criticado por las épocas más iluministas de la educación pero que después nos dimos cuenta de que hubo un gran valor ahí”: “Sistema preventivo, prevenir”, ha pronunciado el Papa.

“Les agradezco que hayan venido a este curso, pongan lo mejor de ustedes. Les deseo éxito y les pido que recen por mí. Que Jesús los bendiga y la Virgen los cuide”.

El Centro de Protección de Menores, se propone ser un espacio de investigación y formación interdisciplinar que ayude a promover la protección de los menores, para lo cual ofrecerá, a las diócesis y congregaciones religiosas, la posibilidad de realizar un estudio especializado.

Mexico Conference aims to help Latin America Fight abuse in the Church

ROSARIO, Argentina – Pope Francis wants an “apostleship of prevention” when it comes to abuse, he said in a new video.

“Any person, a lay man or woman, a religious man or woman, a priest, a bishop, who prevents children from reaching Jesus must be stopped while we’re still in time, or punished if they’ve committed a crime,” Francis said in a video he sent last week to the 170 participants of a five-week program on abuse prevention at the Pontifical University of Mexico.

The course, ending July 27, was organized by the university’s Center for Interdisciplinary Research and Formation for the Protection of Minors (CEPROME), which works with the Center for Child Protection at Rome’s Pontifical Gregorian University.

“As a comparison though it’s not a nice one: Drugs,” Francis said, noting that though it takes much effort, a person who’s addicted to drugs can be cured, and it’s important to try to do so. “But the question is how do you prevent children from doing drugs? Here the question is, how do we prevent children being abused? The apostleship of prevention.”

When it comes to the Catholic Church, he said, children must be protected so that “no one – not a single person – abuses them, that no one might keep them from coming to Jesus.”

In the three-minute video shared on Facebook by the Pontifical University of Mexico, Francis also says that abuse is a “grave problem, a problem we all know, the shame it has brought on us as a church that our members have committed these crimes”.

But the five-week seminar is important “not only for this reason,” but for all children, “so that no one abuses them.”

When it comes to the need to focus on prevention, Francis gave the example of St. John Bosco, who promoted what is now known as the Preventive System, which according to Francis was “much criticized” at the time.

“You never know where a child will be abused, where he will be driven off path, where he’ll be taught to do drugs, which is a way of corruption,” the pope said. “Let’s not think only about sexual abuse. Any kind of abuse [should be prevented].”

The “preventive system” used throughout the Salesian schools is based on three pillars: Reason, religion and loving kindness, and was Bosco’s response to what he dubbed the “repressive” education system.

Francis’s video was shown on week three of the five-week seminar. Experts have come from various countries, including the United States, and among them is Father Jordi Bertomeu, a Spaniard from the Vatican’s Congregation for the Doctrine of the Faith who played a key role in uncovering the abuse crisis in the Chilean Church.

Father Daniel Portillo, director of CEPROME, told Crux that the idea for the seminar came from the fact that in many Latin American countries, prevention is still at “elementary stages” and the course is a way to cooperate with other countries.

Addressed to diocesan vicar generals, seminary formators and experts at the service of diocesan offices, this first edition has a capacity enrollment of 170 students: Over 150 people from Mexico and other Latin American countries had also applied, and the center is hoping to organize a second edition in January.

“The entire subcontinent is represented, with the exception of Panama and Costa Rica,” Portillo said.

Each Wednesday, participants hear from an abuse survivor, “so that we never lose sight of who we’re serving,” he said, noting that the experts addressing the seminar are from fields including clinical medicine, pastoral attention, and canon and civil law.

Another reason for creating a course aimed at all of Latin America – the first two editions were just for Mexico – was to “create synergies and to identify people in each country who are interested and available for working on these issues permanently, creating a spirit of subsidiarity among bishops’ conferences,” the priest added.

“Regrettably, we cannot deny the reality of abuse in Latin America, and we need to face it head on,” Portillo said. “We need to establish common strategies that are primarily aimed at supporting victims, but also focused on intervention and prevention.”

On this, he said, the entire seminar was “in tune” with what the pope had suggested, a pastoral ministry of trust and prevention, since the two are related.

“We are very interested in generating strategies that help us establish a principle of support based on the reality of Latin America, so that this crisis doesn’t become a disaster at a later date: We need to work together, help one another, support the Church, but above all, bring justice to the victims who have been abused,” Portillo said.

Mexico is home to the world’s second largest Catholic population, after the Philippines, and even though the abuse crisis hasn’t yet exploded as it has in the United States, Ireland, Australia or Chile, it’s not been immune to it: Father Macial Maciel, founder of the Legion of Christ who died sanctioned by the Vatican for his abuse, was Mexican.

In an exclusive interview with Crux last June, the Vatican’s envoy to Mexico acknowledged that the local Catholic Church still has a long way to go when it comes to addressing clerical sexual abuse, even if much has been done in recent years.

“The attention given to us by the media is very positive, as it forces us to cleanse our church and our hearts,” Italian Archbishop Franco Coppola said. “We need to cleanse the Church of sexual abuse, as well as abuses of power and conscience, of thinking that it’s OK to take advantage of one’s position to commit a crime that has nothing to do with the faith, the Gospel or the Church.”

“It’s a necessary, even if painful purification,” Coppola said.

Last Tuesday, during a Day of Prayer for Victims of Clerical Sexual Abuse organized by CEPROME, Bishop Alfonso Miranda Guardiola, secretary of the Mexican bishops’ conference, called abuse a “cancer” that must be extirpated from the Church.

“Some years from now, perhaps not too many, our generation will be scrutinized by the horrendous sexual abuse perpetrated by clergy in the Church, and we will be evaluated on whether or not we knew how to face it and solve it,” said Miranda, who’s also the coordinator of the Mexican conference council for child protection.

This evaluation, he said, will point to judging “whether we were indifferent, absent, cowardly or negligent; or if we were sensitive, responsible, humble and courageous to apply the changes and corrections that were needed.”

An inadequate way in which the Church has responded to this drama, Miranda said, has been clericalism, which has led to “deplorable behaviors” of sexual abuse, power and conscience.

“Aware of this attitude, we have to admit that many times the Church – in the people of its bishops and superiors – did not know and still, at times, does not know how to behave as it should to deal quickly and decisively with the crises caused by abuse,” he said.

Beyond members of the hierarchy and laity, also attending the day of prayer were abuse victims and their families.

“The damage caused [by abuse] is so deep, the pain inflicted so profound, the consequences of the abuses that have happened in the Church so immense, that we can never say that we have done enough,” Miranda said. “Our responsibility leads us to work every day so that never again are there abuses in the Church, and if there are, so that they receive the punishment and reparation they demand.”

Follow Inés San Martín on Twitter: @inesanma

Es necesario la conversión de nuestra mente!

[vc_row][vc_column][vc_column_text]El papa Francisco ha escrito una carta muy sentida a los Obispos de Estados Unidos de Norte América con respecto a los escándalos de abusos sexuales en medio del retiro espiritual realizado para la reflexión de esta problemática. En dicha carta, Francisco exhorta repetidas veces a luchar contra la cultura del abuso como también a afrontar la crisis de credibilidad de la Iglesia poniendo énfasis en resolver los conflictos. Crisis de credibilidad que ha sido incrementada por un afán de esconder, de disimular y de encubrir dichos escándalos en lugar de resolverlos. El papa exhorta además a los Obispos a mejorar cuestiones concretas del aspecto relacional comunitario dentro también de las jerarquías de Iglesia. Francisco hace una afirmación realista de gran impacto que se debiera aplicar a toda la Iglesia universal y no sólo al contexto Norte Americano “es necesario la conversión de nuestra mente, de nuestra manera de rezar, de gestionar el poder y el dinero y de vivir la autoridad así como de relacionarnos entre nosotros y con el mundo”.

Dicha afirmación es rica en contenido, y lo que llama la atención es principalmente la cuestión de la conversión de la mente, que desde mi punto de vista es fundamental también en la formación humana de los sacerdotes, los consagrados y las consagradas. Abordar esta temática de modo interdisciplinar puede traer consigo muchos frutos de crecimiento personal integrando diversos aspectos de la persona tanto a un nivel individual y comunitario dentro de vida eclesiástica. En este sentido, las ciencias psicológicas ayudan a comprender que la experiencia personal y las acciones externas del individuo se conciben y se motivan en el interior de la mente. Asimismo los eventos mentales son para la psicología determinantes esenciales de lo que la persona es o piensa cómo es, de cómo la persona actúa en diversos contextos de su vida cotidiana, principalmente en el contexto social-relacional y en el contexto educativo formativo.

Una conversión de la mente en un contexto educativo formativo supone promover y fomentar en el individuo un cierto grado de consciencia acerca de su propio modo de pensar y de sentir, de su propio modo de percibir a los otros, de su propio modo de dar sentido a sus experiencias, de su propio modo de abordar el mundo circundante y de su propio modo de direccionar su comportamiento personal. Por ello es necesario fomentar una formación que posibilite al sujeto encontrarse consigo mismo en su totalidad atendiendo a los diversos aspectos de su persona (de sí mismo), lo cual bajo la mirada de Dios y de su misericordia permita un encuentro auténtico que avive el proceso de la evangelización de la propia mente, un proceso que involucra a toda la persona con todo ser.

Por otro lado, ante los escándalos de abusos sexuales, desde mi punto de vista surge también la necesidad de un cambio de mentalidad en los paradigmas de la formación, así como también en los agentes formadores; lo que permitiría una apertura necesaria para comprender de manera auténtica y objetiva a los in individuos en formación inicial o permanente. Un aspecto importante por ejemplo es comprender y abordar adecuadamente los llamados pensamientos distorsionados, definidos como categorías de pensamiento automático y operaciones mentales inconscientes capaces de influenciar el comportamiento de la persona (Fazio, Sanbonmatsu, powell et al., 1986; Beck, 1996). Zara (2018) sostiene que sólo el hecho de poseer pensamientos distorsionados (que pueden ser de diferentes tipos y grados) no significa la posibilidad o predicción de cometer delitos en contra de los menores, es más los pensamientos por sí mismos no constituyen delitos externos punibles. Sin embargo, los pensamientos distorsionados  relacionados a ofensas sexuales a menores pueden ser como una antesala para el paso del pensamiento a la acción, que finalmente puede conllevar a cometer delitos sexuales contra de los menores. En la mayoría de los casos las distorsiones cognitivas representan una variable psicológica para comprender el razonamiento de posibles agresores y agresores sexuales de facto. Es importante reconocer las distorsiones en el individuo en el modo de representarse así como también en modo de verse a sí mismo y a los otros en el mundo social. Estas probables distorsiones se traslucen en la existencia de fantasías agresivas, de poder y de dominio activadas en la mente como una especie de antesala del pensamiento distorsionado y que pueden permanecer escondidas en el sujeto sin que éste lo haya externalizado (Zara, 2018). Además, se debe tomar en cuenta que los pensamientos distorsionadas son procesos internos que incluyen justificaciones, percepciones y diferentes tipos de juicios con el fin de racionalizar un comportamiento sexualmente molesto y hasta de minimizarlo (Abel, Gore, Holland et al., 1989).

Por lo tanto, afrontar esta temática adecuadamente y de modo interdisciplinar en la formación humana de los sacerdotes, los consagrados y las consagradas puede constituir un modo de trabajar la conversión de la mente, un modo objetivo de desarrollar acciones educativas concretas para la prevención de abusos sexuales y de minimizar una cultura abuso en la Iglesia.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]